Un retoño en tierra de reconquista

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  • La cruz y la espada
El siglo XX comienza con pausa su segunda década. Octubre nos obsequia con un día esplendoroso entre el sofocante estío y el rigor invernal. El campo asturiano, ataviado con sus mejores galas, exhibe un delicioso encanto bucólico. Los matices otoñales circundan la campiña en una atmósfera de ensueño. Se respira una calma imperturbable en este paradisíaco rincón del Norte de España, cuna de la reconquista. En la entrañable villa de Pravia la vida transcurre de manera apacible.

De repente se oye en la lejanía un alegre bullicio. El sonido proviene de calle del Rey. Hay cierta expectación. ¿Qué sucederá que ha perturbado la monotonía de la villa? Es la familia Molina que espera su cuarto hijo. Un niño asoma a la vida. Su estridente llanto se funde entre el júbilo. La feliz madre cierra los párpados y abraza al pequeño. A este infante le reservan el nombre del cabeza de familia, Rodrigo, que evoca las gestas de su homónimo, el Cid Campeador. Emulará sus hazañas, pero bajo el estandarte de la cruz. Con una semana de vida es sumergido en las aguas bautismales. Parece un fragante lirio entre encajes blancos. La imagen de la Virgen sonríe complacida desde su hornacina.

El florecer de la virtud

Con dos años esquivó un garfio mortal. La guadaña merodeó la casa de los Molina al compás de una tétrica sinfonía. El féretro y la diminuta mortaja estaban dispuestos, pero Dios no lo quiso llevar todavía. Tras el apurado trance creció sano y salvo.

Sus padres influyeron positivamente en la formación de su carácter. Doña Rita, mujer profundamente religiosa y un modelo de virtudes, le guió en sus primeros balbuceos de piedad. Su padre, Don Rodrigo, buen cristiano y hombre de una sola pieza, dejó tras de sí una estela de rectitud y honradez. El niño, bajo este ejemplar cobijo, derrochó pronto gran generosidad con sus hermanos. En tiempos de escasez, su madre les ofrecía como desayuno un poco de pan con aceite. Rodrigo llegó al heroísmo de dar una mitad de su minúscula ración a Luis y otra a José y él se quedaba sin nada. Los pequeños sonreían, mientras su madre le reñía con firmeza: -No hagas eso te puedes morir.

También destacó pronto por su incipiente piedad. Su madre tenía que retirarlo de la Iglesia casi a la fuerza: -Vamos Rodrigo, que es muy tarde y van a cerrar. Despídete de Jesús y dile que volverás mañana. Sus padres lo enviaron al colegio de los jesuitas en Oviedo, con el fin de forjar más su carácter. Rodrigo fue un estudiante ejemplar y de conducta intachable. Su hermano Gaspar resume con cándida simplicidad sus cualidades: -No recuerdo que tuviese una especial afición por ninguna materia porque era bueno en todo. En el cuarto curso fue al colegio de Curia en Portugal. Allí en una residencia de cuento de hadas pudo deleitarse con todo tipo de esparcimientos, recrearse en sus jardines versallescos e incluso ir en lancha por el lago.

“Ven a mi viña”

En nuestro intachable joven la gracia actúa con caricias inefables, impregna su alma y cala suavemente como lluvia primaveral. Su corazón es tierra virgen y fértil, apta para ser drenada por el bálsamo divino. Como los pastorcillos de Fátima, empezó a afligir su casto cuerpo y a ofrecerlo como diminuto templete expiatorio. Lo hace para agradar a Dios y a la Virgen, a la que obsequia con la fragante corona del rosario familiar. A medida que creció intensificó su idilio con Jesús al sentirse como hipnotizado ante su regia presencia. Su irresistible atracción por el Amado colma sus más puros anhelos. Aquellos jueves eucarísticos de Pravia le inundan de paz y dicha imponderables. Son instantes que le transportan a la gloria.

