• La cruz y la espada

Una colaboración del Cap. Escarlata

“El papel jugado por la Francmasonería en la creación del clima intelectual de la Ilustración le proporcionó muchos adeptos (…); sin embargo, no fue en Francia, sino en América, donde las ideas de la Ilustración se tradujeron por primera vez en acción práctica y sirvieron de base a la creación de un nuevo sistema de gobierno, como demuestran claramente la Declaración de Independencia y la Constitución” (Norman MacKenzie, en su libro “Sociedades Secretas”).

Pero una vez consolidada, tanto en Europa como en América, la Masonería Simbólica que había infiltrado y desnaturalizado aquella operativa de los gremios artesanales, todo estaba preparado para crear la nueva Masonería Operativa, cuyo ritual quedó constituido en París en 1758 con el nombre de Rito de Perfección compuesto de 25 grados, a los que podríamos llamar el noviciado de la masonería, fácilmente penetrable a la curiosidad de los extraños y de los que incluso el masón renegado puede hablar sin alejarse por ello de la verdad, con sus veladas filosóficas, acuerdos intrascendentes, teorías laicas y consignas político-teóricas de carácter filantrópico.

Con la creación de ese Rito de Perfección, la jerarquía ILUMINISTA, que en aquel tiempo se reunía en una Logia SUPRAMASÓNICA, que recibía el rimbombante nombre de Consejo de los Emperadores de Oriente y Occidente, buscaba una mayor y más efectiva implicación de los masones en sus planes. Se extendió la hermandad a elementos, de todas las clases sociales, capaces de secundar la Revolución, hija rebelde pero querida de la Ilustración y agente fundamental para el poder de la jerarquía ILUMINISTA.

Los primeros catorce grados de esa nueva Masonería Operativa, que van del cuarto al decimoséptimo, reciben el nombre de Grados Capitulares y conforman la llamada Masonería Roja. De entre estos, los cinco primeros son: Maestro Secreto, Maestro Perfecto, Secretario Íntimo, Preboste y Juez, e Intendente de los Edificios. Suponen una escuela de espionaje masónico que los iniciados reciben mediante el simbolismo de la estúpida leyenda de HIRAM, el mítico arquitecto del Templo de Salomón. La iniciación ritual es una especie de transición alucinatoria entre los grados simbólicos y los específicamente operativos. Los masones se reúnen en tenidas por grados, a través de las cuales se avanza hacia una formación completa.

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El masón va siendo examinado, se le dan misiones de responsabilidad y se le prueba para que sólo alcance grados superiores y puestos clave conforme demuestre la discreción, fidelidad y obediencia que la Orden exige. A medida que se progresa en los grados, mayores son el secreto y la exigencia de los juramentos, con el fin de que sólo los más sectarios y fanáticos lleguen a los superiores.

A partir del grado noveno, y hasta el decimoséptimo empiezan las lecciones para la pura acción operativa que llega hasta el asesinato “necesario”, “justificado” y “justificable”, todo ello idénticamente ilustrado según indicaciones de la necia leyenda. Los tres primeros, del noveno al undécimo, completan el grado de Elegido y reciben los títulos de Maestro Elegido de los Nueve, Ilustre Elegido de los Quince y Sublime Caballero Elegido. De especial importancia es el noveno, Maestro Elegido de los Nueve, el grado más hermético y al que vulgarmente se llama también “el de la venganza”.

En las pruebas para acceder al mismo se hace especial hincapié en el simbolismo de la muerte de HIRAM, con la “ejecución de uno de los asesinos por mano de uno de los nueve elegidos” y en cómo Salomón mandó colocar la cabeza del traidor en la torre oriental del templo y premió a Joaben, el vengador, así como a los ocho hermanos que le acompañaron, otorgándoles el título de Maestros Elegidos de los Nueve.

El emblema de este grado noveno es un brazo que sostiene por los cabellos una cabeza humana y el otro armado con un puñal ensangrentado. Su divisa es Vinceri aut mori, tan cercana a la proclama “socialismo o muerte” ya utilizada por el Che Guevara y hecha suya por el tirano venezolano Hugo Chávez, fraternal camarada de nuestro ex-presidente Rodríguez Zapatero, que en la intimidad de la logia bien podría haberle contestado amistosamente con su retahíla masónica de cursi solemne: “sea como sea, cueste lo que cueste”.

