¿Qué es el hombre?

El misterio que para los hombres resulta el propio hombre, queda desvelado por la doctrina católica, es decir, por revelación del propio Dios, bien que hasta dónde Él ha considerado que nos es suficiente.

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El hombre es una criatura racional compuesta de cuerpo y alma. En la creación del hombre, procedió Dios por una palabra de consejo, y no por una palabra de mandato.  El hombre ha sido criado para conocer, amar y servir a Dios, y mediante esto salvar su alma. En el plan divino, el hombre debe ser el resumen de todo el universo, y el rey y pontífice de la creación terrestre.

El cuerpo del hombre, por su estructura admirable, por la delicadeza de sus órganos y la armonía de sus operaciones, es una obra maestra de la omnipotencia y sabiduría divinas. El alma del hombre ha sido hecha a imagen y semejanza de Dios; porque, como Dios, es una sustancia espiritual, libre e inmortal.

El alma es espiritual, es decir, que es una sustancia inmaterial, simple, dotada de entendimiento y de voluntad, y que puede subsistir separada del cuerpo, sin ninguna de las propiedades sensibles de la materia, y, por lo mismo, no se puede percibir por los sentidos. La espiritualidad del alma se prueba por las operaciones del entendimiento y de la voluntad, ya que la sustancia de un ser es de la misma naturaleza que sus operaciones. La espiritualidad humana ha sido negada por el materialismo, doctrina tan absurda como degradante. Si no hay más que materia, no hay inteligencia, ni libertad, ni moral, ni Dios; el hombre puede seguir todos sus instintos por perversos que sean; la sociedad queda sin base, y no habrá más ley que la ley del más fuerte. La opinión dominante hoy día entre los materialistas es que el hombre trae su origen del mono, y que no es sino un mono transformado y perfeccionado. De este modo, esos pretendidos sabios, que no hablan más que de la dignidad del hombre y del respeto debido a los derechos del hombre, no vacilan en atribuirle un origen bestial, ni en rebajarlo al nivel de los brutos.

El alma es libre porque posee la facultad de elegir entre dos posibilidades. La existencia de la libertad se prueba por la Sagrada Escritura, por el testimonio de la conciencia, por la obligación moral y por la responsabilidad. La han negado los fatalistas y deterministas. El alma es inmortal, es decir que no dejará nunca de vivir. La inmortalidad del alma se prueba por la Sagrada Escritura, por la misma espiritualidad del alma, por el deseo de la felicidad y por la necesidad de una sanción de la ley moral. La justicia de Dios exige que el bien sea recompensado y el mal castigado. Ahora bien, esta justicia no se ejerce en este mundo universal ni completamente: luego es necesario que más allá de la tumba reciba cada cual lo que le es debido. Han negado la inmortalidad del alma los ateos y los materialistas. El alma comunica al cuerpo, del que es forma sustancial, el movimiento, la vida y el sentimiento; y el cuerpo completa la naturaleza humana. La unión entre el alma y el cuerpo es una unión personal, esencial. El hombre es el lazo de unión entre el mundo de los espíritus y el mundo de los cuerpos.

Después de creado el hombre, Dios le colocó en el paraíso terrenal, y le prohibió comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Dios le sometió a una triple prueba: prueba de su inteligencia, que debe creer en la palabra revelada; prueba de su voluntad, que debe obedecer a la ley divina; y prueba de su sensibilidad, que debe moderar sus deseos de gozar.

El cuerpo de Eva fue formado de la sustancia del de Adán, porque, no queriendo Dios que Adán estuviese solo, le dio una compañera formada de su propia sustancia. Según el plan divino, el primer hombre debía ser el principio de toda su especie, y porque  la mujer debía estar sometida al marido. Dios mismo consagró su unión. De Adán y de Eva desciende toda la especie humana.  La unidad de la especie humana es una verdad de fe plenamente confirmada por la verdadera ciencia. Las diferencias que estriban en el color de la piel y en la configuración del cráneo no tienen nada permanente ni esencial.