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El entorno en el que crece Rodrigo es el vivero adecuado para otear los más nobles ideales. Desde los montes de Pravia parecer contemplar toda la creación, se extasía y se deleita al pensar en su Creador. Atisba en la lejanía el portentoso mar turquesa y se abisma en Dios, océano sin riberas. Siente el susurro del Señor que le manda bogar mar adentro para hacerse pescador de hombres. El eco de la llamada es una resonancia íntima y extra sensorial que percibe en lo más recóndito de su ser. Irrumpe en su alma un ardiente deseo de consagrar su vida a este fin. Aunque es muy joven, madura su decisión bajo la penumbra del Sagrario.

Cuando tiene 14 años ya no puede ocultar el secreto de su amor y comunica a sus padres la firme decisión de ingresar en la Compañía de Jesús. La milicia que otrora fundara San Ignacio siempre suscita candorosas almas que se inmolan al Señor en la flor de la vida. Su progenitor sopesó los condicionantes y juzgó conveniente no dejarle por ahora ingresar en las huestes jesuitas debido a la inestabilidad política de España. Soplaban vientos de guerra en un sombrío horizonte. Si ingresaba como religioso en esas circunstancias corría el riesgo de que el futuro se cerrase a cal y canto. El joven Rodrigo, al no ver una solución cercana, inclinó la cabeza con docilidad y mansedumbre como un tierno cordero. Veía en la resolución de su padre terreno la voluntad divina. El cielo podría esperar.

El declinar de D. Rodrigo

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Don Rodrigo vela por el futuro académico de sus hijos por lo que juzga oportuno el traslado familiar a Madrid, aunque para ello deba renunciar a la prosperidad de Pravia. Loable sacrifico cuál pelícano que sustenta a sus crías con su propia sangre. El amor se entrega así.

En el tórrido verano de 36 estalla la Guerra Civil Española. La espada de Damocles de los bombardeos y el punzante escozor del hambre no acobardan al joven Rodrigo, antes bien, ese verano intensifica sus estudios y a la sazón se desvive en ayudar a los más pequeños. Su hermano José recuerda ésta época con nostalgia: –Rodrigo era muy exigente, nos hacía estudiar una barbaridad, pero con él aprendíamos mucho. Estudiábamos toda la semana excepto el domingo por la mañana. Nos hacía estudiar y estudiar… Cuando fuimos al colegio a mi me llamaban el Espasa y a Luis el sabio…nos lo sabíamos todo.

Madrid era zona comunista por lo permanecer allí era flirtear con la muerte. Rodrigo con 2 años tuvo un pie en la tumba y ahora con 15 el otro. Unos hombres armados irrumpieron en su casa a buscar a su padre. Como este no estaba quisieron llevárselo a él para fusilarlo. Pero entonces emergió la gallarda figura de la criada que, con amor de madre, hizo frente a los milicianos. Se colocó delante del muchacho y les hizo una súplica compasiva: -¿Pero no ven que es un niño? Dios se valió de esta buena mujer para evitar que fuese la diana de las balas enemigas. El cielo apretó, pero no ahogó porque le aguardaba una gran misión.

El hambre fue para Rodrigo un sabio maestro que le impartió un curso intensivo. Le hizo olvidar las pequeñas repugnancias a ciertos alimentos en tiempos de abundancia, porque llegó a suspirar por el pan duro y las amargas bellotas. Experimentó las penurias del hijo pródigo. Arriesgó la vida muchas veces por conseguir alimentos para su familia. Iba con la bicicleta a los cuarteles y a los pueblos cercanos en busca de víveres. Pasó un sin fin de aventuras y peripecias para burlar el control de los milicianos. En plena guerra atravesaba las filas enemigas como si estuviese en el pasillo de su casa. El ángel de la guarda, tuvo trabajo extra. Sin embargo para su padre, Don Rodrigo, comenzó la cuenta atrás. Como era una persona muy sensible al mal no soportó las barbaries bélicas y cayó enfermo para apagarse en poco tiempo. Antes recibió los Santos Sacramentos y su muerte fue ejemplar como su vida, llena de valor y serenidad. Con este luctuoso telón se cierra una doliente etapa de su vida.

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Ad mayorem gloria dei

Termina la Guerra del 36 que cede el paso a un áspero período de post-guerra. Las secuelas tardan en cicatrizar. El horizonte ostenta los campos baldíos. España, cuál Ave Fénix, resurge de los escombros, pero perdura latente el recuerdo del horror y las desoladoras imágenes siguen impresas en la memoria. Aun parece respirarse en las calles el aroma a sangre y pólvora, el efluvio de la muerte.