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En el juramento que se presta para acceder a este grado figura la siguiente frase: “Consiento que la espada de la justicia descargue sobre mi cabeza si algún día fuese traidor a la institución o faltase a las promesas que he prestado de manera libre y espontáneamente”.

En los últimos años venimos padeciendo, como ha sido recurrente en los dos últimos siglos, las “libres” y “espontáneas” promesas que obligan a los “hermanos” que acceden al poder en España, muchos de ellos seguros titulados en este grado noveno, primero en que el masón adquiere la verdadera confianza de la Orden, o pertenecientes a esa escala masónica irregular o invisible de carácter egipciano, de la que ya hablaremos más adelante y que es la de máxima confianza para la jerarquía ILUMINISTA, en razón simpatética o de chantaje.

Los tres siguientes grados, del duodécimo al decimocuarto, son los correspondientes al grado completo Escocés y reciben los títulos de Gran Maestro Arquitecto, Real Arco y Gran Escocés de la Bóveda Sagrada. En el grado 13, Real Arco, el gran maestre recuerda al que va a ser recibido: “Los francmasones no pueden fomentar la existencia de Dios en el concepto sometido al efecto por las religiones positivas, porque en este caso tendrían que mostrarse partidarios de una u otra creencia religiosa, y bien sabéis que esto se opondría al principio de máxima libertad consignado en sus estatutos”.

De esta manera, el iniciado que en grados inferiores ha sido “ilustrado”, con independencia de su fe religiosa previa, en un teísmo cada vez más sincrético y menos teísta, es ahora desviado y sin retorno hacia un panteísmo de carácter naturalista e incluso pagano, tan del gusto de los peores tiranos genocidas que se hallan en la historia y que no hace más que crecer en el mundo occidental desde hace años: un ejemplo entre muchos es la propuesta de una iniciativa legislativa sobre los derechos de los primates, para poco menos que equipararlos a los de los seres humanos.

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Ese panteísmo naturalista neopagano masónico, que se opone al humanismo más elemental, se impone desde los tabúes del ecologismo radical y es capaz de criminalizar a un humilde paisano por comerse un lagarto cuando tiene hambre o a una institución pública por ampliar una carretera para salvar vidas, tras aparecer excrementos de lince en sus aledaños, dando prioridad a la protección de especies animales en peligro de extinción; extinción de especies que, por otra parte, viene sucediendo desde que el mundo es mundo y la naturaleza es naturaleza. Ese mismo ecologismo deshumanizador que, sin miramiento alguno, condena a morir de hambre a tribus enteras de africanos, inhabilitados por la fuerza para cazar en sus tierras como durante siglos hicieron, mientras los jerarcas ILUMINATI y sus amigotes cazan a su antojo y por mera diversión esas mismas especies que dicen proteger.

Llegado a este punto, el masón ya está preparado para parodiar al catolicismo y sus ritos. En el grado 14, después de pasar revista a los conceptos filosóficos desarrollados en anteriores grados sobre la creación, la vida y la muerte, se contrae el siguiente juramento: “Juramos ante esta copa sagrada unirnos para siempre con el vínculo de la fraternidad y sostenernos y defendernos contra todos los que se opongan a la proclamación de los derechos y deberes del hombre”; “Lo que une la virtud no puede separarlo la muerte”.

Bebe el gran maestre un poco de vino contenido en la copa, la pasa al recipiendario, que hace lo mismo acompañado de los demás “hermanos”. Se la devuelve para que la levante en alto y diga: “La copa está agotada. Hemos comido del mismo pan y bebido del mismo vino. ¡Somos hermanos! ¡La misma sangre corre por nuestras venas! ¡Que ningún otro líquido pueda servirse en esta copa ni otros labio puedan profanarla!”. La arroja contra el suelo y la hace pedazos. Seguro que los ínclitos Carod Rovira y Maragall –¿se acuerdan de ellos?– , como tantos otros masones o simples necios alucinados, rememoraban el juramento cuando se burlaban de la corona de espinas o escarnecen símbolos y ritos sagrados en los escenarios e incluso en las plazas públicas: las fiestas del orgullo gay suelen ser su manifestación más grotesca.

