No hay faceta de nuestra existencia que desaproveche el sistema para procurar nuestra demolición espiritual y moral y, con ellas, nuestra derrota, sometimiento, esclavitud y destrucción. Su osadía es brutal. Nada le frena. No hay resquicio por el que no intente colarnos un torpedo a ser posible en la línea de flotación. Uno de los más peligrosos, por su insidia, es la de que poseemos “autonomía moral”. Otra gran mentira más, pero especialmente dañina, peligrosa y eficaz.

Por autonomía moral, concepto desarrollado durante la Ilustración y por Kant, cómo no, siempre igual, se entiende “la capacidad del ser humano para decidir por sí mismo lo que está bien y lo que está mal, sin depender de terceros comenzando por el mismo Dios y siguiendo por los padres, maestros, amigos, autoridades, etc.”.

  • La cruz y la espada
Pues bien. NO es así, el ser humano NO tiene autonomía moral; NO, NO y NO.

Remontémonos a nuestros primeros padres. Dios creó a Adán y Eva y los situó en el Eden, en el paraíso terrenal, para que fueran eternamente felices y para que, con tal fin, dispusieran a su placer de toda la creación. Pero hétenos aquí que un mal día se coló en él Lucifer disfrazado de serpiente. Herido en su soberbia y orgullo al no haber superado la prueba que Dios le puso, y tras su estrepitosa derrota ante San Miguel, Belcebú no tenía ya más objetivo que destruir al hombre como única forma de vengarse de Dios por su castigo.

¿Cuál fue la tentación con que Satán se llevó a Eva al huerto? Muy sencilla. La única prohibición impuesta por Dios a nuestros primeros padres fue que no comieran del fruto del árbol del Bien y del Mal; ojo al parche. Pero por qué tal prohibición. Porque ese árbol simbolizaba, podríamos decir que contenía, las leyes divinas del Bien y del Mal, es decir, de lo que estaba bien y de lo que estaba mal. O sea, de lo que Adán y Eva podían hacer y no podían; y por extensión de lo que los seres humanos podemos y no podemos hacer. Algo competencia exclusiva, única, irrenunciable, indelegable de Dios como creador de todo, propietario de todo y por ser sólo Él infinitamente perfecto y conocedor de todo. Sólo Dios pudo determinar verdaderamente, y para siempre, porque todo lo suyo es inmutable, qué está bien y qué está mal.

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Pues bien, ahí estuvo la tentación, ahí la gran habilidad del Maligno y ahí la estupidez de Eva que, como veremos en seguida, es la misma que hoy se prodiga desde y en todas las instancias.

La serpiente le dijo a Eva que en cuanto comiera del fruto del árbol sería como Dios por qué… porque podría determinar, podría establecer por sí misma, con “autonomía moral”, qué estaba bien y qué mal. Y Eva se lo creyó y cayó con las consecuencias tan desastrosas que conocemos porque las sufrimos desde que nacemos hasta que morimos.

Hoy ocurre que se extiende desde todos los estamentos “democráticos” nacionales e internacionales, como mancha de aceite, la idea de que tenemos autonomía moral, es decir, de que tenemos la capacidad, de que nos corresponde, de que es nuestro derecho, de que podemos determinar qué está bien y qué está mal; y no sólo para siempre, sino aún peor, en cada momento y con duración según nos convenga.

La “democracia” es, como vemos, el imperio de la autonomía moral. Sea por mayoría, sea por coalición de minorías, sea para mantenerse en el poder, en el cargo, sea porque lo dicen los medios de comunicación, sea porque se “negocia” y siempre con fecha de caducidad, es decir, relativamente, nuestra sociedad se considera con el derecho y con la capacidad, con la autoridad, de decidir en votación, o sin ella, sólo por el rumor amplificado por las “redes”, por la manifestación pegajosa o la acampada consentida, qué está bien y qué está mal, qué se puede hacer y qué no, ahora, mañana o pasado mañana y, por supuesto, tal decisión siempre sujeta a revisión, de forma que en cualquier momento una nueva mayoría o coalición de minorías o negociación o interés del mandamás de turno o manifestación o acampada puede decir que dónde dijimos digo decimos Diego, o sea, que donde dijimos bien, ahora decimos mal.

Eso es lo que está ocurriendo desde hace décadas en España y fuera de ella. Nada es firme, no hay dogmas, no existe una lista de bienes y males, todo dependen del capricho de nuestra autonomía moral.

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La sodomía dejó de ser un vicio, una aberración, cuando se decidió que sólo era una enfermedad, para poco después decidir que era algo normal, luego una alternativa y ahora un bien. El asesinar inocentes nonatos era un crimen hasta que sobre la base de nuestra “autonomía moral” se ha decidido que es un derecho, cuando no una obligación porque el planeta está superpoblado y no hay suficiente caviar para todos. La propiedad privada está bien, menos cuando la “okupan” “pobres hombres” que lo son porque no tienen casa porque ni trabajan ni quieren trabajar para comprarse una. A los infantes se les ha preservado siempre de imágenes y palabras escabrosas para no herir ni trastocar sus desarrollo natural, hasta que se ha decidido que eso era malo y que lo bueno es que deben ser “educados” en toda clase de extrañas y antinaturales practicas. Las naciones eran las que eran hasta que se ha considerado que lo bueno es el derecho de “los pueblos” a decidir si quieren seguir siéndolo o no. La no injerencia en los asuntos internos de las naciones soberanas eran un principio inviolable de las relaciones internacionales hasta que la “autonomía moral” de las grandes potencias y sobre todo sus intereses materiales y de poder decidieron que había que imponer “su democracia” hasta a los bantúes porque eso es lo bueno. Lo que siempre fue considerado en la Historia, sin distinción de países y culturas, como bueno, es decir, la lealtad, el valor, el espíritu de sacrificio, la honradez, la educación, etc., etc., ya se considera malo, y se procede a marchas forzadas a reescribir esa misma Historia de forma que lo que fue admirable ahora es vilipendiado y, además, así se enseña. Y así un larguísimo etcétera que interrumpimos para no cansarles.

Miren a su alrededor y verán cómo en apenas medio siglo la pretendida “autonomía moral”, ese torpedo en nuestra línea de flotación espiritual y moral,  no sólo campa a sus anchas, sino que se ha convertido en dogma y pilar fundamental de nuestro devenir diario, presente y futuro; en este último caso si no le ponemos remedio.

Sus consecuencias, por otro lado, son terribles, pues nos llevan a la destrucción del ser humano en lo individual y, por consiguiente, de la sociedad como colectivo de individuos, ya que nuestra tendencia innata al mal, efecto de aquel pecado original que hemos descrito más arriba y que todos heredamos, nunca va a utilizar esa supuesta “autonomía moral”, aunque la tuviéramos, para el bien, sino para el mal. Nunca vamos de determinar que el Bien está bien y es bueno, sino que el Mal es mejor y es lo que debe ser; eso sí, disfrazado, pero sólo al principio.

NO, NO y NO. El ser humano NO tiene autonomía moral. El Bien y el Mal, lo que está bien y lo que está mal, lo que se puede y no se puede hacer, lo que debemos y no debemos hacer, lo que tenemos que obedecer y lo que no podemos desobedecer, son competencia única, exclusiva e intransferible de Dios, es patrimonio sólo de Él, y ya lo estableció antes incluso de realizar la Creación y, además, ese Bien y ese Mal no varían, no pueden variar, son para siempre hasta la consumación de los siglos y, por todo ello, ni mucho menos el hombre lo puede ni siquiera variar  un ápice.

La Redacción.