El semblante aniñado de Rodrigo muda su encanto pueril y se adueña de rasgos adultos. Es un rostro grave, sereno, curtido en el dolor, que irradia una profunda alegría interior. Atesora brillante inteligencia y atractivo porte. Sus facciones son viriles, su mirada irradia pureza. Este amante del silencio escribió en su diario: -Siento deseos de irme a la soledad, lejos de todo bullicio, a cantar con Fray Luis de León:

“! Qué descansada la vida que huye del mundanal ruido!”.

En 1939, ya con 18 años, no quiere dilatar ya su ingreso en la Compañía de Jesús y el 13 de septiembre nace a la vida religiosa en la misma cuna de San Ignacio, en Loyola. Ahora también llora, pero de incontenible alegría. En el noviciado sigue una sabia distribución colmada de sabiduría ascético-mística que ha santificado a legiones de jesuitas. Finalizado este período emitió sus primeros votos y empezó los estudios clásicos y humanísticos. Después estudió Filosofía en Chamartín y más tarde Teología en Granada. En ambas obtuvo la excelente calificación de cum laude probatus. Debido a su humildad, no se sentía digno de la ordenación por lo que la difirió. Como muchos santos, fue purificado en el crisol de la paciencia y de la incomprensión. Superado este período de prueba, recibió las Sagradas Órdenes en la Iglesia de S. Francisco de Borja. Al día siguiente celebró su primera Misa en la zona más pobre de Madrid, el Pozo de Tío Raimundo. Estaba feliz al lado de los humildes, de los pobres. Este amor sobrenatural por los débiles, los que sufren, los que no cuentan, iba a ser la constante de su vida.

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La conquista de las américas

Rodrigo comienza una nueva vida como sacerdote de Jesucristo. Cierra la puerta del pasado. Sepulta en el baúl de la memoria las vivencias de niño, los sueños de adolescente y los entrañables años de seminario. Se ha convertido en el Reverendo Padre Molina.

Dios le llama a misionar las americas, allende los mares, para enjugar el rostro del pueblo cuzqueño. Suenan los timbales de la obediencia. Le nombran secretario personal de Monseñor Durand, arzobispo de Cuzco y sobrevuela el anchuroso atlántico rumbo a Perú.

Ya pisa suelo indio, la virginal tierra quechua luce grandiosa y le cautiva, sus pupilas quedan atónitas ante el fascinante emporio pétreo de los incas, soberbios vestigios ancestrales de supersticiones milenarias.

La calma es absoluta, sepulcral, todo calla, nada perturba, la tierra enmudece, la montaña duerme. Es un mundo pleno de luz y colorido. El astro áureo irradia haces intensos. La bóveda celeste está límpida, exultante de azul refulgente, los montes tapizados de radiante verdor rememoran el paisaje asturiano. La armonía de este paraíso autóctono es majestuosa, atesora una belleza sin parangón. Las delicias paisajísticas sumergen al visitante en un mundo de fantasía. ¡Pero qué duro es el despertar!

Se encuentra de bruces con una cruda realidad, con una escena apocalíptica, digna de Dante. Comienza abatido la ruta de la amargura, percibe un panorama desolador, espeluznante, que supera el umbral imaginable. Desfilan ante sus ojos personas misérrimas, harapientos de mirada angustiada. Niños vagabundos en los estercoleros, madres enfermizas, hombres alcoholizados y ancianos desesperados. Algunos padecen enfermedades repugnantes, cuerpos convertidos en pasto de gusanos. Las chabolas son precarias, las ollas pútridas, las calles insalubres atestadas de perros sarnosos y nauseabanudos olores… miseria hasta la saciedad…los niños ya no saben jugar, desconocen lo que es un caramelo… han olvidado sonreir… no lloran porque han agotado sus lágrimas.