Nuestros primeros padres fueron creados en estado de justicia y santidad, es decir, en la posesión de la gracia santificante, juntamente con las virtudes infusas de fe, esperanza y caridad, las virtudes morales y los dones del Espíritu Santo; eran agradables a Dios, justos y santos, y capaces de merecer la gloria eterna mediante sus buenas obras. A estos dones sobrenaturales, Dios añadió otros preternaturales, a saber: para el alma, la ciencia y la dominación de la voluntad sobre el apetito sensitivo; y para el cuerpo, la incorruptibilidad y la inmortalidad.

Nuestros primeros padres, dotados con todos los dones de naturaleza y gracia. Vivían felices a causa de su inocencia; mas­ el pecado vino a poner fin a su dicha. El Demonio, oculto con la forma de una serpiente, hizo sucumbir a Eva, quien a su vez arrastró a Adán al pecado. Eva, entregándose a locos ensueños de ambición y orgullo, creyó ciegamente las palabras del demonio, sin reparar en la iro­nía criminal con que las dijo. Se persuadió de que, tanto ella como su marido, serían verdaderamente dichosos, absolutamente libres e independiente. Habiéndose rebelado su razón contra Dios, sus sentidos se rebelaron contra su razón, y quedaron sujetos a la concupiscencia. El pecado de Adán y de Eva fue, lo mismo que el de Lucifer y sus ángeles, un pecado de soberbia. La gravedad de su culpa resulta: 1º de la prohibición y amenaza de Dios; 2º de los múltiples caracteres de su falta; 3º de sus lamentables consecuencias; y 4º de la reparación que ha exigido de Jesucristo.

Habiendo perdido la gracia original, Adán y Eva quedaron desposeídos de los dones sobrenaturales y de todos los dones preternaturales de que la gracia santificante era fuente. Adán y Eva por su pecado fueron despojados: 1º de la gracia santificante y del derecho a la gloria eterna; 2º de todos los dones preternaturales de que la gracia santificante era la fuente, es decir, que quedaron sujetos a la ignorancia, a la concupiscencia, al dolor y a la muerte. Todos sus descendientes nacen culpables del pecado original. Solamente la Virgen Santísima, por un privilegio especial de Dios, ha sido totalmente preservada de él. Dios no abandonó al hombre después de su caída; sino que le prometió un Redentor, Jesucristo, su propio Hijo.  Si Adán hubiera sido fiel a Dios habría transmitido a su posteridad la gracia santificante y una naturaleza íntegra.

¿Cómo se explica que el pecado original sea un verdadero pecado? Porque es un desorden en el orden moral, y porque nos pone respecto de Dios en un estado de enemistad que hace de nosotros, como dice san Pablo, hijos de ira. En efecto: por el pecado de Adán no somos tales como deberíamos ser, esto es, como estába­mos llamados a ser; nuestra condición no es la que Dios quería. Dios no nos hace ninguna injusticia, puesto que el pecado original no nos priva de ninguno de los bienes debidos a nuestra naturaleza en virtud de la creación. No nos priva ni de la inteligencia, ni de la libertad, ni de las otras facultades y potencias que hacen de nuestra naturaleza una verdadera naturaleza humana. Nos priva únicamente de dones puramente gratuitos, de dones que Dios podía perfectamente, si hubiera querido, rehusar a Adán. Adán no tenía derecho a la gracia santificante; no tenía derecho a ser eximido de la ignorancia, de la concupiscencia, del dolor y de la muerte; en fin, no tenía derecho a la visión beatifica. Si Adán hubiese sido fiel, no hubiera habido, es verdad, pecado original; pero cada uno de sus descendientes podía condenarse desobedeciendo a Dios. La fidelidad de Adán no aseguraba, por tanto, la salvación de cada uno de sus hijos.

 

 


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