Alfie-Evans
  • La cruz y la espada
Que el pesar humano, que la pena mundana, que la tristeza circunstancial, no empañe la verdad, no oculte la alegría, ni oscurezca la luz: Alfie no sólo descansa en paz, sino que brilla glorioso en presencia de Nuestro Señor. Alfie ha conquistado la Eternidad y está en la gloria de Dios para siempre. Alfie goza de la visión beatífica de la que ni ojo vio, ni oído oyó, ni hay quien pueda siquiera imaginar en lo más mínimo.

No seáis incrédulos, sino creyentes. Alegraos por Alfie si de verdad os alegráis en el Señor. Hoy no es un día de llanto, sino de inmensa alegría, porque Alfie goza para siempre del bien infinito que es Dios. Quien de verdad quiera a Alfie, quien durante su calvario y el de sus padres haya llegado a sentir por los tres un cariño especial, debe ahora estar exultante, porque Alfie ha alcanzado lo que todo ser humano debería querer alcanzar por encima de todo: la gloria de Dios, la victoria final.

Los padres de Alfie, católicos, si bien reconocieron que no practicantes, le hicieron a Alfie el mayor de los regalos que se puede hacer a un ser querido: bautizarlo, por lo que borrado el pecado original, y al no haber adquirido uso de razón, Alfie no ha cometido pecado alguno, ni mortal ni venial, falleciendo en gracia de Dios y, por ello, ha alcanzado la recompensa prometida.

Es más, el proceso de Alfie, su caso, todo lo que lo ha rodeado, ha sido, no lo duden, herramienta divina para encender un poco más este perro mundo, para prenderle fuego por otro costado más, para servir de duro signo de contradicción, para clarificar posturas hasta lo indecible, para saber quién está con Dios y quién contra Él.

Nuestro Señor tiene sus caminos, siempre insondables. Él nunca nos puede ni desear ni hacer mal alguno. Aún cuando permite que sobre nosotros se ensañe la adversidad, el dolor o el sufrimiento, nos está haciendo el bien.

Somos hijos de Dios, estamos hechos a su imagen y semejanza, herederos de Él, nos sacó de la nada no para castigarnos, sino para que ocupemos un día el lugar que nos tiene reservado; como tenga determinado que suceda sólo Él lo sabe y sólo a Él compete. De nuestra parte sólo hay que poner la docilidad a su gracia y la aceptación plena y absoluta, sin resquicios, de su voluntad.

Alfie nos ha situado a todos ante la realidad profunda de la vida y de su conclusión con la muerte. Alfie, y todo lo que ha rodeado a su corta existencia terrenal, debe ser para nosotros, en realidad, un puntal más de nuestra santa Fe, una prueba excepcional a superar, una inyección de ánimo y de valor, una bendición de Dios, si sabemos comprender, si queremos entender, si queremos caminar, de verdad, hacia Él con Él.

Alegría, ánimo, arriba los corazones, valor, fe, fe y fe, que Dios está de nuestra parte, que todo ha sido un milagro patente, una oportunidad única. Nada de pena, ni de lágrimas, fuera la tibieza, abajo la pusilanimidad. Todos, paso a paso, detrás de Alfie, firmes en la fe, peleando bien nuestro combate, hacia la Eternidad.

La Redacción