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Nace Lumen Dei

Esta realidad estigmatizó al Padre Molina en lo más profundo de su ser hasta desear crucificarse con ellos. Comprueba que para predicar el Evangelio hay que hacerlo creíble. Al igual que Jesús quiere disponer el corazón de los campesinos a través de obras de amor-servicio. Descubre en estos pobres oprimidos las niñas de los ojos de Dios. Años más tarde dirá: -¡Busca al pobre  y lo encontrarás. Feliz de aquel que sólo tiene una preocupación el pobre! La penuria del campesino es una llaga que desangra al Padre Molina. El Señor le llama a fundar una asociación porque percibe que al aunar esfuerzos el bien fluirá con mayor eficacia. Además tiene como aval el apoyo incondicional de su obispo Monseñor Durand. Dios le inspira el ideal de Prodesa: -Realizar el programa de Jesús en el mundo del trabajo. Para ello es necesario un equipo de personas que consagren su vida a este ideal y se vinculen con un compromiso moral que robustezca esta unión.

En 1967 predica en las iglesias del Cuzco para reclutar sus primeros discípulos. Todavía se recuerda el eco de esos sermones: –Eran unas predicaciones vibrantes, llenas de fuerza, que movían al compromiso. Habló de erigir escuelas, talleres, hospitales…pero no se detenía en la simple beneficencia, buscaba incentivar el progreso de la zona. Pretendía crear plataformas aptas para hacer el bien y promover el desarrollo integral de la persona. A unos les pareció utópico, pero otros creyeron en él. Germina así el primer grupo de discípulos…pero el volumen de la obra que el Padre proyecta requiere medios y personas que no encuentra en Cuzco. Con el permiso del Señor Obispo viaja a España en busca de recursos de envergadura. Expone el Evangelio sin concesión a la galería, porque el hambriento no puede esperar. Pedía ayudas sin reparos, pensaba que el dar era lo más natural porque creía en la inocencia y en el bien.

En febrero de 1971 nace Lumen Dei (Luz de Dios) como una asociación de derecho eclesiástico que anima e impulsa a Prodein. A partir de este momento el Padre Molina formará sacerdotes a su imagen y semejanza, con su mismo espíritu.

Y la obra se extiende…

Durante la década de los setenta Lumen Dei asienta firmes raíces en España y Perú. En el año 1975 es aprobada canónicamente en la diócesis de Valencia. El año clave, en la expansión a nivel mundial, será 1980, donde la obra se esparce en progresión geométrica. Se extiende por los principales países de América (Argentina, Chile, Colombia, Estados Unidos, México, Puerto Rico, República Dominicana y Venezuela). En todas estas naciones fundará nuevas sedes, capillas, centros de espiritualidad, parroquias, colegios, guarderías, talleres, comedores, centros de salud, estudios de radio y televisión, imprentas, librerías y un largo etc…Y esto para un único fin: Contribuir a que toda la tierra quede colmada de la gloria de Dios. Todas estas obras materiales son plataformas aptas para llevar al hombre a Dios. El Padre Molina tenía un gran entusiasmo por los medios de comunicación, era consciente del poder que tenían para influir en la forma de pensar, por lo que podían ser un medio idóneo para hacer el bien. Los consideraba el púlpito de los tiempos modernos, por lo que hizo grandes esfuerzos por fomentarlos. Estaba convencido de la fuerza de convicción que tiene el  Evangelio vivido, transmitido de forma bella y con garra. Lumen Dei siguió su extensión hasta nuestros días. En la actualidad, cuenta con la aprobación eclesiástica en sesenta diócesis del mundo. Regenta ciento sesenta y ocho casas distribuidas en los países mencionados. En los últimos años también ha logrado llegar a Brasil e Irlanda. Están comprometidas más de mil quinientas personas, entre laicos, sacerdotes, hermanas y colaboradores.

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Hijo predilecto de la Virgen

No se puede hablar del P. Molina sin mencionar a María. Durante toda su vida le obsequió con las más tiernas delicadezas dignas del más fiel hijo. Para él era inconcebible un presbiterio sin su imagen, un día sin el Santo Rosario, un primer sábado sin celebración, un mes de Mayo sin dedicación…A través de Ella, recibía las caricias de Dios por lo que llegó a afirmar: -Dios ha creado a María para amarnos con corazón de Madre. El Padre dejó escritas multitud de predicaciones sobre la Virgen, que conservan sus hijos como un tesoro. En ellas les exhorta a la imitación de la vida de la Virgen a través de la obediencia, la pureza y la virginidad espiritual. Dio este sabio consejo a sus hijos: -¡No dejen nunca el Santo Rosario, la devoción a Nuestra Señora, por más ocupaciones que tengan!

