• La cruz y la espada
Anuncian a bombo y platillo que ha llegado a Madrid el “Circo Mágico”. Vamos a verlo y… a mitad de la función nos salimos. No es que los artistas lo hagan mal, no. Lo que ocurre es que el “Circo Mágico” no lo es. No hay magia, no hay ilusión. Y no la hay porque no actúan los animales. Las caras de los niños son un poema. Miran, pero no ven. Saben que hay algo, pero no lo reconocen. Nada realmente despierta su ilusión.

Qué ilusión, qué maravilla cuando el domador colocaba la jaula y la llenaba de tigres y leones que fieros, pero nobles, a su voz, saltaban de un taburete a otro, atravesaban un aro de fuego, rugían como en la selva pero sin dar miedo, saludaban con sus garras al público y permitían que su domador metiera la cabeza entre sus fauces sin rozarle ni con la lengua.

  • La cruz y la espada

Qué ilusión, qué impresión la de aquellos elefantes inmensos que adornados cual maharajas de la India eran capaces de subirse en una estrecha banqueta, ponerse de patas y saludar, que desplegaban y recogían sus enormes trompas al ritmo de la música, que ponían sus grandes patas encima de la cara de su domador sin hacerle ni un rasguño.

Qué ilusión, qué nobleza la de los perritos, pasados por el peluquero, aseados, afeitados, moviendo sus colas encantados, llenos de alegría, audaces, veloces, a la espera de una golosina que el domador le daba casi a escondidas.

  • La cruz y la espada
Qué ilusión, qué belleza al ver aquellos caballos con sus penachos de colores, que en fila o en grupos de tres o cuatro giraban por una pequeña pista haciendo cabriolas imposibles, luciendo sus esbeltas figuras, demostrando al ponerse de manos su potencia hercúlea, su nobleza de brutos, dejándose cabalgar de pie por su amaestrador.

Qué ilusión, que gracia la de los monos saliendo todos a una vestidos de etiqueta, bulliciosos, rápidos, ágiles, que se diría casi humanos.

Qué ilusión ver el desfile final, cuando el espectáculo se acababa sin haberse dado uno cuenta del tiempo transcurrido y a dos metros de nosotros pasaba toda la corte animal engalanada a maravilla, los gordos elefantes, el león como un perro, los caballos en formación, los camellos masticando con parsimonia, los perrillos ladrando, los monos saltando de unos a otros sin ton ni son, mientras el público aplaudía a rabiar, especialmente los chavales que no sabíamos de videos, ni de juegos electrónicos, ni de móviles, ni de otros artilugios malditos, pero que ya pedíamos a nuestros papas volver al circo a ver… a nuestros amigos los animales, en los que sin saber por qué habíamos descubierto, con ese sexto sentido que sólo tienen los niños, nobleza, valor, habilidad, tesón y  superación, todo lo cual, no sin grandes exageraciones, estábamos ya deseando contar a nuestros amigos del colegio en cuanto volviéramos a él. Qué ilusión en nuestras caras, qué ilusión.

Pero ya no va a poder ser. Los chavales de ahora y los del futuro ya no van a poder ver a los miembros del reno animal demostrando sus capacidades y sus destrezas. Por imposición “democrática” de una cuadrilla de miserables que nunca han tenido ilusión, se les impide demostrar que, aunque animales, son hábiles, inteligentes, intuitivos, graciosos, valientes, amables, esforzados, bellos. No, ahora nuestros hijos y nietos, y los de ellos, sólo podrán verlos en el zoo sesteando, aburridos, holgazanes, comiendo o ciscando.

Llegará un día en que los chavales crecerán pensando que los animales no son capaces de nada más que de nacer, alimentarse, reproducirse y morir; y entonces a lo mejor deciden “democráticamente” que para lo que hacen es mejor dejar sólo a unos cuantos de muestra en el zoo  y exterminar a los demás.

Caminamos cada día más hacia una sociedad ya no sólo destrozada, sino muerta, sin ilusión, deshumanizada, perdida sin remisión. Despertemos y no nos conformemos.

La Redacción