Tiempos recios.

Los resultados de aquellas tres grandes revoluciones y éxitos parciales del Mal no podían quedar inermes, pues no en vano lograron implantar en buena parte del planeta sus anti-valores, sus anti-principios, sus terribles y nauseabundas ideas y consecuentes acciones.

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Que nadie se engañe. Que nadie crea que lo que está pasando y lo que va a pasar es casual.

Asistimos, fuera de España, pero más si cabe aún dentro de nuestra patria, cuya historia lejana y reciente hacen que sea aún más doloroso lo que vemos, a la imposición por todos los medios de un orden mundial tiránico, ya no sólo pagano, sino manifiestamente diabólico.

Tres fundamentales revoluciones han existido en la historia de la Humanidad que han supuesto tres grandes avances del Mal: la luterana, la francesa y la marxista. Todas ellas supusieron cambios radicales en todos los órdenes de la vida de los hombres de sus tiempos y por extensión del nuestro. Todas ellas tuvieron como principal objetivo declarado destruir de la faz de la Humanidad a Cristo, y por Él a la fe católica y a la Iglesia; bien que tales objetivos fueron siempre más o menos disimulados, normalmente bajo máscaras de pretendidos logros de mejoras y de progreso humanos. Ni que decir tiene que todas ellas consiguieron, al menos, buena parte de éxito, en unos lugares más que en otros. Nos cabe a los españoles el orgullo y el honor de haber sido los únicos no sólo en haberlas resistido, sino más aún combatido y vencido. Los hechos históricos, por mucho que se quieran ocultar o presentar como reaccionarios, producto de la intolerancia y el fanatismo, son incuestionables. Aún así, con el paso del tiempo las tres lograron también inficionarnos en no poca medida, como hoy ya vemos.

Tales revoluciones no fueron otra cosa más que parte del constante ataque que el Mal ejerce contra el Bien Supremo desde los inicios de la creación. Más en concreto desde su victoria con el pecado original inmediatamente después de su derrota en la batalla en el cielo. Así, desde ese mismo instante, el Mal intenta tomarse la revancha y procura incansablemente arrastrar al Averno en el que mora a cuantos más seres humanos mejor.

Los resultados de aquellas tres grandes revoluciones y éxitos parciales del Mal no podían quedar inermes, pues no en vano lograron implantar en buena parte del planeta sus anti-valores, sus anti-principios, sus terribles y nauseabundas ideas y consecuentes acciones.

Pero como el Mal no puede descansar, ni le valen éxitos parciales, sino que aspira al absoluto, nunca ha dejado de trabajar persiguiendo su obsesivo afán de destruir a la Humanidad apartándola de Dios, y lo ha hecho cada vez de forma más inteligente y hábil, pues no en balde es muy buen aprendiz de la experiencia.

El Mal se dio cuenta de que aquellos ataques, aún tremendos y con los que consiguió sustanciales resultados, tuvieron sus defectos debido sobre todo a que fueron ataques directos, de frente, a pecho descubierto y, antes o después, dejaron ver su esencia y por ello alertaron a muchos, fueron combatidos y en buena medida neutralizados. Por eso, decidió, ya a raíz de cada uno de ellos, iniciar un nuevo ataque más solapado, escurridizo y, sobre todo, paciente. El nuevo ataque ha venido estando oculto a la vista de todos, hasta de los más avezados. Ha sido lento y muy laborioso. Su esencia es la infiltración en el seno mismo del ser humano, de las sociedades, de la fe y de la Iglesia para corromperlos y así alejarlos de Dios y derrotar a Cristo, siempre su verdadero objetivo.

Asistimos perplejos, o así lo hace buena parte de la antes denominada cristiandad, a una marea inmunda de barbaridades que afloran ahora de manera clara y que hace tan sólo algunas décadas eran impensables. Esa labor de zapa solapada, callada y bien camuflada, comienza ahora a dar al Mal sus mejores réditos.

El mundo entero no sólo es que se va paganizando a marchas forzadas –en un movimiento de retorno a aquel que se cristianizó también rápidamente–, sino que tal proceso va aún más allá y vemos ya su acelerada conversión en un mundo diabólico cuya característica principal es que el mal de todo tipo se ha aceptado como normal, y el bien de cualquier clase pasa a ser considerado como algo anormal, dañino y a eliminar. Es más, vemos el avance del Mal tan firme, y él se siente tan fuerte creyendo que toca ya con los dedos la victoria final, que que se diría que ha decidido entrar en la explotación de su incontestable éxito y, no conformándose con esa aceptación de lo malo como normal y bueno, y de los bueno como malo y anormal, comienza a quitarse la careta y persigue sañudamente a los pocos y nimios focos de resistencia que van quedando, pujando con vehemencia por imponerse a toda costa hasta en lo más recóndito de nuestras almas, mentes y corazones.

