• La cruz y la espada
Comenzamos en La Cruz y la Espada una nueva cruzada cuyo objetivo es conseguir, hasta donde nos sea posible, que los sacerdotes vistan como tales, es decir, o bien de clériman o mejor aún de sotana.

Ya sabemos, como muchos enseguida dirán, que el hábito no hace al monje, pero nosotros les contestamos que, aún siendo verdad, no cabe tampoco duda de que le ayuda a serlo y a serlo aún más y mejor.

No hace mucho, en una reunión de sacerdotes de esas que rutinariamente programa el arzobispado de Madrid, en uno de los debates, uno de los allí presentes se preguntaba en voz alta y en un tono que dejaba traslucir una buena dosis de decepción “Es que la Iglesia hoy en día no es visible, no está presente ¿qué podemos hacer para subsanarlo?” Pues bien, el sacerdote que así se quejaba iba de paisano.

A los curas –y a las monjas– les ha pasado igual que a los militares, que voluntariamente han desaparecido de la faz de nuestra querida España. Con mil excusas, nunca razones, los sacerdotes y las monjas se quitaron la sotana allá por finales de los años sesenta y más todavía en los setenta, a raíz de la imposición de las modas del Vaticano II, pretendiendo, según decían “acercarse más a la gente”, “ser uno más” o “no interponer barreras”. Cuentos chinos o morunos, como lo prefieran. Mucha cobardía, sí; mucha falta de fe, también. El resultado ya lo vemos: curas que no lo parecen y… que no lo son.

Ir de cura y de monja por la calle es ir evangelizando, es ser signo de contradicción, es golpear las conciencias, es demostrar que Dios está entre nosotros. Vivimos en un mundo en el que la imagen lo es todo, y es precisamente en este mundo en el que buena parte de los curas y monjas renuncian a ser imagen de Cristo. ¿Que algunos genízaros pueden emprenderla contra ellos, insultarles, escupirles, etc.,? pues bien, mejor para quien tales vejaciones sufra, porque estará amontonando un tesoro en el cielo; algo que muchos curas de hoy no creen que pueda ser así.

Hay que acabar con la lacra de los curas y monjas de paisano. Hay que conseguir que renuncien a tal villanía. Para ello vamos a señalar las siguientes pautas:

* Primera.- Rezar insistentemente por esos malos curas y monjas que van de paisano, porque Nuestro Señor les devuelva el valor que han perdido, porque no se dejen engañar por el Príncipe de la mentira y no crean en sus excusas. Son innumerables las ocasiones de pecado que evita un sacerdote vistiendo a todas horas de cura y de monja; incluso en privado.

* Segundo.- Ir a nuestra parroquia, solos o mejor en compañía de otras personas, si es que alguno de sus sacerdotes o monjas –si las hubiera– viste de paisano, y solicitar una reuniónpara corregirles fraternalmente –pillarle en medio de sus tareas no es eficaz, pues le permitiría zafarse del encuentro–; hablar con ellos, recordarles las mil y una razones que hay para que vistan de cura y de monja.

* Tercero.- Si lo anterior no da resultado, acudir al párroco o al vicario de zona.

* Cuarto.- Si tampoco se mostraran los anteriores receptivos, escribir al obispo correspondiente instándole a que haga valer su autoridad y exija que los sacerdotes de su diócesis, sin excusa alguna, vistan de curas en todo momento.

* Quinto.- Escribir, mandando copia de las cartas anteriores, al Vaticano exponiendo el asunto y lo hecho.

Por nuestra parte estamos dispuestos a ayudar activamente a quien quiera participar en esta cruzada, por lo que bastará que nos digan el nombre y parroquia del sacerdote o monja que viste de paisano, para que nosotros actuemos. No nos quejemos tanto y hagamos; salgamos de nuestra pasividad en tantas cosas, que es una de las mayores razones por las que nos encontramos en este estado de decadencia. Es nuestro derecho, pero más aún nuestra obligación.

Asimismo, en días sucesivos, además de publicar algunos artículos y videos sobre el particular, iremos remitiendo cartas a todos los obispados para intentar concienciar a los obispos de la importancia que tiene que todos los sacerdotes y monjas vistan de lo que son, y de la gran responsabilidad que ellos mismos, los obispos, asumen ante Nuestro Señor por no obligarles a hacerlo.

La actual decadencia del clero, en general, salvando sin duda buenas excepciones, debe acabarse volviendo al origen, a lo de siempre, a esa cantidad de cosas que nunca debieron haberse abandonando, de todo lo que un mal día decidieron arrojar por la ventana por soberbia, por creerse más listos y mejores que los que les precedieron.

La Redacción