Quince minutos ante el Santísimo.

Cuántas gracias recibiremos. Soy, hijo mío, dueño de los corazones y dulcemente los llevo, sin perjuicio de su libertad, donde me place. ¿Sientes acaso tristeza o mal humor? Cuéntame, cuéntame, alma desconsolada, tus tristezas con todos sus pormenores. ¿Quién te hirió? ¿quién lastimó tu amor propio? ¿quién te ha menospreciado?

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Presentamos a continuación una guía muy fácil y eficaz de adoración al Santísmo Sacramento. Son sólo quince minutos una vez a la semana o un par de vesces. ¿No los tienen? Por favor, no mientan ni se mientan.

— Señor mío Jesucristo,…..
— Pater noster, Ave María y Gloria
— No es preciso, hijo mío, saber mucho para agradarme mucho; basta con que me ames. Háblame, pues, aquí, sencillamente, como hablas a tus padres, hermanos o amigos.
¿Necesitas hacerme en favor de alguien alguna súplica? Dime su nombre, bien sea el de tus padres, hermanos o amigos; dime qué quisieras que hiciese yo actualmente por ellos. Pide mucho, mucho; no vaciles en pedir; me gustan los corazones generosos, que llegan a olvidarse en cierto modo de sí propios para atender a las necesidades ajenas. Háblame, así, con sencillez, con llaneza, de los pobres a quienes quisieras consolar; de los enfermos a quienes ves padecer; de los extraviados que anhelas volver al buen camino; de los amigos ausentes que quisieras ver otra vez a tu lado. Dime por todos una palabra siquiera; pero palabra de amigo, palabra entrañable y fervorosa. Recuérdame que he prometido escuchar toda súplica que salga del corazón, y ¿no ha de salir del corazón el ruego que me dirijas por aquellos que tu corazón más especialmente ama?
¿Y para ti, no necesitas alguna gracia? Hazme, si quieres, una como lista de tus necesidades, y ven, léela en mi presencia. Dime francamente que sientes orgullo, amor a la sensualidad y al regalo, que eres tal vez egoísta, inconstante, negligente… y pídeme luego que venga en ayuda de tus esfuerzos, pocos o muchos, que haces para sacudir de ti tales miserias.
No te avergüences ¡pobre alma! ¡Hay en el cielo tantos y tantos justos, tantos y tantos santos de primer orden que tuvieron esos mismos defectos! Pero rogaron con humildad… y poco a poco se vieron libres de ellos.
Ni menos vaciles en pedirme bienes del cuerpo y del entendimiento; salud, memoria, éxito feliz en tus trabajos, negocios o estudios… Todo eso puedo darte, y lo doy y deseo me lo pidas en cuanto no suponga, antes favorezca y ayude, a tu santificación. Hoy por hoy, ¿qué necesitas? ¿qué puedo hacer por tu bien? ¡Si conocieses los deseos que tengo de favorecerte!
¿Traes ahora mismo entre manos algún proyecto? Cuéntamelo todo minuciosamente. ¿Qué te preocupa? ¿qué piensas? ¿qué deseas? ¿qué puedo hacer por tus hermanos, amigos, superiores, subordinados,…? ¿qué desearías para ellos?
Y por Mí, ¿no te sientes con deseos de mi Gloria?
¿No quisieras poder hacer algún bien a tus prójimos, a tus amigos, a quienes amas tal vez mucho y que viven olvidados de Mí?
Dime, ¿qué cosa llama hoy particularmente tu atención? ¿qué anhelas más vivamente? y ¿con qué medios cuentas para conseguirlo? Dime si te sale mal tu empresa, y yo te diré las causas del mal éxito. ¿No quisieras interesarme algo en tu favor?
Soy, hijo mío, dueño de los corazones y dulcemente los llevo, sin perjuicio de su libertad, donde me place.
¿Sientes acaso tristeza o mal humor? Cuéntame, cuéntame, alma desconsolada, tus tristezas con todos sus pormenores. ¿Quién te hirió? ¿quién lastimó tu amor propio? ¿quién te ha menospreciado? Acércate a mi corazón que tiene bálsamo eficaz para todas esas heridas del tuyo. Dame cuenta de todo, y acabarás en breve por decirme que, a semejanza de Mí, todo lo perdonas, todo lo olvidas, y en pago… recibirás mi consoladora bendición.
¿Temes por ventura? ¿Sientes en tu alma aquellas vagas melancolías, que no por ser injustificadas dejan de ser desgarradoras? Échate en brazos de mi providencia. Contigo estoy, aquí, a tu lado me tienes; todo lo oigo, ni un momento te desamparo.
¿Sientes desvío de parte de personas que antes te quisieron bien, y ahora, olvidadas, se alejan de ti, sin que les hayas dado el menor motivo? Ruega por ellas, y yo las volveré a tu lado si no han de ser obstáculo a tu santificación.
¿Y no tienes tal vez alegría alguna que comunicarme? ¿Por qué no me haces partícipe de ella a fuer de buen amigo tuyo que soy? Cuéntame lo que desde ayer, o desde la última visita que me hiciste, ha consolado y hecho sonreír tu corazón. Quizá has tenido agradables sorpresas; quizá has visto disipados negros recelos, has recibido buenas noticias, una carta, una muestra de cariño; has vencido una dificultad, salido de un lance apurado… Obra mía es todo esto, y Yo te lo he proporcionado; ¿por qué no has de manifestarme por ello tu gratitud, y decirme sencillamente como un hijo a un padre: gracias, Padre mío, gracias? El agradecimiento trae consigo nuevos beneficios, porque al bienhechor le agrada verse correspondido.
¿Tampoco tienes promesa alguna que hacerme? Leo, ya lo sabes, el fondo de tu corazón: a los hombres se engaña fácilmente, pero a Mí, a Dios, no. Háblame, pues, con sinceridad. ¿Tienes firme resolución de no exponerte ya más a aquella ocasión de pecado? ¿de privarte de aquel objeto que te dañó? ¿de no leer más aquel libro que exaltó tu imaginación? ¿de no tratar más a aquella persona que turbó la paz de tu alma?
¿Volverás a ser dulce, amable y condescendiente con aquella otra a quien por haberte faltado, miraste hasta hoy como enemigo?
Ahora bien, hijo mío, vuelve a tus ocupaciones habituales, a tu trabajo, a tu familia, a tus amigos,… pero no olvides la grata conversación que hemos tenido aquí los dos, en la soledad de la iglesia. Guarda en lo que puedas silencio, modestia, recogimiento, resignación, caridad con el prójimo. Ama a mi Madre, la Santísima Siempre Virgen María, que lo es tuya también, y vuelve otra vez a Mí con el corazón más amoroso todavía, más entregado a Mí servicio: en el Mío encontrarás cada día nuevo amor, nuevos beneficios, nuevos consuelos.

 


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