En este año el rey emérito ha cumplido 80 años, su hijo y sucesor, Felipe VI 50, la Constitución 40 y a la infanta Leonor le han dado el Toisón. Pues bien, todo ello, y lo que ocurre en España, obliga a dar un repaso a la situación de la monarquía.

juanito
  • La cruz y la espada
Juan Carlos I fue traído por el Caudillo una vez que comprobó la insensatez, la irresponsabilidad, la falta de luces y la ambición de Don Juan; quien nunca entendió ni asumió la reciente y trágica historia de España. Puso el Generalísimo en el hoy emérito todas sus esperanzas de que la España que dejara quedara en manos de alguien que, al menos, hubiera aprendido de la Historia para no repetir, como suele suceder, lo peor de ella.

Franco no tenía por qué instaurar la monarquía porque Alfonso XIII había abandonado el trono y el Alzamiento cívico-militar del 18 de julio de 1936 no se hizo por la monarquía; ni contra la república, sino contra los desmanes del Frente Popular marxista y revolucionario del PSOE, del PCE –hoy IU y Podemos–, de los separatistas de ERC y del PNV, y de los anarquistas.

Pero monárquico él, sabedor de que su figura era irrepetible y consciente de que la estructura del Estado que con tanto mimo había construido –y que tan buenos resultados daba– debía tener a su frente un jefe del Estado que asumiera decisivas funciones y responsabilidades, consideró como única opción factible y realista la de instaurar la monarquía, bien que haciendo lo posible por sanearla, desplazando a Don Juan y confiando en “Juanito”, es decir, en la nueva generación, al cual dedicó cuantos esfuerzos, gastos, cariños y consejos pudo para prepararlo.

No sólo eso, sino que además logró que Juan Carlos fuera acogido como su sucesor y que no apareciera excesivamente ligado a su persona y trayectoria; sólo lo justo y necesario. Incluso al borde de la muerte rogó a los españoles que le dedicaran la misma lealtad que a él. Más no pudo hacer.

Su error, a la vista de lo sucedido, fue olvidar la sangre que corría por aquellas venas; no acordarse de la historia de los Borbones plagada de debilidades, corruptelas, impotencias y otras zarandajas; pensar que el príncipe había aprendido y creer que era distinto a su padre, sin darse cuenta de que era aún peor. Así, fue Juan Carlos I quien, ya en los últimos de Franco, comenzó a fraguar el régimen del 78 que hoy sufrimos con los desastrosos resultados que vemos.

jan carlos franco
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Para ello supo buscar la ayuda precisa dentro del propio régimen o sea, UCD-AP y ahora PP; en la Iglesia post-vaticano segundo; en la anti-España –comunistas en el exilio y en nuestro territorio, y socialistas casi inexistentes, pero a los que se potenció hasta hacerles existir–; en la FFAA que también, en su mayoría, ya traicionaban todo lo que habían jurado; y en el extranjero, echándose en manos de las potencias que de siempre nos odian y nos quieren débiles, y de la Masonería internacional –aunque no se lo crean haberla hayla– ávida de tomarse la revancha de su histórica derrota durante cuatro décadas a manos de Franco.

Muerto el Caudillo estaba todo preparado para poner en marcha, ojo, desde Zarzuela, una revolución consistente en destruir todo lo anterior en todos los órdenes: espiritual, moral, administrativo, social, cultural, económico, lingüístico, patriótico, y todo lo que se quiera, hasta dejar a España que no la reconociera ni la madre que la parió, como hoy vemos.

El único problema era desarraigar de la conciencia y del alma de los españoles al régimen y a la figura de Franco, pero eso, con el cambio generacional, ofreciendo la vida muelle y laxa, el huracán de propaganda “democrática” propia y extranjera, y los discursos engañosos desde todas las instancias, la Iglesia incluida –¡de qué se queja ahora!–, fue cuestión de unos pocos años; de esa Transición que en realidad fue una traición colectiva.

Lo que Juan Carlos, ya I, quiso con ello fue, no lo duden, no beneficiar a España, no, sino sólo mantener la silla, o sea, el trono. Sabía que si seguía el camino que había jurado, o sea perjurado, iba a tener que luchar, que asumir responsabilidades, a tener quebraderos de cabeza, y hasta ahí podríamos llegar.

