• La cruz y la espada
Se sabía. No podía ser de otra forma. Estaba planeado. Se mascaba en el ambiente. En realidad tampoco es que lo escondieran mucho. Lo de la huelga feminista fue un ensayo de huelga revolucionaria. Bastaba leer el folleto de convocatoria. Bastaba ver cómo prácticamente todos los medios, los afines y los tibios, echaban leña al fuego. Y al final las autoridades prendieron la cerilla y la echaron a la hoguera que ardió como la de los aquelarres; que es lo que ha sido, un aquelarre de brujas.

  • La cruz y la espada
Porque si las autoridades hubieran, primero, autorizado sólo la típica manifestación vespertina, y, segundo, vigilado sólo un poco para que se respetaran los derechos de todos, no se hubiera podido llevar a cabo este ensayo revolucionario. Pero es que las autoridades de todos los partidos, eh, que conste, estaban también en el ajo por unos y otros motivos. Sólo con su amparo ha sido posible el ensayo.

Con el nuevo frente popular en las instituciones –especialmente en los ayuntamientos– y los cobardes y traidores peperos de siempre en franco entreguismo, estaba claro que de lo que se trataba y se llevó a cabo fue de dislocar las ciudades, amedrentar a las gentes de orden, sentar cátedra de poder, engrasar los engranajes para próximas demostraciones de fuerza, crear tensión, buscar enfrentamientos y tomar las calles. En definitiva, un eslabón más de una cadena bien trenzada.

  • La cruz y la espada
Durante todo el día pequeños y medianos grupos, siempre amparados y autorizados por las autoridades, se dispersaron por aquí y por acullá cortando las principales vías de circulación, incordiando lo más posible, colocando silicona en las puertas de comercios y de iglesias, realizando pintadas obscenas y amenazantes en las paredes de las parroquias y colegios, intentado profanar capillas –que ha habido que defender bien que no a iniciativa ni de los obispos ni de los curas–, interrumpiendo clases de niños y jóvenes, actuando encapuchados, insultando, gritando, escupiendo; luego la manifestación en la que no faltaron las mahometanas con pañelo y todo y el grito de siempre “Hay que quemar la conferencia episcopal”. En fin, para qué seguir, salvo decir que lo religioso ha sido objeto predilecto de la furia satánica de las brujas como manda un buen aquelarre, que es lo que ha sido.

Lo peor, con todo, pues estaba claro lo que era y lo que iba a ocurrir, ha sido la actitud de los obispos, de la jerarquía eclesiástica que sufrimos y de la mayoría del clero, que han tomado partido a favor de esa huelga revolucionaria que a nadie engañaba; a ellos tampoco, que conste; lo que han hecho ha sido, por ello, con plena conciencia e intención; no se les puede conceder el beneficio de la duda. Unos explícitamente como Osoro y Hernández, los demás con su silencio cómplice repugnante, Reig haciendo que hace pero de soslayo y de perfil; los curas mirando al tendido con aquello de “pío, pío, yo no he sido”. Todos se han sumado al aquelarre, se han unido a las brujas, se han empapado de azufre, han bailado al rededor de la hoguera, se han postrado ante el macho cabrío.

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La huelga ha sido una exhibición de la anti-España de siempre que bulle hoy de nuevo en alza, del lumpen de nuestra sociedad, de la bestia española que como tantas otras veces se sienta en el odio a Dios, y por Él a España. Hemos contemplado lo que en otras épocas, no muy lejanas, contemplaron nuestros antecesores: aquellos que vieron en el siglo XIX asesinar sacerdotes y despojar a la Iglesia de su patrimonio por la furia masónica-liberal; los que vieron expulsar de nuestra patria a las órdenes religiosas por la inquina masónica liberal-revolucionaria; los que vieron arder y profanar las iglesias, los que las vieron convertidas en garajes y tiendas, y los que vieron asesinar, tras terribles torturas, a clérigos, religiosos y laicos en las checas y las cuentas por el odio marxista contra la fe.

¿Hasta cuándo estos obispos y clero en general van a seguir ciegos, sordos, mudos, cobardes, tibios, huidizos y colaboradores activos y voluntariosos de los enemigos de Dios, en el cual dicen creer, pero en el que no creen, al cual dicen predicar, pero que no predican? ¿Qué más pruebas necesitan todavía? ¿No han tenido suficientes con las miles de los últimos cincuenta años? ¿Aún no entonan el mea culpa por haber sido ellos, sí ellos, de los más implicados y responsables en haber traído esta bazofia? ¿Hasta cuándo van a seguir danzando al rededor de la hoguera, atufando a azufre y dando gritos?

  • La cruz y la espada
Tomen nota los católicos. Muchos también de nuestros antecesores de aquellas otras épocas dijeron “eso no puede pasar aquí”, “son cosas del pasado”, “ahora es distinto”, “aquí es imposible”. Tomen nota y despierten porque esto casi ni acaba de empezar. Como en 1808, cuando las élites civiles, militares y eclesiásticas se habían vendido ignominiosamente a los franceses, y carentes de jefes tuvieron que ser un capitán, un teniente, un vendedor ambulante, un comerciante, un tendero, un barbero y un cura pueblerino los que dieron el primer grito que despertó al pueblo, ahora las élites civiles, militares y eclesiásticas se han vendido a alguien mucho peor, y por ello, como entonces, más aún si cabe porque ese enemigo es infinitamente superior al gabacho, han de ser las ovejas, nolo borregos, los que tienen que levantar la primera voz y aprestarse al combate sin esperar nada de sus jefes, sino incluso todo lo contrario.

¡Dimisión de TODOS los obispos en pleno ya!

La Redacción