“Un pueblo nuevo puede improvisarlo todo menos la cultura intelectual. Un pueblo viejo no puede renunciar a la suya sin extinguir la parte más noble de su vida y caer en una segunda infancia, muy próxima a la imbecilidad senil” (Menéndez Pelayo)

Josep Torras Bages (1846-1916). Spanish prelate and writer.
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Mons. Torras Bages

España, por mucho que ahora y desde hace algunas décadas no se quiera reconocer, sino todo lo contrario, nace, crece y se fortalece con, sobre y en torno al catolicismo, a la Iglesia, de ahí ese tan acertado aforismo de que “España o es católica o no es España”. Y como Cataluña es España, que no nos engañan, igual, ya lo dijo ese gran español y catalán, como no podía ser de otra forma, el obispo Torras Bages “Cataluña será cristiana o no será”.

Las raíces católicas de España, y para este artículo en particular las de Cataluña, se hunden en la noche de los tiempos, baste recordar algunos nombres: el Abat Oliva, San Ramón de Peñafort, Ramón Lull, Francisco Eiximenis, el cardenal Margarit. También aquellas órdenes, hoy por desgracia perdidas, que tanto trabajaron e influyeron en Cataluña, como en España: los mercedarios –fundados en Barcelona–, carmelitas, franciscanos –en especial los capuchinos–, dominicos y jesuitas. Recordemos, asimismo, nuestra guerra de la independencia que lo fue no sólo contra el invasor francés, sino también, e incluso más, contra la imposición de sus ideas revolucionarias profundamente anti-católicas. También las carlistas, donde el componente catalán tradicionalista fue pieza esencial de su sostenimiento; en 1888, Jaime Catalá, obispo de Barcelona, escribía al nuncio diciendo que “el noventa por ciento de su clero es carlista”, afirmación refrendada por mons. Sivilla, obispo de Gerona.

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Jacinto Verdaguer

Al tiempo, ese mismo siglo XIX producía en Cataluña insignes intelectuales católicos cien por cien, y españoles, como Jaime Balmes, el ya citado monseñor Torras Bages, San Antonio Mª Claret y, cómo no, Jacinto Verdaguer, del que, entre mucho, hay que recordar su maravilloso canto a la Inmaculada, poema lleno de reseñas a Nuestra Madre y… a España. También toda una pléyade de otros tantos católicos, catalanes y españoles, que sería demasiado largo de enumerar aquí, pero que el lector puede encontrar sin ninguna dificultad.

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Valentín Almirall

Denominador común de todos ellos, aún en el siglo XIX, no se olvide, fue su catalanidad hispana y su hispanidad catalana, porque durante dicho siglo el secesionismo prácticamente no existió en Cataluña a ningún nivel, mucho menos el popular; algún foco infeccioso de secesionismo revolucionario traído por Valentín Almirall no llegó ni a embrión, mucho menos entre el clero. Y es que donde estén el catolicismo y la Iglesia de verdad, no hay secesionismo.

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Prat de la Riba

Fracasado el secesionismo revolucionario en su intento de penetrar tanto en la sociedad como en el clero catalán, fue sólo a comienzos del siglo XX cuando una nueva forma de secesionismo, mucho más ladina, torticera y engañosa, fue capaz, esta vez sí, de comenzar a penetrar en los hasta ese instante graníticos muros clericales, así como entre los fieles, nos referimos al secesionismo liberal-conservador “Los sedicentes “regionalistas”, con táctica exotérica,…, buscaron, incluso con pretextos de un falso y aparente “tradicionalismo”…, reclutar para el catalanismo político a los descendientes de las familias carlistas… (con) deletéreos resultados para la desintegración de la auténtica tradición catalana” (Fco. Canals). Corroborando lo anterior, Francisco Pujols en su libro “La solución Cambó” (1931) habla de que el secesionismo liberal-conservador citado dedicó a sus incipientes y nuevos miembros a captar entre aquellos–él llama “pescar”–, fueran del ideario político que fueran, incluso si no tenían ninguno, a nuevos secesionistas “Así, hay pescadores para los carlistas, monárquicos alfonsinos, centralistas, …, federales,…, anarquistas, sindicalistas, socialistas, etc…”; entre otros, cita dos ejemplos: el doctor Aiguader, de ERC, alcalde de Barcelona entre 1931 y 1933, de quien asegura que era “…pescador de comunistas… y de sindicalistas…” y el diario EL Matí, del que decía que “…se ha especializado en pescar sacerdotes y otros elementos carlistas y jaimistas…”. De nuestra parte añadimos a la publicación católica La Veu de Montserrat, del padre Collel, que derivó en La Veu de Catalunya y acabó dirigida por el separatista Prat de la Riba, convertida en órgano de la Lliga Catalana.