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Entregando España a la anti-España y a los traidores de la legalidad y legitimidad anterior, así como a lo que las potencias extranjeras querían, sabía que se podría sentar cómodamente en el trono. Máxime, ofreciéndoles ese “reinar pero no gobernar” que les dejaba a todos con las manos libres para hacer y deshacer, más bien esto último, y que iban a contar con su silencio y amparo.

El engañoso y falso golpe del 23-F, aquel “a mi dármelo hecho”, le valió la consolidación en forma de pacto: a partir de ese instante todos los partidos pactaron la omertá en torno a sus actividades y se volvió y se supo intocable.

Durante cuarenta años Juan Carlos I se dedicó a saludar con una mano y a poner la otra por medio mundo, mientras España caminaba, lenta, pero firmemente, hacia el punto en el que hoy la vemos: destruida espiritual, moral, social y culturalmente, convertida por la Constitución que el mismo auspició en un conglomerado de regionalismos constantemente a la gresca, y un Estado prácticamente virtual, casi inexistente, que se dirige velozmente hacia su desintegración y conversión en reinos de Taifas sometidos cada uno de ellos a una tiranía caciquil totalitaria marxista, hija de los últimos cuarenta años de liberalismo juancarlista.

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Pero Juan Carlos se acercaba a los ochenta y había que pasar el relevo; la cuestión era cómo elegir el momento y las formas. Pues bien, presionado por los escándalos de corrupción que apuntaban y apuntan a él como motor principal, y acelerándose la desintegración de la nación por la rebelión revolucionaria en Cataluña –no es un golpe, por favor, es una rebelión, una revolución– y las que le siguen, y con la llegada al poder del marxista-revolucionario podemita, Juan Carlos forzó el pase a su hijo para salvar… como siempre, el trono; no a España, tampoco en esta ocasión, sino la pervivencia de la Corona, de su chiringuito familiar.

Este es el hombre, este el rey emérito, este es Juan Carlos I, y no otro, ni mucho menos el que la propaganda oficial nos quiere hacer creer. No lo duden.

Felipe VI se viene caracterizando desde su reciente acceso al trono por seguir las mismas pautas que su padre, pero aún más radical y descaradamente: el único objetivo es mantener la silla. Lleva poco en el trono pero ya apunta maneras y se le ha visto el plumero. Bien es verdad que la herencia recibida lo ha sido en penosas circunstancias. ¡De aquellos vientos, estos huracanes!

juancarlos felipe
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Felipe VI está dispuesto a defender también el chiringuito monárquico con uñas y dientes, no a España, pero de perfil, sin que se note, sin que lo parezca. Y tanto una cosa, como la otra, en las circunstancias que le han tocado, puede muy bien terminar dando al traste con el negocio.

España se desintegra. Si alguien piensa que lo de Cataluña se arregla con paños calientes, “diálogo”, pactos, negociaciones, componendas, trucos y malabares, está en un craso erro. Si se creen que poniendo algún parche a la funesta Constitución actual, también. Porque además no sólo es Cataluña, sino prácticamente el resto de regiones; unas más y otras menos, pero todas, cual buitres sobrevuelan a la espera de lanzarse sobre la agonizante víctima.

Felipe VI se ha sentado en el trono prácticamente con nocturnidad y de tapadillo, pero no está consolidado en él. Hay muchas fuerzas que trabajan decididamente por largarlo, y muy pocas, poquísimas, que están dispuestas de verdad a dar la cara por él.

Los errores que ha cometido hasta el momento son:

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* La boda con Dña. Leticia, ¡qué le vamos a hacer! Sus antecedentes familiares, personales e ideológicos, su carácter, su forma de ser, de comportarse, de “no trabajar”, su obsesión maniaco compulsiva por el retoque estético, hacen que genere rechazo y ese rechazo es muy peligroso para Felipe VI.

* Los consejeros de que se ha rodeado son algo más que mediocres, y por ello, peligrosos también para él.