Otros muchos ejemplos se podrían aportar sobre el concepto de respeto, libertad y tolerancia que atesora la Orden en sus ritos y juramentos, pero mucho queda por contar en el presente y creo ya ha quedado suficientemente ilustrado ese extremo. Con los tres últimos grados capitulares, del decimoquinto al decimoséptimo, que reciben los títulos de Caballero de la Espada, Príncipe de Jerusalén y Caballero de Oriente y de Occidente se le permite al masón el honor final de ser nombrado Caballero de Oriente.

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Habiendo completado los grados de Elegido, Escocés y Caballero de Oriente, cuya iniciación requiere triple juramento, un masón ya está preparado para cumplir las pequeñas venganzas masónicas, “justificables intelectualmente”. Las grandes venganzas, a menudo imposibles de argumentar desde la “reflexión” ideológica y que no son más que fruto de los intereses de la jerarquía ILUMINATI, requieren ostentar grados superiores, los Filosóficos, que van del decimoctavo al vigésimo quinto, la llamada Masonería Negra.

El decimoctavo o Rosa Cruz es un punto de inflexión clave en la iniciación masónica, pues puede ser final de recorrido por incapacidad o desengaño para los iniciados “bien” intencionados, que “ven” un inofensivo culto filantrópico y panteísta en la Orden, sin reparar en que alcanzan éxitos y glorias por su obediencia ciega y en tanto colaboradores necesarios para el cumplimiento de fines inconfesables que desconocen y les transcienden. Ese Desengaño en un sueño que da título al magnífico poema dramático que el Duque de Rivas escribió en su madurez, tras sus correrías masónicas: “¿Has visto cuán fácilmente / a los hombres se fascina, / y a una nación se alucina / desde una altura eminente?”.

El Caballero Rosa Cruz ejerce una acción pedagógica y de gobierno sobre los otros grados capitulares inferiores. Su máxima define mejor que ninguna otra la filosofía masónica, que se muestra ya de forma definitiva como atea: “El bien y el mal son siempre resultados de las relaciones entre los seres y no productos de entidades sobrenaturales”.

La máscara teísta se ha caído del todo y aquel que todavía no quería ver el ateísmo conceptual de la secta se queda ya sin argumento alguno en el camino diabólico en el que a partir de aquí va a ser iniciado, mediante un maquiavelismo esencial que trasciende las reflexiones políticas del creador del axioma “el fin justifica los medios”, lectura de cabecera, según sus propias palabras, de nuestro ex-presidente Rodríguez Zapatero.

A partir de aquí, sólo aquellos que han comprendido y están dispuestos a implicarse en el objetivo final acceden a grados superiores, los que van del decimonoveno hasta el vigésimo quinto: Gran Pontífice de la Jerusalén Celestial, Gran Patriarca Venerable Maestro ad vitam, Caballero Prusiano Noachita o Gran Maestro de la Llave, Príncipe del Líbano o Real Hacha, Llave del Tabernáculo y Caballero de la Serpiente de Cobre. Palabrería superchera y esotérica, ridícula y hasta grotesca, si no fuera por la malignidad a la que da cobertura.

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Para alcanzar el éxito en las revoluciones inglesa y norteamericana, la jerarquía ILUMINATI sólo necesitó de la Masonería Simbólica de tres grados, pero para la implantación de sus ideas en las dos grandes monarquías católicas, Francia y España, necesitaron crear la Masonería Operativa.

El éxito les sonrió en Francia y el fracaso relativo en España, pues la condenaban a un destino decadente, con la pérdida estrepitosa del Imperio y la inestabilidad perenne en su interior. Para conseguir la apropiación de las provincias y colonias de América al tiempo que crecía la ofensiva contra la Santa Sede, a la que pocos años después arrebataría los Estados Pontificios, la jerarquía ILUMINATI emprendió el trabajo de “perfeccionar” la anterior “perfección”, creando el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, que ampliaba en ocho grados más la escala jerárquica, para darle una conformación final de treinta y tres, con la cual se consiguen operarios más cualificados, capaces de ocupar puestos de mando dentro de las organizaciones masónicas nacionales y que sirven como mandos intermedios entre la jerarquía ILUMINATI y las diversas estructuras masónicas, agentes de las revoluciones puestas en marcha.