Así, vemos como no sólo se han aceptado sin pestañear las mayores aberraciones, sino que están siendo impuestas con total descaro: el aborto, la sodomía, la eutanasia, el radical relatiismo, la sexualización de la sociedad, el liberalismo a ultranza, la corrupción, la anarquía, la injerencia en los asuntos internos de las naciones, la pérdida de las propias identidades, la mezcolanza de culturas, los movimientos migratorios desordenados, el sincretismo y el indiferentismo religiosos, la destrucción de la familia, del matrimonio y la propiedad privada, la ideología de género y un largo etcétera que todos ustedes conocen tan bien como nosotros y que sería demasiado prolijo de relacionar aquí. Y puede que lo peor de todo, el mayor éxito del Mal, sea que la Humanidad de hoy en día está presa de una pasividad, de una manifiesta incapacidad para reaccionar, que la hace dispuesta a aceptar lo que sea, que la tiene inerme e indefensa, campo fácil y abonado para más y más imposiciones por muy aberrantes que puedan ser.

Base y al tiempo objetivo de esta ofensiva cósmica del Mal es, como no podía ser de otra forma, corromper al ser humano, a la Humanidad entera, apartándola de la Luz, del Camino, de la Verdad y de la Vida. Buena culpa del éxito del Mal que contemplamos la tienen nuestros pastores de los últimos tiempos, infectados de una u otra forma, en mayor o menor medida, más o menos claramente, desde hace mucho o  poco, de las ideas y filosofías hoy están tan en boga y que no son si no herramientas del Mal. Dichos pastores, en una nada desdeñable mayoría, desde hace décadas languidecen, duermen, se han rendido, han abandonado el combate, se han vuelto laxos, tolerantes, comprensivos, “buenos”, “amables”, comprensivos y han traicionado a Cristo apostatando literalmente, renunciando a predicar el Evangelio tal cual, sin edulcorarlo, sin saltarse una palabra, sin tergiversarlo. Y por ellos y con ellos, por nuestra propia dejadez y adocenamiento, nosotros, las ovejas, aquellos privilegiados a los que sólo por la gracia gratuita de Dios y la fe de nuestros padres, ingresamos por el bautismo en el seno de la Iglesia a las pocas horas o días de venir a este mundo.

Lo que hoy vemos y contemplamos dentro y fuera de la Iglesia, en nuestra patria y fuera de ella, no tiene parangón. Son tantos y tantos los hechos, grandes y pequeños, los ejemplos de todo tipo, que ya no es posible ocultarlos, pero que si haciendo un esfuerzo los tomamos en su conjunto, además de helarnos la sangre, no podemos, creemos, más que estar de acuerdo con todo lo aquí dicho.

Ante ello, ante este combate, esta batalla cósmica que puede tal vez, sólo tal vez, que sea la última y definitiva, sólo nos queda adoptar una postura que además no sólo es nuestro derecho, sino más aún nuestra obligación inexcusable: debemos resistir y, más aún, pasar a la ofensiva; adoptando una actitud idéntica a la del mariscal Foch en la I Guerra Mundial cuando mandó a sus superiores el siguiente lacónico mensaje “El centro de mi despliegue cruje y mis alas derecha e izquierda retroceden. Paso al ataque”.

Debemos resistir a toda costa, y eso se hace evitando, también a toda costa, el pecado tanto grave, mortal, como venial. Tal resistencia, es decir, permanecer en la gracia de Dios, nos hará fuertes.

Pero hay también que pasar al ataque, no podemos conformarnos con resistir, sólo la ofensiva es resolutiva. No podemos ni debemos callar, ante nada y ante nadie. No podemos ni debemos pararnos a sopesar si nuestra acción sólo puede ser pequeña o incluso nimia. No podemos ni debemos demorarnos a valorar si apenas tenemos margen. No podemos ni debemos atascarnos pensando en las consecuencias. No podemos ni debemos, tampoco, esperar hasta dilucidar si será útil o eficaz, si veremos sus grandes o pobres resultados. Porque si así actuamos nada haremos.

Tenemos un derecho y más aún una obligación. Dar la cara por Cristo. Mantener la Fe. Combatir bien nuestro combate. La cobardía siempre, pero más en los tiempos que nos ha tocado vivir –porque así lo ha querido Dios y esa es su voluntad que hay que aceptar–, es también un pecado no pocas veces mortal; los cobardes no van al Cielo. Tanto las consecuencias como los resultados dejémoslos en manos de la Divina Providencia. Además, tengamos fe absoluta en que la victoria, aquí o en el más allá, qué más da, será nuestra; es lo prometido, y Dios siempre cumple su palabra.

 


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