* Su formación, la que le han dado sus padres, tampoco es la idónea para la situación que le ha tocado vivir.

* Su propia actitud es lo peor. No ha tenido inconveniente alguno en permanecer impertérrito ante las múltiples pitadas y abucheos de que ha sido objeto por razón de su cargo y, peor aún, a nuestro himno y bandera.

No cabe en cabeza humana que un rey, que un jefe de Estado que se precie, admita, impasible el ademán, tamaños escándalos, vergüenzas y oprobios.

Un rey, un jefe de Estado y jefe supremo de las FFAA, que  es capaz de permanecer inerte ante el escupitajo a la patria, la nación y sus símbolos sagrados, sea cual sea el régimen establecido o el continente donde se ubique esa nación, está cometiendo el peor de los errores: el de no hacerse respetar ni a él ni a su cargo; el de trasmitir un mensaje de que para qué sirve y para qué está ahí. Nadie respeta a quien no se hace respetar; es ley de la naturaleza, también de la humana. Nadie quiere ver cómo a su jefe lo vapulean y ni se defiende ni nos defiende.

Ha perdido –y mucho nos tememos que seguirá perdiendo– muchas oportunidades de hacer lo contrario; quien le aconseja tal postura o es tonto o le está traicionando. En ninguna situación, pero menos aún en la actual, puede permitir esas broncas, desplantes, feos, etcétera. Y qué inmenso beneficio de actuar justo al contrario. Y que no nos venga con que tiene limitada cualquier posibilidad de actuar de otra forma, porque vamos a demostrar que no es verdad; que cuando ha querido lo ha hecho.

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En Otoño pasado, ante la crisis catalana, cuando era un clamor que ni el Gobierno ni nadie hacía nada, salió a la palestra televisiva el 3 de Octubre en contra de la opinión de Rajoy; luego cuando quiere puede. Bien que salió, no como dicen y hacen creer, sino porque sintió por primera vez en su cogote el aliento del viento de la ira popular ante su vaciedad, continuadora de la de su padre; y además con un discurso que no llegó, por mucho que también digan, ni a la altura del mínimo exigible. luego, en su discurso de Navidad, se arrugó y… decepcionó.

Estuvimos en todas la manifestaciones de Madrid y Barcelona, pues bien, en ninguna, nunca, se gritó viva el Rey; mentimos, sólo en Colón lo gritó una persona en una sola de las manifestaciones y una sola vez y… nadie contestó. La gente salió a la calle en masa por España. pero NO por el rey.

Cuántos puntos, cuántos méritos, cuántos adeptos habría ganado si hubiera actuado al contrario de como lo ha hecho. A la primera pitada o abucheo en el fútbol o donde sea, lo que además nunca le ha cogido por sorpresa, debería haber abandonado el palco o la tribuna, y con él todo su séquito; y luego nota de prensa o declaración institucional –le gustara o no al Gobierno, y si no le gustaba mejor– explicando que a él como persona, si alguien le pita pues que le da igual, pero que a él que representa a España y a todos los españoles, a los que pitan también, por dignidad patriótica, por la de su cargo y por la de todos los españoles, no puede ni va a consentir ese tipo de comportamientos incivilizados y ofensivos para España y los españoles, para todos; y añadiría: y si alguien no está de acuerdo con la monarquía, que se convoque ya un referéndum y que el pueblo decida libremente, pero que nadie se arrogue el derecho a insultar ni a España ni a los españoles tomando como excusa la corona.

Cuánto hubiera ganado; cuánto se hubiera consolidado per se; cuántos españoles hubieran entonces salido a la calle por España y por el rey; cuánto aviso a todos, partidos, separatistas, rojos y azules, revolucionarios y personas de orden; sin olvidar a la comunidad internacional que alucina en colores.