La adición de estos últimos ocho grados quedó constituida en la ciudad norteamericana de Charleston en 1801, cuando se fundó el Supremo Consejo del Grado 33, el primero del mundo, coincidente en el tiempo con el inicio del mandato de Thomas Jefferson, tercer presidente de la Unión, masón y de origen judío, que sustituía a Adams, también masón y de igual origen. En el Decreto balaustre que Esteban Morin, Soberano Comendador de dicho Supremo Consejo, envió a Grasse Tilly en 1804, al que nos hemos referido reiteradamente en pasados capítulos, se afirma “la necesidad de que las potencias masónicas reciban su inspiración de un centro común, establecido en un país donde no sean fáciles las reacciones ni dependa la libertad de sus habitantes de la despótica voluntad de un tirano, a su vez sometido a la avasalladora influencia de un clericalismo intolerante para toda la expansión de los espíritus y toda manifestación de progreso, ya sea éste material o puramente intelectual o especulativo”.

Con los grados 26 al 30 se ampliaban los Filosóficos, es decir la Masonería Negra, y con los que van del 31 al 33 se creaban los Grados Administrativos o Dirección Suprema, la llamada Masonería Blanca. Los nuevos Grados Filosóficos sirven para preparar el ingreso de los iniciados en el importantísimo Grado 30, Caballero Kadosh, palabra hebrea que significa santo.

Quienes acceden al mismo tienen facultades completas para actuar sobre los objetivos criminales de la Masonería: la destrucción del Pontificado, las grandes venganzas masónicas, los atentados contra altos personajes de la política, los magnicidios, cualquier acción terrorista de interés, etc.

Los grados que van del 26 al 29 son: Príncipe de la Merced o Escocés Trinitario, Soberano Comendador del Temple, Caballero del Sol o Príncipe Adepto, y Gran Escocés de San Andrés de Escocia.

El grado 30, Caballero Kadosh, también recibe el sobrenombre de “Gran Elegido”, que simboliza al ejecutor de la venganza del que llaman el asesinato judicial de Jacob de Molay, último gran maestre de la Orden del Temple, referente épico para la inventiva de una nueva patraña gnóstica. El aspirante a grado 30 ha de realizar la promesa de castigar el crimen y la tiranía con la defensa en el tiempo de la inocencia de Molay, para lo que se blande un puñal bajo el lema de “cumplir el deber sin mirar las consecuencias”: “sea como sea, cueste lo que cueste”.

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El Gran Maestro de Ceremonias alecciona al aspirante con las siguientes palabras: “Madura tus proyectos, resérvalos con prudencia hasta que, llegada la hora, puedas ponerlos en práctica con la seguridad de obtener el triunfo, y aleja de tu lado con prudencia a los que no tengan su voluntad libre”. Reflexionando sobre estas palabras, quizás alguno encuentre explicación verosímil a lo que para la mayoría resulta inexplicable por muy cierto que sea.

“Madura tus proyectos”: cinco años de negociaciones con ETA. “Resérvalos con prudencia”: al tiempo se acordaba y aprobaba la ley de partidos y el pacto antiterrorista. “Hasta que llegada la hora”: el 11M y sus consecuencias electorales tras la manipulación. “Puedas ponerlos en práctica con la seguridad del triunfo”: no voy a pormenorizar la acción del gobierno de Rodríguez Zapatero, pues ya es conocida por todos. “Aleja de tu lado con prudencia a los que no tengan su voluntad libre”: no pocos camaradas de su partido que fueron asesinados mientras se negociaba con sus ejecutores: “sea como sea, cueste lo que cueste”.

El aspirante contesta: “el verdadero Kadosh ha de poseer la justicia como primera de sus virtudes y no perderla de vista cuando trate de imponer castigos”. Se suceden a continuación una serie de frases que en nada cuadran con los deseos de paz infinita y los ideales de libertad, igualdad, fraternidad, blasón de los masones de cara a la galería y para convencer a los ingenuos: “Como sucesores de los templarios del siglo XIV, no hemos abandonado el propósito de vengarlos”; “nuestra obra de venganza no está, pues, terminada”. Se pregunta entonces al aspirante: “¿No te arredra el peso de la responsabilidad moral que vas a adquirir si persistes en penetrar nuestros secretos?”, para que éste conteste con el juramento: “Juro y prometo por la sagrada memoria de los seres sacrificados por la ignorancia, la impostura y la tiranía, y me condeno a la deshonra, al desprecio y a la infamia, así como al castigo de los grandes elegidos caballeros Kadosh, si soy traidor a mis juramentos o si alguna vez paso al campo de los déspotas o de los impostores”. Pero pasarse al campo de los terroristas parece resultar conveniente, faltaría más: “sea como sea, cueste lo que cueste”.

