Sólo por la cruz se va a la Gloria.

La cruz es el emblema del catolicismo. La cruz fue lo que nos predicó Nuestro Señor. La cruz de cada día es la que dijo que debíamos cargar y con ella seguirle; a Él, que lleva la cruz de las cruces, la cruz de todos y cada uno de nosotros.

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Vivimos una penosa época en la que lo único que se potencia, lo único que se quiere y lo único que se busca es el placer, la diversión, el ocio. Las generaciones jóvenes, pero también las nada jóvenes, sólo piensan en su bienestar. Es lo que se denomina la cultura del hedonismo, del disfrute. El resultado es una sociedad egoísta, deshumanizada, indiferente al sufrimiento del prójimo, cobarde, afeminada, quejica, perezosa, materialista, criminal.

Pero si lo anterior es válido para los descreídos, o sea para los no católicos, desgraciadamente también lo es para una gran mayoría de autodenominados católicos que, realmente, no lo son. La cruz es el emblema del catolicismo. La cruz fue lo que nos predicó Nuestro Señor. La cruz de cada día es la que dijo que debíamos cargar y con ella seguirle; a Él, que lleva la cruz de las cruces, la cruz de todos y cada uno de nosotros.

Sólo se puede ser católico si se elige la puerta estrecha y el camino empinado, y si se elige por Dios. Sólo se es católico si aceptamos el dolor, el sufrimiento, la contrariedad y la adversidad que Dios nos manda, no con resignación, no, sino con valor y ánimo, y lo hacemos por Dios. Sólo se es católico si emprendemos cada día con la firme decisión de asumir y enfrentarnos a lo que en él nos ocurra, en especial lo que nos disgusta, con total entrega y aceptación, por Dios. Todo siempre y cuando lo hagamos por Dios y lo hagamos con valentía, virilidad y hombría; términos también válidos para las mujeres, que quede bien claro su significado.

En nuestra Fe, en nuestro camino hacia la Gloria, no hay lugar para pusilánimes, cobardes o tibios. Nuestra Fe es sólo para hombres y mujeres con casta, decididos, audaces, valientes, heroicos.

Unas veces serán pequeñas contrariedades: nos quintan un aparcamiento delante de nuestras narices; un leve catarro; un ligero desplante de algún conocido; un trabajillo que no acaba de rematarse; la mala contestación de un hijo; etc.

Otras veces serán adversidades arduas: una enfermedad seria; un trabajo que se pierde; el ataque de alguien que nos odia; la falta de recursos económicos; ese amor que nos rechaza o que no llega; la agresión física de la que alguien nos hace objeto; etc.

En fin, todo ese cúmulo de mil contrariedades, de toda clase y condición, y de todo tipo de tamaños, que a lo largo de nuestra existencia no dejan de aparecer sin que las hayamos ni buscado ni provocado.

Todas y cada una de esas cruces que se nos vienen encima son peldaños de la escalera que nos conducirá a la Gloria si sabemos enfrentarlas, y solucionarlas o soportarlas, por Dios. Cada cruz en nuestra vida es una oportunidad de oro para amontonar un tesoro en el cielo. Cada cruz que no aceptemos, que rechacemos, de la que huyamos o ante la que nos mostremos indiferentes, es una mancha en nuestro expediente. Aquí, como en todo lo referente a Dios, no hay término medio, o se gana el punto o se pierde, sea pequeño o grande. En el último día, cuando seamos juzgados, veremos con toda nitidez cada paso que dimos hacia la Gloria y cada paso que nos alejó de ella. El resultado final será evidente.

El dolor, el sufrimiento, la adversidad, la contrariedad, la injusticia, si las asumimos, las aceptamos, las soportamos, las enfrentamos, las peleamos por Dios, con valor y ánimo, son nuestro camino a la Gloria; si así no lo hacemos, lo son hacía la perdición. Que nadie lo dude, ni se engañe, ni se deje engañar.

Además, si así lo hacemos comprobaremos en seguida que, dentro de no dejar de ser cruces, su carga se aligera y el yugo se suaviza. Es promesa de Quien siempre cumple lo que promete.

Afrontemos, pues, cada uno de nuestros días, como lo que son: una gran oportunidad de hacer méritos para ganarnos el lugar que Nuestro Señor dijo que nos tenía reservado a cada uno. Y cada cual según Él así lo considere, sin mirar si al otro las cosas le son más fáciles, si sus cruces ya las quisiéramos para nosotros, sin mirar de refilón a la “suerte” que tiene aquél y a la mala “suerte” que tenemos nosotros, y esas otras actitudes que, en realidad, son trampas que el Maligno nos pone para alejarnos de la cruz.

Seamos pues católicos de verdad, es decir, soldados esforzados de Cristo, apechuguemos cada uno con lo nuestro y ayudémonos unos  a otros. No dejemos nunca de caminar por esa cuesta empinada. Elijamos siempre la puerta estrecha. Y si nuestras cruces son ligeras, cuidado, no nos confiemos y busquemos algunas voluntariamente, es decir, hagamos penitencia, sacrificios, privémonos de algo cada día, pero siempre por Dios.

Y es que ahí está el quid de la cuestión: por Dios, por Él y con Él, pues, de lo contrario “Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada.” (San Pablo Carta a los Corintios 13:1).

 

 


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