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  • La cruz y la espada
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 Por Javier Navascués

El P. Francisco Javier Mahía Colao, que fuera Superior General de Lumen Dei, nos habla de las virtudes y espíritu apostólico que debe tener todo sacerdote, para ello se fija en el ejemplo y el legado del sacerdote que más marcó su vida y vocación, el P. Rodrigo Molina.

¿Hubo algún sacerdote que marcó su vida?

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Conocí al P. Molina en 1987, cuando tenía 17 años y él, 66. Fue en una tanda de ejercicios de ocho días en Almonacid de Zorita, Guadalajara, España. En un antiguo convento de Concepcionistas [Fundado por Santa Isabel de Silva], las hermanas de Lumen Dei tenían su casa de formación y también una casa de Ejercicios. Ya antes había oído hablar de él a mi familia, de modo especial a D. Antonio Colao, hombre santo, que nos introdujo a todos en la obra del P. Molina: Ejercicios Espirituales, círculos bíblicos y mil ofertas para vivir una espiritualidad clásica.

¿Qué es lo que más le impresionó de él?

La santidad que emanaba por todos los poros de su ser. Un hombre que creía en el Evangelio según lo ha predicado la Iglesia en el surco de la Tradición divina, inviolable. Me impresionó el halo de autoridad que emanaba, la integridad. Un hombre que transpiraba a Dios con su palabra, su silencio, su modestia. Sencillo, humilde, pero con autoridad. Perdone la expresión, pero casi casi, contemplé a Dios en un hombre. Fascinaba estar en su presencia. El mundo de lo sobrenatural se abrió ante mí en un sacerdote.

¿Hasta qué punto fue decisivo en su vocación?

Por lo anotado anteriormente, fue determinante. A los 15 años experimenté la llamada del Señor. Pero me hice el sordo. Sabía que el Señor me llamaba, y me llamaba a una vida de entrega y radicalidad, a lo cartujo, se podría decir. Era la espiritualidad del P. Molina. No quería mirar a los ojos de Jesús que me invitaba… En el Padre Molina, en esos Ejercicios, en su palabra de fuego, en su ejemplo, encontré el espaldarazo, valga la imagen, que necesitaba. Si ser sacerdote, es ser como este hombre, quiero serlo, con la ayuda de Dios y de la Virgen María.

¿Qué cualidades tenía a nivel humano?

Un hombre de gobierno, organizado, tenaz, infatigable. Apasionado. Sus co-hermanos jesuitas lo llamaban: “la locomotora”, “el recio astur”. Indoblegable cuando se proponía algo que era para Gloria de Dios. Muy trabajador, apenas dormía cuatro o cinco horas; algunos días pasaba la noche en vela (o trabajando o ante el Santísimo). Era transparente, sincero, fidelísimo. No conocía la traición. Sabía aunar dos virtudes que por lo general coexisten en muy pocos: la sana iniciativa emprendedora y la obediencia fiel, hasta en los más mínimos detalles. Todos sus superiores así lo afirman. Humilde (virtud humana escasísima). A todos nos asombraba su prodigiosa fortaleza. Reveses, oposiciones enconadas, incomprensiones, no lo derribaban. Estuvo, literalmente, al borde del abismo en su obra, y salió adelante por su inquebrantable fe, y esa fuerza interior. Hombre amable, agradecido, generoso. En sus expresiones no era muy afectuoso, más bien en sus obras. Desprendía una sana virilidad. Pienso que se trataba de un líder nato, a lo San Ignacio de Loyola, su querido padre fundador, maestro y modelo.

¿Cuáles eran sus principales virtudes?