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Luis Companys

Pero a pesar de todos sus esfuerzos y no pocas victorias conseguidos por dicho secesionismo, escurridizo y astuto, en aquel cuarto de siglo tan turbulento, el éxito en cuanto a su penetración entre el clero y la masa católica fue prácticamente nula, como lo acredita el martirologio catalán durante nuestra contienda 1936-1939 con 1.500 sacerdotes diocesanos asesinados –dos obispos, 279 sacerdotes de Barcelona, 194 de Gerona, 270 de Lérida, 316 de Vic, etc.–, los múltiples miembros de las órdenes religiosas y los incontables seglares catalanes.

En las dos décadas siguientes, es decir, los años cuarenta y cincuenta del siglo XX, como puede imaginarse, la catolicidad de Cataluña, junto siempre con la de España, estuvieron aseguradas e in crescendo, al mismo tiempo que su españolidad y, por todo ello, la práctica desaparición de todo vestigio secesionista; desde luego hubo algún resto, pues bicho malo nunca muere, pero restringido a diminutos grupúsculos carentes además absolutamente de capacidad ni de influencia ni de posibilidad de crecimiento.

¿Entonces? Pues como en todo, pues Cataluña, como España, no iba a ser distinta. La década de los sesenta vieron la celebración del Concilio Vaticano II cuyos “nuevos aires”, supuestamente renovadores en el buen sentido y que debían abrir una etapa de esplendor, en realidad fueron un huracán destructivo que todo lo arrasó, también al catolicismo.

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Esos “nuevos aires” bajo la denominación de “progresistas” invadieron seminarios, parroquias, congregaciones, obispados, colegios, etcétera, destrozando puertas, ventanas y tejados, dejando el mundo católico como un solar. Parte intrínsecamente unida a ella fue la decisión de la jerarquía eclesiástica española, y catalana –y también vaticana, no se olvide–, con el cardenal Tarancón al frente, no sólo de desmarcarse de la legalidad y legitimidad de entonces, o sea, del mal denominado “franquismo”, sino aún más de ser martillo en la esperpéntica labor de socavar sus cimiento espirituales, políticos y culturales, para hacerse valer –perdonar– ante la llegada del nuevo régimen, el del 78, que no sólo presentían, sino del que habían decidido ser puntal esencial de su imposición, gracias a su inmensa capacidad de influir sobre las conciencias de las masas católicas aún prácticamente intactas en su pureza y reciedumbre, para lo cual no dudaron en dedicarse especialmente, cómo no, a los jóvenes, siempre más manipulables y decididos, además de constituir el futuro.

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Acto de presentación oficial de CiU

En Cataluña esa acción eclesiástica encontró en seguida la horma de su zapato en un personaje que resultaría clave, Jorge Pujol, quien imbuido hasta el tuétano de ese secesionismo liberal-conservador se dio también cuenta de inmediato –porque podía ser un elemento tóxico, pero de tonto ni un pelo–, de que el clero catalán no sólo tomaba la vía “progresista” del momento, sino que estaba preparado para caer en sus hábiles y sinuosas maneras y servir de medio principal para lograr su objetivo que era, como él mismo dijo “hacer país”. No es por casualidad que los primeros escarceos políticos de tal individuo lo fueron durante los últimos años de la década de los cincuenta en “Cristianos y Cataluña”, que luego trocó en “Católicos catalanes”, para pasar en 1962 a desgajarse y formar “Comunidad catalana”, para en 1964 devenir en el Partido Fuerza Socialista Federal, disuelto en 1968, pero de cuyos miembros, siempre con Pujol a la cabeza, se constituiría Convergencia Democrática de Cataluña… ¿en dónde?… en la abadía de Montserrat ¡Dios los creó y ellos se juntaron! Si sintomático es lo anterior, más lo es el lema adoptado “Cataluña será social o no será”, réplica “herética” del ya citado “Cataluña es cristiana o no será” de mons. Torras Bages.

