Qué es un mártir.

Seres humanos como nosotros menos en su intransigente e integrista fe… Muchos son los mártires que ha tenido, tiene y seguirá teniendo la Iglesia. Muchos desconocidos, otros medio olvidados y la mayoría recordados sólo por el nombre y poco más.

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Beato Miguel Agustín Pro, en el momento de ser fusilado por causa de la Fe durante la Cristiada en Méjico.

Desgraciadamente cuando al comenzar la Santa Misa oímos al sacerdote anunciarnos a qué santo o mártir se conmemora ese día, suelen ocurrir dos cosas: una, que el sacerdote pasa como de puntillas por el nombre y como mucho alguna ligerísima referencia a las circunstancias de la muerte del mártir, incluso muchos emplean un tono tan monótono y aburrido que más nos incita a olvidarnos de quién se trata que a meditar sobre él; otra, que nosotros mismos prestamos poca o ninguna atención a lo que el sacerdote nos anuncia, y ni mucho menos nos preocupamos, mejor antes de la Misa, pero menos después, por conocer su vida. De esa forma, aquél ejemplar católico pasa desapercibido y vuelve a quedar en el olvido.

Muchos son los mártires que ha tenido, tiene y seguirá teniendo la Iglesia. Muchos desconocidos, otros medio olvidados y la mayoría recordados sólo por el nombre y poco más.

También existe la tendencia, por todo lo anterior, a considerar que los mártires fueron personas excepcionales que poco o nada tenían de humano y mucho menos que ver con nosotros. Pues bien, nada más lejos de la realidad.

Los mártires, es decir, aquellos que murieron por causa de la Fe, fueron, todos ellos sin excepción, personas de carne y hueso; hombres, mujeres y niños como nosotros; que tenían padres, hermanos, hijos y otros familiares; que desempeñaban trabajos por cuenta propia o de otros; que poseían un patrimonio o vivían en la pobreza; de todas las clases sociales, pues lo ha habido esclavos, libres, pobres y ricos; de baja condición o de abolengo; muchos con altísimos cargos políticos y sociales; que gustaban de las cosas de la vida; en fin, lo dicho, seres humanos, personas como tantas otras en todos los tiempos y lugares.

Una sola cosa las distinguió de los demás: su acrecentada fe, absoluta confianza en Dios, inmenso amor por Jesucristo, su…, todo hay que decirlo: intransigencia, radicalidad, rigidez, firmeza, integrismo, serenidad y entereza, es decir, estar dispuestos a darlo todo, no sólo la propia vida –lo que a veces no es tan difícil–, sino todo lo que poseían, familia y hacienda –que suele ser lo más difícil–, por Cristo. Puestos ante la disyuntiva de apostatar o morir no lo dudaron ni un instante; puestos ante la tesitura de apostatar o perder toda su hacienda, tampoco lo dudaron ni un minuto.

Cuando leemos sobre sus vidas, y más aun sobre las circunstancias de sus procesos o persecución, cuando vemos sus finales, a veces terribles, solemos olvidar que eran como nosotros, con la diferencia de que tenían muy claro sus prioridades en la vida: primero Dios y después, mucho después y a enorme distancia, todo, TODO lo demás.

Eso sí, llegar a ese momento sublime sólo se puede si antes se ha recorrido un camino espiritual profundo, sincero y valiente; si antes se ha cultivado la gracia que Dios nos da sin perder de ella ni un gramo; si se ha sido dócil a dicha gracia y si nos hemos abandonado completamente a ella. También si, llegado dicho instante, que si llega lo es por la misma gracia de Dios, se es consciente de su trascendencia y se afronta con entera fe y confianza en que tal circunstancia es prueba de Dios que será recompensada con una gloria especial si se supera, y si se tiene la absoluta seguridad de que para superarla Él da la gracia necesaria para ello; lo mismo que con las tentaciones, pues Dios no pide nunca nada que con su gracia no se pueda superar.

Vivimos una época penosa en que el relativismo y la superficialidad todo lo anega. En que no hay nada firme, en la que todo se tambalea. Vivimos una época de confusión de proporciones gigantescas. A los débiles, acomodaticios, “tolerantes”, “amables” y “buenos”, se les premia y cultiva. Por el contrario, se denigra a los que sostienen sin pestañear los dogmas y la doctrina secular, a los que no dan su brazo a torcer, a los que no apostatan. Cada cual que elija el camino que mejor considere, del cual todos tendremos que rendir un día cuentas; allá cada uno. Pero que nadie se engañe: hoy también hay mártires. Los hay que son asesinados en medio de conflictos y persecuciones. Pero también los hay que sufren un martirio dolorosísimo cuando son reducidos al ostracismo, criticados, marginados y aislados no sólo por los conocidos enemigos de la Fe, sino incluso por los propios; también por buena parte del clero.

Pues bien: ni un paso atrás, firmes en la Fe, combatiendo bien cada uno su combate, intransigentes, radicales, rígidos, integristas, serenos, teniendo decidido que la prioridad es Dios, que no hay color con nada de lo que el mundo nos pueda ofrecer. Que nada de lo que se nos pueda privar vale la pena comparado con permanecer fiel y leal a Cristo.

Aficionémonos a leer, igual que vidas de santos, vidas de mártires, y veremos cuántos beneficios espirituales recibimos.

Santa Crispina

“Parte final del acta del proceso contra Santa Crispina (Año 304)

ANULINO – Mandaré que se te corte la cabeza si te niegas a adorar a los dioses venerables.

CRISPINA – Si tanta dicha lograre, yo daré gracias a mi Dios. Lo que yo deseo es perder mi cabeza por mi Dios, pues a tus vanísimos ídolos, mudos y sordos, yo no sacrifico.

ANULINO –  ¿Con que te obstinas de todo punto en ese necio propósito?

CRISPINA – Mi Dios, que es y permanece para siempre, Él me mandó nacer, Él me dio la salud por el agua saludable del bautismo, Él está en mí, ayudándome y confortando a su esclava, a fin de que no cometa yo el sacrilegio de adorar a los ídolos.

ANULINO –  ¿A qué aguantar por más tiempo a esta impía cristiana? Léanse las actas del códice con todo el interrogatorio.

Leídas que fueron, el procónsul Anulino, leyó de la tablilla la sentencia:

– Crispina, que se obstina en una indigna superstición, que no ha querido sacrificar a nuestros dioses, conforme a los celestiales mandatos de la ley de los augustos, he mandado sea pasada a filo de espada.

Crispina respondió:

– Bendigo a Dios que así se ha dignado librarme de tus manos. ¡Gracias a Dios!”

 


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