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Destacaría, en primer lugar, la fe teologal. En un mundo donde la apostasía está a la orden del día, su fe en Dios era firme, sólida y aunque de suyo la fe es oscura (carta a los hebreos) en el padre Molina se traducía en luz para todos los que le escuchábamos y acompañábamos. La luz de Dios, que es Jesús (yo soy la luz, la verdad…), se vehiculaba en sus palabras, exhortaciones. Es más, en esa fe, como tantos santos, se apoyó para hacer lo que hizo. Tuvo que afrontar esa sistemática destrucción de la fe tradicional (el desmadre del posconcilio, herejías, ruptura con la vida consagrada tradicional y un largo y tristísimo etcétera) y no cedió, en el sentido más puro del término, al envenenamiento de la doctrina. Para nosotros es un “profeta”, un “faro seguro” en mares procelosos. Me recuerda a santos de la talla de San Atanasio, o su fundador, San Ignacio de Loyola.

Junto a la fe teologal, la esperanza y la caridad. Él nos predicaba incesantemente de la fe complexiva (la fe que lleva a la esperanza y desemboca en la caridad). El creer, esperar y amar, bastión del católico y enseñanza que nos vino a recordar la aparición de la Virgen de Fátima. Esperar contra toda esperanza y amar a pesar de todo, pienso que resplandecía en el padre de modo heroico. A los que le maltrataron de una u otra manera, siempre los perdonó y con algunos se prodigó de modo magnífico. ¿Y qué decir de todas sus obras de caridad a favor de los desfavorecidos? Amó con amor auténtico, que no es el amor romántico, amor interesado, amor sentimental que tanto abunda y que al final desaparece como la espuma. El amor, nacido en la fe, era la corona de la virtud en el Padre Molina. Inundado en el amor de Dios lo irradiaba en servicio, entrega sacrificada, delicada, compasiva. Esa caridad se concretaba en el cuidado con juicios y comentarios hirientes siguiendo las palabras del Apóstol. Dijo de él uno de sus superiores: “para mí se pierde un hombre que trabaja duro, no murmura ni chismea… De él solo he recibido ayuda, atención y confianza…”.

Detestaba la murmuración, las comidillas destructivas. Exhortaba: “Bien claro dice el Apóstol que la murmuración (eso es lo que significa esta palabra: un comer y morder al otro) acaba con la destrucción total del organismo de los miembros que murmuran. Observen cómo el Apóstol emplea unos verbos que abarcan todo género de palabras, cuyo efecto final es la destrucción de la Comunidad: palabras acres, cargadas de animosidad, de celo amargo, irascibles, agresivas, violentas, duras, crueles, irónicas, sarcásticas; indiferentes, frías, insensibles; suspicaces, recelosas, desconfiadas, maliciosas; inoportunas, exageradas, obstinadas. Cae también dentro de este morderse y devorarse la crítica destructiva, el ser ligero en llevar rumores, el susurrar, las habladurías, el chismorreo, el zaherir, el desacreditar, el detraer, la mordacidad, el refunfuñar. El cuidado en esta materia nunca será bastante”.

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Esa fe, esperanza y caridad desembocaban en la adoración, un acto de la virtud de la religión. El Padre Molina era un adorador de Dios. Adorar a Dios era su pasión, y desde la adoración, sólo desde ella, el servicio al hermano. Dios era el primer valor en todo cuando hacía. Y todo debía llevar a adorarlo a Él, no en vano su lema, y el de su obra era, “Omnis Terra Gloria Dei” (Toda la Tierra sea Gloria de Dios, cf. Salmo 72). Postrarse ante la presencia de Dios es la mayor grandeza del hombre, su lugar de privilegio y era el lugar de preferencia del P. Molina. Esta adoración al Señor de nuestras vidas, la podíamos visualizar en su amor ígneo a la Eucaristía. Lo era todo para él. Aún queda grabada en nuestras retinas la imagen del P. Molina adorando, largas, larguísimas horas, a Jesús sacramentado. En las horas silenciosas de la noche, robándole tiempo al sueño, en una capilla oscura, donde sólo brillaba la Custodia con la Sagrada Forma, ahí podíamos ver al padre Molina como el gran orante.