La confluencia anímica y de intereses del incipiente secesionismo pujolista –no olvidemos liberal-conservador– y del “progresismo” descristianizador del clero catalán en los últimos años de la legalidad y legitimidad anterior, fueron las dos piezas que hicieron eclosionar a uno y a otro, y además al unísono; aquél como vía política, social y cultural secesionista, y a éste como vía paganizadora que es lo que realmente es; hablar de secularización es casi no decir nada, suena blando, corto y no se ajusta a la terrible y cruda realidad.

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Jorge Pujol 1980

La llegada al poder en 1980 de Pujol fue ya el culmen del inicio de una pinza malvada y fatídica que con sus nada más y nada menos que sus siguientes veinte años en el poder, materialmente trituró a la sociedad catalana, o al menos al 47 por ciento de ella, que son los actuales votantes del conjunto de partidos secesionistas.

¿Y cómo lo consiguieron? Pues como suele suceder en estos casos.

Por un lado, cumpliendo Pujol su parte del “pacto” con el clero: si vosotros nos ayudáis a “hacer país” desde las iglesias y toda la estructura educativa de vosotros dependiente –el 60 por ciento de los colegios privados, con 434 centros y 264.000 alumnos pertenecen al clero en Cataluña–, sustituyendo la evangelización por la “catalanización”, yo os riego hasta lo indecible de subvenciones, exenciones fiscales y honores mundanos, algo que aunque parezca mentira que pudiera atraer a sacerdotes y religiosos no lo es, precisamente, por la ya clara situación de apostasía generalizada en que se encontraban; aunque lo fuera silenciosa y a veces no aparentemente, ya lo estaban.

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Enrique Puig

Pujol utilizó su poder institucional para lo dicho, eso sí, en lo que a los clérigos que se sumaban a los ideales secesionistas se refiere, a los cuales catapultó a lo más alto incluso de no pocas instituciones civiles, como fue el caso, entre otros y durante años, del jesuita Enrique Puig, quien desde 1980 a 1989 fue director general de la Juventud de la Generalidad, luego siguió hasta no hace muchos años como director de las escuelas cristianas concertadas de Cataluña y fundador de la Fundación Escuela Cristiana, foco de secesionismo donde los haya, que utiliza nombre tan excelso como el de cristiano para todo lo contrario de lo que significa y es; lo cual equivalió a poner a la zorra a cuidar el gallinero.

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Obispos separatistas catalanes

Por otro lado, y no lo olvidemos, Pujol y el clero secesionista catalán, encontraron en la Constitución de 1978, radicalmente revolucionaria y hecha a medida con el apoyo de Tarancón y la Iglesia, tampoco lo dejemos de recordar, y en la actitud de todos los dirigentes y partidos políticos “nacionales” de sumisión y entreguismo a las ínfulas autonómicas pujolistas, un aliado esencial de su estrategia destructiva, toda vez que dichos dirigentes y partidos accedieron siempre a jugar al “pactismo” por él preconizado, fórmula según la cual cada cuatro años se le daban más competencias, vaciando de ellas a España, elemento también fundamental en la expansión del secesionismo catalán; como del vascongado, balear, gallego y los que ya apuntan. Nadie lo comentó entonces, pero fue muy significativo que en su comparecencia ante los medios para dar cuenta de la decisión de aplicar el 155 –mini-155–, Rajoy se quejara de que Cataluña hubiera abandonado “su tradición pactista”; repasen el video.