Poco después de cumplir 50 años, el rey entregó a su hija mayor el Toisón con unas palabras muy significativas; “Recibir este toisón implica para ti unas responsabilidades especiales que habrás de asumir inspirada por los valores e ideales más profundos, valores que deberás albergar y fortalecer día a día en tu corazón, porque tus acciones, todas, deberán guiarse por el mayor sentido de la dignidad y la ejemplaridad, por la honestidad y la integridad, por la capacidad de renuncia y de sacrificio, por el permanente espíritu de superación y por tu entrega, sin reservas, a tu país y a tu pueblo. Deberás respetar a los demás sus ideas y creencias y amarás la cultura, las artes y las ciencias pues ellas nos dan la mejor dimensión humana para ser mejores y ayudar a progresar a nuestra sociedad. Te guiarás permanentemente por la Constitución, cumpliéndola y observándola. Servirás a España con humildad y consciente de tu posición institucional y harás tuyas todas las preocupaciones y las alegrías, todos los anhelos y sentimientos de los españoles”. Pues bien:

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* Ni una palabra sobre Dios.

* Cuando dijo valores e ideales más profundos” no aclaró cuáles.

* En vez de España dijo “país”.

* Lo de respetar las ideas y creencias, la cultura, etcétera, es lo normal, aunque no haría falta ni decirlo con siglos de historia a nuestras espaldas, pero la forma de alcanzar “la mejor dimensión humana para ser mejores y ayudar a progresar a nuestra sociedad”, sólo se logra con la fe y la obediencia a las leyes de Dios y de su santa Iglesia, a su doctrina social y moral; cuando así actuamos, lo demás se nos da por añadidura. Tampoco nada dijo en tal sentido.

* Lo que dijo sobre la Constitución era de esperar, el problema le vendrá a Leonor, como le ha ocurrido ya a su abuelo y a él mismo, cuando es la Constitución la que atenta contra la unidad de España, de la nación, de la patria. ¿A qué deberá entonces lealtad Leonor, a España, a la nación, a la patria o… a la Constitución?

Hemos echado en falta muchas cosas en esos consejos. No vemos en ellos ni altura, ni patriotismo, ni españolidad, sólo lo justo para quedar bien, consolidar el “perfil” y sostener la Corona a pesar de que España se desintegre aún más y quede reducida a un totum revolutum pleno de discordias, enfrentamientos y crispaciones sobre las que Leonor, como Felipe VI y su abuelo, tenga que levitar para no mojarse, no sea que de hacerlo tengan un día que coger las maletas.

Por nuestra parte le aconsejamos a Leonor: “Sin Dios nada se puede, con Dios todo se alcanza. Ten fe y foméntala en tus súbditos, pues no sólo eres responsable de su progreso material, sino también de facilitar su salvación. Nunca admitas ni sanciones leyes que atenten de cualquier forma contra las leyes de Dios o la ley natural. Aprende y fomenta las virtudes teologales y cardinales. Ama a la Iglesia, protégela, inspírate en su doctrina moral y social. Ama a España, tu nación y patria; aprende su gloriosa historia y siéntete orgullosa de ella. Defiende a toda costa su sagrada unidad y sus símbolos, que son su himno y bandera, así como su soberanía e independencia contra sus enemigos, sean externos o internos. Quiere a los españoles, se ejemplo para ellos en todo, nunca los abandones, en especial a los más débiles y necesitados. Muy por encima de tus intereses, sean cuales sean, incluso la corona y tu propia vida o la de tu familia, pon siempre los derechos de Dios y los intereses de España. Hazte querer y respetar. Asume tus responsabilidades con valor y entereza.”

Por último, que no olvide Felipe VI que las monarquías pueden verse afectadas por dos graves enfermedades que acaban, antes o después, con ellas. Una es el absolutismo, hoy totalmente erradicado e imposible. Otra la vaciedad, que es en la que cayó el emérito y que Felipe VI va por el camino de agravar. Si como pasa, su papel es meramente protocolario, si permite que la nación y la patria desaparezca convertida en una amalgama absurda de mini-repúblicas, si sus “éxitos” se reducen al papel couché  –las imágenes de realty show que difundieron no hace mucho eran patéticas, cursis y horteras–, si por guardar el sillón está dispuesto a que España se desintegre ¿cuánto piensa que va a tardar la mayoría del pueblo español, de cualquier tendencia, en llegar a la conclusión de que para lo que sirve y lo que hace, serviría lo mismo y lo podría hacer igual, y más “democráticamente”, un presidente de república?

La Redacción