Háblenos de su entrega y sus deseos de santidad… El padre no conocía la medianía. Su coherencia con la fe le llevó a darlo todo, sin reservas. Muchas veces comentaba, con tristeza, lo que aconteció al matrimonio de Ananías y Safira (cf. Hch 5, 1-11) que por haber sido cicateros en su entrega encontraron un final desastroso. Cuando “hablaba” del joven rico, cuando evocaba la llamada de los primeros discípulos en Galilea, en el lago, se le iluminaban los ojos. Ese irresistible imán del reclamo de Jesús, lo cautivó también a él. No podía descansar sabiendo que el Señor lo invitaba a la salvación de las almas.

El “Sitio” del crucificado (cf. Jn19, 23) le interpeló de un modo que se lanzó al seguimiento de Jesús (séquela Iesu) sin posible retorno. Curiosamente le han acusado de absolutizar esa entrega, ese llamado al despojo, pero si uno se adentraba en las profundidades de su alma, escuchaba la resonancia de la voz del Señor, como a San Mateo, a San Francisco de Asís, a San Francisco Javier, a San Francisco de Borja, a tantos santos. “Ven y sígueme” no es una voz que se preste a interpretaciones. ¿Qué es ser santo? Ser santo es dar y darse, nos decía. Como la luz de una lámpara, ilumina, irradia tanto cuanto es, no menos. Y esa llamada, no es una conquista pelagiana, autosuficiente, es secundar una oferta de la Gracia de Dios. Siempre lo enseñó así. El mismo Dios que pone esos deseos abrasadores en el corazón (Sta. Teresita: “Dios no puede inspirar deseos irrealizables, por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la santidad”).

Aspectos más importantes de su espiritualidad… Destacaría su literalidad en la vivencia del Evangelio, sin glosa, como decía S. Francisco de Asís. En primer lugar la Santísima Trinidad, el Dios Trino Absoluto, nuestro Creador que después nos redime. Nos dejó como núcleo la adoración de ese Dios Trinitario. Incluso hablaba de virtualidades prosópicas, es decir aquellos aspectos que conocemos de la Trinidad por analogía y que podemos imitar: la autoridad-firmeza en el Padre (contra esa blandura que hoy se estila, a veces bajo capa de diálogo), sabiduría-obediencia en el Hijo (contra la heterodoxia campante de nuestros días) y el amor-comunicación de Espíritu Santo (que vence todo egoísmo separatista).

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La adoración nace en la Fe complexiva, a Dios lo conozco en la fe, espero en Él con la esperanza teologal y culmino amándolo con caridad divina. Adoración, fe complexiva que nos conducirá a renunciar a todo (el despojo) por Él, tal como lo relata Jesús en San Lucas 14. Ese despojo tiene un modelo, Jesús. Imitarlo a Él, “Dios a mi alcance”, será el horizonte de su vida. Identificarme con él en la humildad, pobreza, castidad, obediencia, mortificación. Clavaba su mirada en Jesús, en su Sagrado Corazón. Como buen hijo de San Ignacio, palpitaba por el Corazón de Jesús, su fiesta, los primeros viernes. Esta devoción y su dimensión reparadora y de consagración, era sustancial en su espiritualidad. De ahí a contemplarlo en los pobres, asistirles con una asistencia integral, primero el alma, luego el cuerpo, será corolario lógico. Desde Dios un amor a todos los hombres, pero en la verdad, que es el amor auténtico.

Vida de oración, devoción eucarística y mariana El padre Molina, desde sus años de novicio y estudiante jesuita, era un contemplativo. Nos contaba que, con permiso de sus superiores, él dedicaba más tiempo a la oración que el resto de sus compañeros. Anhelaba los encuentros personales, a solas con Dios. Llamaba a la oración “trato en amor con Dios”, siguiendo la famosa definición de santa Teresa. “Pasarse amando a Dios”, era otra frase que describía para él lo que era orar. Su oasis, su cielo en este mundo era la oración. Ahí tomaba fuerza para luchar las batallas en las que Dios lo había colocado. Dedicaba, personalmente, unas 7 horas o más a la oración cada día. ¡Cómo expresar su amor a la Eucaristía! La Eucaristía era para él la Presencia máxima de Dios entre nosotros.

