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  • La cruz y la espada
La devoción a San José no ha ocupado, por desgracia, el lugar tan relevante que se merece en la piedad de la Iglesia. Incluso después del Vaticano II se redujo prácticamente a la nada; bien que muy recientemente ya se le incluye en lugar destacado en la Misa, pidiendo su intercesión tras la de Nuestra Madre Santísima.

Santa Teresa de Jesús ha sido una de las figuras de la Iglesia que más contribuyó a la extensión de esta importante devoción, poniendo todos los medios a su alcance para expandirla, escribiendo páginas brillantes que, sacando la figura del padre de Jesús del anonimato, consiguió instalarla en la religiosidad popular de su tiempo. Sin duda Santa Teresa marcó un hito en esta piedad especial de los sencillos, de los humildes, de los que pasan desapercibidos, como sencillo, humilde y siempre ignorado fue San José.

Nota característica en Santa Teresa es que cuando habla de San José lo hace desde el conocimiento directo de aquello de lo que habla. La santa escribe sobre él siempre desde su propia e íntima experiencia personal, al tiempo que lo hace directamente al corazón de sus lectores. Siempre recurre a lo que ha visto y oído en su existencia como creyente y en las personas con las que se ha relacionado.

Partiendo de esta experiencia que fue tan decisiva en su vida, Santa Teresa recomendó la devoción a San José, alabando su poderosa intercesión. Para ella el Esposo de María es un abogado e intercesor esencial y eficacísimo ante cualquier contratiempo.

Tras el regreso de la santa de Becedas, donde la famosa curandera que la había tratado de sus graves dolencias la había reducido al completo agotamiento físico, sobreviene -ya en Ávila- el terrible paroxismo del 15 de Agosto de 1539 que la postra varios días en coma profundo y después “más de ocho meses” totalmente tullida, “solos los huesos tenía”, seguido por “casi tres años” de recuperación lentísima, de suerte que “cuando comencé a andar a gatas, alababa a Dios”. Fue entonces cuando apeló a San José, y Teresa quedó convencida de que al Santo se debió su total curación posterior.

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  • La cruz y la espada
Santa Teresa cuenta su “conversión” en el capítulo 9 de su autobiografía. Ocurre en torno a sus 39 años. Factor decisivo fue su encuentro cara a cara con una imagen “de Cristo muy llagado” y la lectura de las Confesiones de San Agustín. Pero esa “conversión” Teresa la ve como una especial gracia de lo alto. Y en su ánimo agradecido la atribuye tanto a la Virgen (“ella me ha tornado a sí”) como a San José “entendí que tenía mucha obligación de servir a nuestra Señora y a san José, porque muchas veces, yendo perdida del todo, por sus ruegos me tornaba Dios a dar salud”; a ello alude también en Vida 6,6: “…este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo (parálisis), como de alma (conversión).

La fundación del Carmelo de San José, momento excepcional en la vida de la santa y de la Iglesia, ocurre cuando Teresa ha entrado de lleno en la experiencia mística de lo divino. Es Cristo mismo quien la intima a que funde el primer Carmelo, “haciéndome grandes promesas de que no se dejaría de hacer el monasterio, y que se serviría mucho en él, y que se llamase San José, y que a la una puerta nos guardaría él (San José), y nuestra Señora la otra…”; “Era esta visión con tan grandes efectos, y de tal manera esta habla… que yo no podía dudar”. Así entraba San José no sólo en la vivencia mística de Teresa, sino también en su futura misión eclesial. En una y otra permanecerá los veinte años finales de la vida de la santa, estrechamente vinculado a su experiencia mística, la cual girará, por supuesto, en torno a Jesús, pero siempre contando con la presencia de San José al lado de la Virgen, es decir, de los tres personajes nucleares del misterio de la Encarnación.

A partir de entonces, en las grandes dificultades que sobrevienen, incluidas las crematísticas, interviene personalmente San José; por ejemplo haciéndole llegar a la santa desde América los indispensables doblones de oro para sus fundaciones “por maneras que se espantaban los que lo oían”. Así que desde esos primeros episodios, Teresa decidirá introducir dos detalles sintomáticos en su praxis como fundadora: llevará siempre consigo en el carromato una imagen de San José, y una vez fundado cada nuevo Carmelo, encomendará al Santo una de las puertas de la casa. Y sobre todo, no sólo lo hará a él titular y patrón de casi todas sus fundaciones, sino que le otorgará el título de “fundador” de la nueva familia religiosa.