Dice por último el ritual para acceder al Grado “La venganza templaria se abatió sobre Clemente V no el día en que sus huesos fueron entregados al fuego por los calvinistas de Provenza, sino el día en que Lutero levantó a media Europa contra el papado en nombre de los derechos de conciencia. Y la venganza se abatió sobre Felipe el Hermoso no el día en que sus restos fueron arrojados entre los deshechos de Saint-Denis por una plebe delirante, ni tampoco el día en que su último descendiente revestido del poder absoluto salió del Temple, convertido en prisión del Estado para subir al patíbulo (se refiere a Luis XVI evidentemente), sino el día en que la Asamblea Constituyente francesa proclamó, frente a los tronos, los derechos del hombre y del ciudadano”.

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Esto es, que en la organización de la secta, en sus estatutos, en sus libros y documentos oficiales figuran grados especializados en la venganza, que son el eje de las ejecuciones, desde la guillotina, pasando por el terrorismo decimonónico, las revoluciones cruentas, los magnicidios y pequeñas venganzas, genocidios del siglo XX, hasta llegar al terrorismo de la actualidad: “sea como sea, cueste lo que cueste”.

Los últimos tres grados de la Masonería, que van del 31 al 33, son los Grados Administrativos. Conforman la Dirección suprema en cuanto a organización nacional. El Grado 31 es el de Gran Inquisidor Inspector Comendador. Los masones de este grado tienen a su cargo la discusión de las medidas judiciales masónicas que hayan de tomarse contra algún “hermano” o contra algún “profano”. Los grados 32 reciben el título de Príncipes del Real Secreto y tienen como misión asegurar por todos los medios el funcionamiento de la Orden. Se reúnen en Asamblea para mantenerse informados de la situación masónica de los oficiales y subalternos del ejército que pertenezcan a la secta y emitir las órdenes correspondientes a los mismos.

Por último, se llega al Grado 33, Soberano Gran Inspector General, máxima jerarquía de las masonerías regulares de ámbito nacional. Para acceder a ese grado, el masón ha tenido que prestar desde su inicio la friolera de cuarenta y seis juramentos de fidelidad y rigurosa observancia del más impenetrable secreto, bajo la amenaza de pena de muerte revestida de palabrería gnóstica.

De todos los grados que oficialmente existen, la práctica hace que solamente se utilicen un número contado de ellos, los más destacados e importantes, pasándose de unos a otros por saltos en los que a un mismo tiempo se conceden varios, según las peculiaridades del aspirante y el interés que la jerarquía ILUMINATI muestre hacia él.

Los Grandes Orientes Nacionales se estructuran en Supremos Consejos, Capítulos, Areópagos y Logias, órganos decisorios que planifican las intenciones casi siempre efectivas dentro de cada una de las naciones. Para no perder el control, la jerarquía ILUMINATI introduce sus elementos más fieles, que pertenecen al tiempo a otra Masonería en este caso irregular, la llamada Egipciana, ignorada por quienes no pertenecen a ella.

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Su urdimbre se creó en paralelo al propio “perfeccionamiento” de la regular y se desarrolla por el llamado Rito de Misraím. Se estructura en 96 grados, que corresponden cada tres a uno de la regular. Así, por ejemplo, el grado 18 Rosa Cruz de la regular se corresponde al 54 de la irregular. Los no iniciados en el Rito de Misraín desconocen la pertenencia de ciertos “hermanos” al mismo y no saben que las ideas que estos “venden” están en estrecha vinculación con los designios de la jerarquía ILUMINATI.

En España, las primeras logias Egipcianas fueron construidas a partir de 1780 por el italiano de origen judío Giussepe Bálsamo, falso conde de Cagliostro, y penetraron en el Gran Oriente Nacional de la mano de Aranda, lo que ocasionó un cisma interno al existir sectores más conservadores dentro de la masonería española, algunos fieles –como ya vimos- a su originaria obediencia inglesa a través de sus logias simbólicas y otros a la francesa a través de las operativas. La orientación de las secretas logias egipcianas era altamente subversiva, origen de lo que luego serían los movimientos de los comuneros y los carbonarios, embrión de los criminales vestidos de anarquismo que sembraron de asesinatos muy especialmente España durante años, pero también otros países que ahora no viene al caso señalar. Luego, se fueron revistiendo de comunismo o nacionalismo, según conveniencia, hasta nuestros días, en que se manifiestan de forma preferente como movimientos de liberación nacional, sustentados en el fanatismo religioso o racial.