Su oración siempre se daba en presencia de Jesús eucarístico. Ansiaba que en todas nuestras casas hubiese adoración perpetua. Fomentó con todas sus fuerzas la adoración nocturna, el culto exquisito, delicado, finísimo a Jesús en la Eucaristía. Todo lo deseaba con la mayor pulcritud: vasos y ornamentos litúrgicos, las mismas ceremonias. Flores frescas para el Señor hecho pan de amor y encerrado por nosotros en las especies sacramentales.

Ah, María santísima, su gran amor. Todo lo que pensaba y sentía sobre María lo concentró en la advocación de Nuestra Señora del Encuentro con Dios. Ella era el corazón de su corazón. La que infaliblemente, maternalmente, como Mediadora de todas las gracias, lo llevaba al encuentro con Dios. Siguiendo los pasos de San Luis María Grignion de Montfort y San Maximiliano Kolbe, deseaba que María fuese amada, imitada, venerada en todo el mundo, en todas las almas. En ese sentido propició la aparición de varios Santuarios Marianos, centros de espiritualidad marianos, ciudades de Santa María (CISAMA), en todos los lugares donde actuaba su obra.

El santo Rosario era su oración de cabecera, solía rezar las tres partes de la misma. Así mismo el Ángelus, el mes de María, y tantas otras devociones marianas arraigadas en el corazón católico formaban parte esencial de su vida espiritual. Deseaba ver definido el dogma de María Mediadora de todas las gracias. Sostenía que hacer labor de zapa con la Virgen María era defenestrar a Jesús. Proclamaba con San Bernardo el “De Maria nunquam satis” (después del Vaticano II en muchos ambientes se pasó al “De Maria nunquam”). Y por último reseñar que la Virgen de Fátima era para él, en sus propias palabras, “la Niña de mis ojos”. Su mensaje, su imagen, todo el entorno fatimista había cautivado su corazón sacerdotal. Consagrarse a la Santísima Virgen era, según él, vital en nuestra existencia. Fue D. Antonio Colao quien le insertó en la esfera íntima de este mensaje.

Importancia de la formación

El padre Molina, como jesuita, había recibido una excelente, pormenorizada y prolongada formación. Entró a la Compañía de Jesús a los 18 años y se ordenó casi 18 años después. Una formación integral de la persona era el horizonte que proponía a todo candidato o candidata que quisieran pertenecer a su obra. Formación sólida, en las virtudes morales y teologales. Con el alma puesta en Dios. Él lo afirmaba con rotundidez, quien sigue a Dios, a su Verbo encarnado en su Hijo, debe asimilar el Evangelio como el mejor tratado de psicología (sociología e incluso economía). Ante las derivas doctrinales de los años que siguieron al Concilio Vaticano II (por los que se erigieron en intérpretes autorizados, aunque no lo eran) buscó para sus hijos una referencia roqueña, como lo era la Tradición y los autores no sospechosos.

Ascética y Mística….

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Cabe señalar que el padre Molina era un asceta consumado. Austero, desprendido, mortificado. No como si se tratase de un certamen pugilístico, no, nada de eso. Era una vocación de Dios, como fue la de la Madre Teresa de Calcuta, la de San Francisco de Asís, la de Santa Teresa o San Juan de la Cruz. Su vida, pienso, es un aldabonazo a la conciencia de un mundo sumergido en la molicie, en el consumismo, en los placeres más refinados y a la vez más soeces y viles. Su austeridad era evangélica, nacía del Evangelio que, podríamos decir, constituía su hoja de ruta, su brújula espiritual, por ejemplo, los capítulos 5 y 6 de San Mateo. El Padre Molina no era un místico si así entendemos al que experimenta fenómenos sobrenaturales extraordinarios. Su camino fue el de San Juan Berchmans, el de lo ordinario, o hacer de lo ordinario algo extraordinario para Dios. Sin embargo, valoraba mucho a los grandes místicos del siglo de oro español, San Juan de la Cruz y Santa Teresa. Santa Margarita y sus revelaciones sobre el Sagrado Corazón eran muy estimadas por el padre. Incluso libros como la “Evolución mística” del P. Arintero, suponían una obligada lectura para todos nosotros.