Este artículo no estaría completo si no incluyéramos en él algunos de los más importantes testimonios, cantos y alabanzas de la santa doctora a San José:

“Y tomé por abogado y señor al glorioso San José y me encomendé mucho a él. Vi claro que, tanto de esta necesidad como de otras mayores, de perder la fama y el alma, este padre y señor mío me libró mejor de lo que yo lo sabía pedir. No me acuerdo hasta hoy de haberle suplicado nada que no me lo haya concedido.” (Vida 6,6).

“Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo, y de los peligros de que me ha librado, así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece que les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad; pero a este glorioso santo tengo experiencia de que socorre en todas, y quiere el Señor darnos a entender, que así como le estuvo sometido en la tierra, pues como tenía nombre de padre, siendo custodio, le podía mandar, así en el cielo hace cuanto le pide.

Y esto lo han comprobado algunas personas, a quienes yo decía que se encomendasen a él, también por experiencia; y aun hay muchas que han comenzado a tenerle devoción, habiendo experimentado esta verdad.” (Vida 6, 6).

“Procuraba yo celebrar su fiesta con toda la solemnidad que podía, más llena de vanidad que de espíritu, queriendo que se hiciese bien y con muchos detalles, aunque con buena intención.” (Vida 6, 7).

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  • La cruz y la espada
“Querría yo persuadir a todos que fuesen devotos de este glorioso santo, por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios. No he conocido a nadie que le tenga verdadera devoción y le haga particulares servicios, que no lo vea más aprovechado en la virtud; pues ayuda mucho a las almas que a él se encomiendan.” (Vida 6, 7).

“Creo que ya hace algunos años que el día de su fiesta le pido una cosa y siempre la veo cumplida; si la petición va algo torcida, él la endereza para más bien mío.” (Vida 6, 7).

“Quien no hallare maestro que le enseñe a orar, tome a este glorioso Santo por maestro y no errará el camino. No quiera el Señor que haya yo errado atreviéndome a hablar de él; porque aunque publico que soy devota suya, en servirle y en imitarle siempre he fallado. Pues él hizo, como quien es, que yo pudiera levantarme y no estar tullida; y yo, como quien soy, usando mal de esta merced.” (Vida 6, 8).

“No me hartaba de dar gracias a Dios y al glorioso Padre mío san José, que me pareció que él lo había traído, porque fray Pedro era Comisario General de la Custodia de San José, a quien me encomendaba mucho, y a nuestra Señora.” (Vida 3, 7).

“Un día, después de comulgar, Su Majestad me mandó con mucha insistencia que lo intentara con todas mis fuerzas, y me hizo grandes promesas de que se haría el monasterio, y que Dios se glorificaría mucho en él, y que su título fuese de San José, que él nos ampararía en una puerta y nuestra Señora en la otra.” (Vida 32, 11).

“Una vez estaba en un apuro del que no sabía cómo salir, pues no tenía dinero para pagar a unos albañiles, y se me apareció San José, mi verdadero padre y señor, y me dijo que no faltaría dinero y que los contratara; y así lo hice, sin un céntimo. Y el Señor de modo maravilloso que asombraba a los que lo oían, me proveyó.” (Vida 33, 12).

“Al glorioso San José no vi con tanta claridad, aunque vi muy bien que estaba allí, como en las visiones que he dicho que no se ven.” (Vida 33, 15).

“Mas ¡ay, hijas!, encomiéndenme a Dios y sean devotas de San José, que puede mucho.” (Cc 28ª).

“Ya entonces yo oraba mucho a nuestro Señor, suplicándole que  no me fuese sin dejarles casa (en Sevilla), y hacía que las hermanas se lo pidiesen y al glorioso San José, y hacíamos muchas procesiones.” (F 25, 3).

“Las hermanas habían pedido mucho a San José que para su día tuviese casa (en Burgos), y sin pensar que la tendrían tan pronto, se lo cumplió.” (F 31, 36).

“Los días primeros de pascua, u otros días de solemnidad, podrán cantar Laudes, en especial el día del glorioso de San José.” (Const 1, 3).

“Aunque tenga muchos santos por abogados, tengan particularmente a San José, que alcanza mucho de Dios.” (Av 65).

 La Redacción