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Pacto del Majestic

Recordemos también, porque no se olvide a pesar de que así lo quieren, que fue precisamente Aznar, o sea, el PP, con su maléfico “pacto del Magestic” quien culminó tan traicionera estrategia concediendo a Pujol la absoluta inmersión lingüística en Cataluña, la cesión de la educación por completo –de ahí lo que hemos visto de niños y jóvenes de escuelas, institutos y universidades convertidos en fanáticos secesionistas perfectamente adoctrinados cual nazis o comunistas–, los medios, la recaudación del irpf y la supresión del servicio militar, además de nuevos ríos de fondos; algo que aún hoy, en la circunstancias que vivimos, se sigue haciendo.

Todo lo anterior no sólo ha alimentado el problema secesionista que hoy vemos, con varias generaciones abducidas hasta la médula por tan dañina, falaz y estúpida ideología, sino, a lo que vamos en este artículo, no ya también la secularización de Cataluña –España sufre asimismo dicho mal–, sino su paganización, porque no se puede decir de otra forma.

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Algunas cifras que avalan lo dicho son las siguientes: sólo el 60 por ciento de los catalanes se declaran católicos –la tercera región de España sólo superada por Vascongadas, qué coincidencia, y Melilla, lógico–; de ellos, sólo el 5,8 por ciento declaran asistir a Misa los Domingos –la media española está en el 12 por ciento de los que se declaran católicos–; se casan por la Iglesia el 10,5 por ciento  –en el resto de España el 22 por ciento–; sólo el 19,76 por ciento marcan la “X” en la casilla de la Iglesia en su declaración de Hacienda, lo que equivale a dieciséis céntimos por cada uno de ellos –en otras regiones está en cerca del 50 por ciento–; los catalanes dan a la Iglesia una valoración de 2,5 sobre 10 –incluso el 43 por ciento le pusieron un cero–; los alumnos matriculados en clase de religión son el 23 por ciento, mientras que en el resto de España son el 53.

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Por todo lo anterior podemos comprobar que esa simbiosis maléfica de la Iglesia con el secesionismo en Cataluña sólo le ha valido su propia ruina espiritual –además de los números citados basta con ver a sus obispos y sacerdotes a qué se dedican–, más el rechazo popular prácticamente mayoritario; eso sí, también grandes montantes financieros, materiales y muchos honores mundanos a sus jerarcas; ocurre igual en el resto de España, no sólo con los varios secesionismo, sino también cuando la Iglesia se ha pegado al resto de ideologías anti-católicas como son el marxismo socialista o comunista-podemita o el libralismo pepero y Ciudadano.

A cambio, el secesionismo ha suplantado “… la tradición religiosa auténtica, sustituyéndola por una mentalidad que conduce por su propio dinamismo a una “idolatría” inmanentista… (el secesionismo catalán) corre el riesgo de convertirse en una enfermedad mental colectiva…” (Francisco Canals).

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Creemos, a la vista de lo dicho, y de lo aún mucho que se podría decir, que lo que Canals denunciaba ya se ha producido, por lo menos en el 47 por ciento de la actual sociedad catalana que son los votantes a los partidos que de una u otra forma sostienen e impulsan el secesionismo. Cataluña se ha paganizado, sus clérigos y fieles ha apostatado, renegando de Dios y de su santa Iglesia, y han sustituido la fe verdadera por una idolatría, igual que los judíos en el desierto lo hicieron con el becerro de oro.

Pero no cerremos este artículo sin volver a recordar que el mismo proceso con las mismas consecuencias se ha producido en el resto de España, donde el becerro lo forman el relativismo y la ideología de género  –que también juegan su papel en Cataluña, desde luego–, gracias a la imprescindible colaboración de los clérigos y a los partidos liberales –PP, Ciudadanos– y marxistas socailista –PSOE– y comunista-podemita.

¿La solución? Sinceramente, y como siempre, pasa sólo por la vuelta a los orígenes de la fe, de la tradición, del Evangelio en toda su verdad, realidad y crudeza, y a la exaltación del patriotismo, virtud católica hoy abandonada como otras muchas. Claro que para ello mucho nos tememos que hace falta una… revolución –o mejor contra-revolución–, sí, como lo leen, sólo que nacional y católica, o ambas a la vez, o mejor la segunda antes, que la primera llegará por añadidura con ella, pues España, como Cataluña, que es España, o es católica o no será.

La Redacción