Amor a los pobres por amor a Cristo. Excelente formulación para definir lo que es el amor a los pobres: los amaba en Jesús, por Jesús, con el Corazón de Jesús. En ellos contemplaba al mismo Cristo viviente. Tal como lo hicieron los santos. Pero nada que ver con la Teología política, teología de la liberación o teología del pueblo. El mismo Dios es quien dignifica a los pobres, haciéndose pobre. Padeciendo la pobreza con amor, y no con rebeldía, no con espíritu marxista. Su pobreza y su amor a los pobres manaban de lo alto, de lo sobrenatural. Dios pobre y en los pobres. Pero por ello no despreciaba a los ricos, al contrario, afirmaba que la riqueza, bien empleada, como vehículo de “hacer el bien”, era don divino. Tener más para dar más.

Él hizo práctica el principio de todo cuanto entrase en las arcas de su obra no debía permanecer, sino salir para remediar la pobreza de nuestros hermanos. Cabe resaltar que empleó todo su esfuerzo y bienes que le confió la Divina Providencia para solventar las necesidades de los “machacados” (era el nombre envuelto en cariño con el que denominaba a los pobres). Por ejemplo vibraban con fuerza las palabras de San Vicente de Paúl sobre los pobres: “¡Ah! tendríamos que vendernos a nosotros mismos para sacar a nuestros hermanos de la miseria”. Y también: “Los pobres, que no saben a dónde ir, ni qué hacer, que sufren y se multiplican todos los días, constituyen mi peso y mi dolor”. Porque el amor es el peso, lo que impulsa la persona hacia el amado, como explica San Agustín: “Mi amor es mi peso. Por él soy conducido dondequiera que voy”. 

Amor a Cristo y sed de almas.

El “sitio” de Jesús era para él un revulsivo atómico. Esto espoleó al padre para lanzarse a la aventura imposible de llevar la Palabra de Dios a lugares para él desconocidos. Ardía en su interior el fuego de la evangelización por amor a Jesús.

Aceptación de la enfermedad y muerte santa.

Muchos se convencían de la autenticidad y coherencia del P. Molina porque vivía lo que predicaba. Con la cruz de su última enfermedad se verificó también ese “hacer vida lo que predicaba”. Conformidad sin fisuras con la Voluntad de Dios, podríamos titular el último capítulo de su vida. Desde que le diagnosticaron el cáncer orientó su vida al encuentro definitivo y próximo con el Señor. Recibió con amor la enfermedad como un regalo de Dios. Paciencia heroica para un hombre superactivo que debía experimentar cómo su fortaleza física se desmoronaba, a cambio su robustez espiritual llegaba a cotas admirables.

¿Cuál fue su principal legado?

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Una espiritualidad clásica, pienso humildemente, en unos tiempos donde se ha arramblado con ella. El hilo conductor de XX siglos de santidad, según el principio teológico de San Vicente de Lerins en su Conmonitorio fue su bitácora, lo que siempre, por todos, en todas partes se ha creído, vivido, defendido incluso hasta la muerte. Considero que ese fue su legado, hasta tal punto que, juzgado por algunos como un fósil preconciliar, hoy lo vemos como un profeta, una luz que, asido e instalado en la Tradición, nos define la delgada línea que separa lo que está bien de lo que está mal. 

¿Quiere añadir algo?

Agradecerle esta oportunidad de hablar del P. Molina. Conocemos su admiración por este sacerdote y su deseo de hacerlo conocer. Los hijos del padre Molina se lo agradecemos a Ud. y a Adelante la fe. Y como punto final una coincidencia que siempre me llamó la atención: todos los que conocieron al P. Molina, incluso aquellos que discrepaban de su espiritualidad, lo estimaban como un hombre santo. Es curioso que sus superiores, a veces no muy de acuerdo con su línea, no dudaban en admitir que era un hombre santo, obediente, humilde, sacrificado… 

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