También alentó a sus hijos a profundizar en el privilegio de María como mediadora maternal de todas las gracias. Quiso que Lumen Dei contribuyera a que esta verdad fuera definida por el Santo Padre. Esta idea se  concretó en la Cruzada Mariana, iniciativa que nació en Chile. Es un sencillo apostolado en el que las personas se comprometen a rezar todos los días el Santo Rosario, o al menos tres Avemarías, por esta intención. Actualmente ya hay más de quinientas mil personas que rezan unidas con este fin, entre ellas la vidente de Fátima, Sor Lucía y multitud de Obispos. La Virgen ha bendecido esta iniciativa. Se han producido numerosas conversiones e incluso alguna sanación física.

La purificación final.

En 1996 al P. Molina le detectaron un cáncer en la próstata que cinco años después se extendió por todo su organismo. Cuando se enteró del avance inexorable de la enfermedad reaccionó con entereza, miró con naturalidad a la muerte y suspiró por el cielo. Aceptó su final con mucha paz: –Tengo que estar contento y dar gracias a Dios porque me ha concebido 80 años de vida, que ya es mucho. Ha llegado mi hora, el momento para el que Dios me creó: el de la muerte. Nuestro gran momento es el morir. Todo consiste en aceptarlo. Pido a Dios que me dé un cuerpo que imite a Jesús crucificado. Recalcaba a sus hijos la idea de que nuestra vida verdadera no es de aquí abajo, porque estamos de paso, sino el cielo. En los últimos meses padeció atroces sufrimientos y dolores agudos que soportó con valentía por amor a la cruz. Fue un constante sufrir con Jesús en el Gólgota. Plenamente consciente recibió los Santos Sacramentos. Era la una de la madrugada. Se disponía a morir arropado con el más sincero afecto de sus hijos espirituales. Estos estaban, de rodillas, alrededor de la cama leyendo el capítulo 14 de San Juan, el de la despedida, cuando Jesús dice que va al Padre a prepararles una morada…De repente el Doctor dijo: -Está cerca el final. Y después anunció con gravedad su muerte. Momentos de gran emoción, de intensa profundidad espiritual, de desgarro tremendo, pero de gran serenidad.

Ven bendito de mi Padre…

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  • La cruz y la espada
Durante la madrugada y todo el domingo cientos de personas pasaron por la capilla ardiente a despedirse del Padre Molina. Muchos aprovecharon para besar sus manos, su crucifijo o para tocarlo con multitud de objetos piadosos. El lunes por la mañana fue traslado a la querida finca de Capellanías en Extremadura, ese desierto de soledades místicas que tanto le atraía. Se celebró un solemne funeral. No faltó el Hallelujah de Haendel, para significar su entrada en la gloria.

En la misma ahora de su fallecimiento, una niña de 7 años tuvo un sueño muy especial que le impactó:

Mamá acabo de soñar que cuatro ángeles bajaban y se llevaban al Padre Molina al cielo.

El Padre Molina descansa en paz en el cielo donde recibe el galardón de Aquél que dice:

-Ven bendito de mi Padre, toma posesión del reino preparado para ti desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre y me diste de comer y de beber, cada día, en esos miles de niños que desfallecen…

Porque era forastero y me acogiste en tus centros sanitarios, en los colegios e internados…Porque estuve desnudo en los fríos Andes y me llevaste toneladas de ropa con qué abrigarme…

Porque estaba preso por el vicio y el pecado en tantos desorientados y extraviados, en tantos que se sentían vacíos o que me buscaban, pero que no me encontraban, y con mi Palabra, les entregaste mi Luz que alumbró sus almas…Sí, Rodrigo, entra conmigo al Paraíso, porque amaste…Porque amaste sobre todas las cosas a mi y después a mis hermanos…Ven, bendito de mi Padre entra conmigo al Paraíso…porque todo lo que has hecho con mis hermanos para Mí lo has hecho.

Por Javier Navascués para Adelante la Fe