Que se vayan ellos.

Fuera herejes; nosotros nos quedamos. Día sí y día también llueven declaraciones, artículos, videos, ceremonias, hojas parroquiales y todo lo que pueda usarse para difundir ideas y mensajes, más o menos directos, que van en contra de nuestra doctrina secular.

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Asistimos desde hace décadas en la Iglesia, pero de una manera especial en los últimos años, y más aún desde la llegada a la silla de Pedro de Francisco I, a lo que muchos dicen que es una crisis de proporciones gigantescas. La confusión cunde porque desde los estamentos clericales de todo nivel, especialmente de los más elevados, muchos proyectan de viva voz, por escrito y con imágenes una ruptura radical con todo lo que la Iglesia ha defendido durante dos mil años.

Día sí y día también llueven declaraciones, artículos, videos, ceremonias, hojas parroquiales y todo lo que pueda usarse para difundir ideas y mensajes, más o menos directos, que van en contra de nuestra doctrina secular.

No hay día que no desayunemos con lo que numerosos cardenales, obispos, sacerdotes, frailes y monjas de todo pelaje, y el propio Papa Francisco I, nos manifiestan insistentemente con un denominador común: poco de ello coincide con los dogmas, la tradición, los escritos de los Santos Padres y, en definitiva, con el Evangelio y, por ello, con lo que predicó hasta su último suspiro en la cruz Nuestro Señor.

El pueblo católico se ha sumido, por esa falta de claridad, de contundencia, de predicación de TODO el Evangelio, en definitiva, por la falta de pastores verdaderos, en una pasividad, en un indiferentismo, en un relativismo profundo que le ha llevado en una más que abundante mayoría a hacer de nuestra Santa Fe una “religión” más; o ni siquiera eso.

La causa, como hemos apuntado, es la decadencia y el desbarre de amplios sectores del clero secular y regular que han caído en la herejía; no se puede decir de otra forma si se quiere decir la verdad. Porque las cosas que nos dicen sobre casi todo son, lisa y llanamente, puras y duras herejías. Que nadie se engañe.

Frente a ellos, no cabe duda, existe un nada despreciable numero de clérigos, también de todo nivel y clase, que se mantienen firmes en la Fe, que no se dejan arrastrar por dichos cantos de sirena y que dan la cara en lo que pueden y como pueden.

Aquéllos arrastran a una ingente mayoría de fieles –mejor decir ex-fieles– porque ofrecen y vende un producto más que atractivo: la puerta ancha, el camino llano. Éstos apenas a pequeños grupos porque predican la puerta estrecha y el camino empinado. Aquéllos han logrado hacerse con grandes cotas de poder y de autoridad, con numerosos cargos de gran capacidad de decisión e influencia, con el control de poderosas estructuras económicas y de propaganda. Éstos permanecen en cargos secundarios y se debaten al borde de la indigencia económica. Aquéllos se muestran unidos, decididos, audaces, siempre en plena ofensiva, sin dar tregua. Éstos no acaban de agruparse, de formar un único frente, se muestran dubitativos, a la defensiva, apocados. Aquéllos cuentan con el aplauso, el respaldo y el apoyo activo de amplísimos y poderosísimos sectores ideológicos, políticos, económicos y de influencia no sólo “católicos”, sino también ajenos y más aún contrarios a nuestra Fe. Éstos, por el contrario, aunque hay siempre algunos sectores de esos mismos parámetros que les apoyan hasta donde pueden, nunca llegan si quiera a disponer de las capacidades de los otros.

Hay por ello entablada una lucha feroz de los herejes contra los que se resisten a serlo. La guerra es sin cuartel, brutal, despiadada, a vida o muerte y cada día más intensa y acelerada.

En medio del optimismo, soberbia y audacia de aquéllos, y de la desmoralización de éstos, surgen cada día más voces entre éstos, no entre aquéllos, que apuntan al cisma como única y mejor solución; entendiendo por cisma el separarse éstos de la Iglesia a la que dominada por aquéllos, por los herejes, ya no reconocen como suya, en la que no confían con que les sea vía de salvación tal y como evoluciona.

Pues bien, nuestra opinión es contundente: que se vayan ellos, no nosotros, aquéllos, no éstos. Hay que reconocer que a lo largo de la Historia los múltiples herejes que han existido tuvieron al menos siempre un rasgo de honradez cuando, llegado un momento, se iban de la Iglesia junto con sus muchos o pocos seguidores; claro es que solían hacerlo dos minutos antes de que la Iglesia, su Pontífice y las estructuras encargadas de ello o les echaran o les pasaran por quilla de la barca de San Pedro. Pero en cualquier caso, se iban ellos y la Iglesia recuperaba, hasta la siguiente amenaza, su tranquilidad y, más aún, salía fortalecida.

Ahora no es así, este tipo de herejes ni se va ni están dispuestos a irse, pues su inspirador, el mismísimo Belcebú, ha aprendido de la Historia y, como su meta es la destrucción del Cuerpo Místico de Jesucristo, o sea de la Iglesia, ha cambiado de estrategia y quiere permanecer en el poder, en los cargos, en sus estructuras, consciente de que sólo desde dentro y desde ellas puede lograr su fin.

Por eso, es muy importante, esencial, vital, convencernos de algo tan sencillo como es que debemos oponernos a toda costa a cualquier tentación de irnos, de optar por el cisma. ¿Por qué? Porque nos destruiría a nosotros de inmediato, pues fuera de la Iglesia, por mal que pueda estar de momento, no hay salvación; porque no tenemos motivos para irnos de ella, pues tenemos la razón; porque tenemos la promesa de Nuestro Señor de que la victoria será nuestra, de que nunca nos abandonará, de que aunque se haga el dormido en la proa de la barca, cuando lo considere, una sola palabra suya hará que las aguas de este tenebroso y encrespado mar se paralicen. Por último, porque sólo las ratas abandonan el barco cuando amenaza hundirse; que no quiere decir que lo vaya a hacer.

Nada de cisma por nuestra parte, nada de salir corriendo, que es de cobardes, nada de retroceder. Que se vayan ellos que son los herejes, los hijos de la mentira y de la oscuridad. Que se vayan ellos. Y si no se van ya les echaremos con la ayuda de Dios, que nunca falta. Repetimos: que se vayan ellos, nosotros nos quedamos aunque eso suponga morir en el empeño si fuera la voluntad de Nuestro Señor. Tomemos a Nuestra Madre como estandarte. Agrupémonos en su entorno. Firmes en la Fe. Ni un paso atrás. A por ellos, sean quienes sean. Pasemos a la ofensiva. No perdamos ocasión de dar testimonio, de atacarles, de herirles, de perseguirles hasta acabar con ellos, hasta que no quede ni uno. Que se vayan, que se vayan ellos, nunca nosotros.

La Redacción


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