JaimeTralla
  • La cruz y la espada
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Por Jaime Tralla

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  • La cruz y la espada

D. Julián Romero

Julián Romero, Maestre de Campo con Carlos I y Felipe II, fue como Blas de Lezo o Milán Astray, un medio hombre al que muchos “enteros” nos gustaría parecernos. Castellano y soldado de los Tercios en mil batallas y escenarios, de los que salió siempre victorioso, ascendió en el escalafón militar a lo más alto, procediendo de clase humilde. Caso que en su época, sólo era posible en las Españas.

Nació en 1518, cincuenta años después que Diego García de Paredes, otro Maestre de Campo, apodado el Sansón de Extremadura. En 2018 se cumplen, por tanto, quinientos años de su nacimiento.

Murió yendo a la guerra, en medio del Camino Español, del que se cumplen ahora 450 años. Fue un 13 de octubre, el mismo día que, siglos después, vería el milagro del Sol de Fátima.

No es mi intención glosar sus logros, ni escribir su biografía, aunque sea, como la de muchos españoles de nuestros Siglos de Oro, apasionante. No soy historiador.

Pero como Don Julián no va a recibir ningún homenaje oficial, ni tiene calle en la que fue capital del Imperio que ayudó a forjar, creo de justicia rendirle al menos unas modestas líneas. Espero que el lector sepa disculpar las incoherencias históricas que encontrará en ellas.

Faltándole los mismos miembros que a Don Blas de Lezo, y con la justificación de los cientos de lugares en los que luchó por Dios y por España, planteo a continuación la posibilidad de que hubiera sido él, y no Don Blas, el primer español que hubiera hecho de “mear mirando a Inglaterra, una obligación” patria.

La ficción requiere una breve explicación: Don Julián, siendo soldado en Italia y África, habría adquirido la costumbre de aliviarse en dirección septentrional, pero las circunstancias de su época le llevaron a encontrarse un día luchando junto a los ingleses de un vetusto Enrique VIII, en su guerra contra Escocia. Gracias a él y a sus Tercios, los ingleses lograron vencer brillantemente a los escoceses tras doscientos años de derrotas casi continuas (desde tiempos del archiconocido Braveheart, que no es Mel Gibson como muchos creen, sino el rey escocés Roberto I Bruce, cuyo corazón arremetió contra los moros en Teba, Andalucía. Pero esa es otra bonita historia).

Encontrándose así combatiendo en dirección norte, para mantener su tradición mientras orinaba tuvo que darle la espalda al enemigo, como hacían por otra parte, los viejos pictos escoceses (todos hemos visto a Wallace enseñarle el trasero a un par de “lordos” ingleses). Sin embargo, a partir de 1549, los católicos volvieron a ser objeto de duras persecuciones por parte de Eduardo VI, y Romero tuvo que regresar al Continente, volviendo a su costumbre de enfrentarse al viento del norte para salpicar la tumba del infiel esposo de la tía de su Emperador.

FIRMA J.R.
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Firma de D. Julián Romero

La Albión dejó de ser pérfida de forma efímera, en el transcurso de los cuatro años en que Romero estuvo de nuevo en Inglaterra acompañando al Rey Felipe II y a su esposa María Tudor. Por ello se vio obligado a reorientar de nuevo su única pierna. Y habiendo probado ya dos puntos cardinales a los que dirigir el mingitorio, buscó el oeste, las Indias, donde le dijeron sus camaradas que se hallaba un tal Bartolomé de las Casas, famoso negrero que andaba parloteando falsedades sobre España. Duró aquello poco tiempo, pues su nariz no le fallaba y detectó que Bartolomé andaba de vuelta por tierra castellana.

El fraile de las Casas murió el año sesenta y seis del siglo dieciséis. Para entonces había escrito siete tratados, a cual más falso que el anterior.

Así que sólo le quedaba el oriente, tierra del Elector de Sajonia y del Sultán Otomano. Pero siendo que las misas entonces aún se celebraban como Dios manda, no le pareció al Maestre de Campo que esa orientación fuera reverente. Y eligió dirigir la preciada urea hacia Guillermo de Orange, que por entonces estaba en Dunkerque. El Taciturno no había tardado en aprovechar las “brevísimas” del monje dominico en beneficio propio, para construir la desde entonces sempiterna leyenda negra.

Lo cierto es que siglos después de aquello, los deseos de Don Julián se acabarían cumpliendo: el siete de diciembre de 2017, una gran “meada amarilla” inundó las calles de Bruselas. Otro taciturno, llamado Pusdemonio la encabezaba…

Por todo ello, y porque estoy hasta el gorro de la unión europea, de Yankilandia y sus primos ingleses, de los moros, de los españoles traidores y de los clérigos felones…, me he imaginado que, de hacerlo ahora, así resumiría Don Julián Romero su vida:

Acostumbran en sus guerras,

Los pictos de tierras altas

A volver al rival grupas,

Y aliviarse hacia su tierra.

 

Mi caso era singular:

Combatía a los Estuardo,

Y era así, que de girar,

Las expondría a sus dardos.

 

Era un reto apetecible,

Enseñar pues el escroto,

Al sajón aborrecible,

Mientras retaba al escoto.

 

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D. Julián Romero y su patrono (cuadro de El Greco)

Ya de vuelta al Continente,

Al darme allí por mear,

Cambié de rival y frente,

Y miré al trono de Lear

 

Me orienté al Tudor raposo,

Que traicionó a Catalina,

Y rociando al vil esposo,

Le apliqué su medicina.

 

Pues de Isabel y Fernando,

De Castilla y de Aragón,

Su nieta acabó reinando,

Sobre la pérfida Albión.

 

Se unió a nuestro rey Prudente,

Y a mí me llamó a su corte,

Fue alianza recurrente,

La del Sur y la del Norte

 

Y al menos por cuatro años,

Londres volvió a ser católica.

Sus lores no hicieron daño.

Se apagó la edad caótica.

 

Esas cuatro primaveras,

Orinar hacia Occidente,

Salpicar a un calavera,

Se convirtió en aliciente.

 

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Pues estando en esos lares,

Me mencionaron a un hombre,

Fraile que allende los mares,

De España manchaba el nombre

 

Mentía con mala baba.

De bilis nutría a las masas,

Así que al orinar pensaba,

En Bartolín de las Casas.

 

El monje volvió a Sevilla,

Y regar al Mediodía,

Mear mirando a Castilla,

No me lo perdonaría.

 

Quedaba el turco hacia oriente,

Signo de Consagración.

Parecióme irreverente,

Aliviarme hacia el Sajón.

 

Ocurrióseme otra idea,

Irrigar hacia el Sureste,

Deshacerme de mi urea,

Poniéndola proa a Dunkerke,

 

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Donde editó el Taciturno,

Las “brevísimas” del monje.

¡Vive Dios, qué inoportuno!,

Quemar Flandes por tal lance.

 

No llegó a tiempo mi orina,

Para actual cual guadaña,

Contra esa flamenca inquina.

Contra toda la anti España.

 

Mas veo al fin desde el Cielo,

Que el “Manneken Pis”, se suelta.

Ha llegado mi consuelo:

Mi orina está allí de vuelta.

JaimeTralla
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Por Jaime Tralla