Los planes de los egipcianos para España se desarrollaron en una serie de tenidas durante el primer cuarto del siglo XIX en donde se promovieron varios documentos balaustre, apócrifos pero tremendamente reveladores, que completan las 120 máximas compiladas en el documento España: Unión y Alerta, que iremos desgranando conforme su contenido esté relacionado con los acontecimientos, pues se trata de un catecismo masónico-criminal de singular interés.

Los ILUMINATI siempre han pretendido ocultar los crímenes masónicos bajo la consigna del silencio, sin aludir los hechos gravísimos que se les imputan ni siquiera para desmentirlos, refugiándose para colmo en el victimismo histórico. Sólo cuando se ven forzados por la rotundidad de las pruebas, admiten de soslayo algunos hechos, siempre quitándoles importancia. Dicen entonces que hay que tener en cuenta las circunstancias históricas y los crueles enemigos, sin demostrar nada en contra de esos enemigos, salvo insidias y calumnias. Todo lo atribuyen a invenciones o exageraciones de sus detractores. Si con eso no consiguen que se cubran sus crímenes con un tupido velo, se limitan a defender la tesis de que si unos masones cometen un cierto crimen, no por ello deba caer la responsabilidad sobre la secta, lo mismo que si un sacerdote comete un delito no puede por ello imputársele la responsabilidad a la Iglesia a que pertenezca.

El sistema es eficaz y hábil, mas la dialéctica es capciosa, pues el crimen masónico no es el crimen vulgar que un masón pudiera cometer, sino aquel que se ejecuta por designios secretos que la jerarquía ILUMINATI encomienda a la secta para eliminar a un determinado sujeto, masón o no, al que la masonería condena, o para proclamar guerras, fomentar revoluciones o cometer atentados terroristas.

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No quiero con esto decir que el objetivo de la masonería sea el de cometer crímenes, pero sí que entre sus acciones y procedimientos se puede utilizar cualquier medio, “sea como sea, cueste lo que cueste”, sobre todo para los casos graves de deslealtad o desobediencia, algunos de los cuales iremos señalando en próximos capítulos y que la historia oficial diluye o manipula a su antojo.

El que de estas ejecuciones queden escasas huellas y no se escriba sobre ellas es la consigna de obligado cumplimiento y mucho más cuando se trata de ejecuciones muy estudiadas y preparadas, en las que sólo actúan directamente las personas indispensables de la alta jerarquía y sus esbirros imprescindibles para la ejecución, dejando para el resto de la secta la manipulación mediática y la ocultación sistemática, pero eso sí: “sea como sea, cueste lo que cueste”.

Una organización que explota la estupidez de unos y la vileza de otros no cae nunca en la ingenuidad de confiar sólo en sus juramentos, por muy duras que sean las amenazas hacia su incumplimiento y la efectividad de las mismas a lo largo de la historia. El secreto masónico se preserva además a través de la fragmentación.

Cualquier indiscreto, inmediatamente irradiado por supuesto, sólo podrá revelar una ínfima parte del todo, siempre insuficiente para esclarecer los hechos. A mayor importancia de la acción, mayorserá la fragmentación en el conocimiento de la misma, más alto grado tendrán sus ejecutores y sólo los egipcianos podrán tener un conocimiento menos o nada fragmentado, mientras el resto estará dispuesto a jurar y perjurar “sinceramente” que la masonería no ha intervenido en nada.

La táctica general masónica le ha llevado, desde sus orígenes, a infiltrarse con preferencia en los medios políticos, invadiendo casi en su totalidad a los partidos liberales –PP incluido y ahora Ciudadanos–, los progresistas, los modernos radicales y radicales socialistas, y demás grupos de izquierda, jacobinos o socialcristianos, llegando hasta las planas mayores del socialismo, pues una parte muy influyente de sus miembros pertenece o ha pertenecido a la masonería.

Ni siquiera los partidos conservadores o la Iglesia se han visto libres de la plaga, cuyo embrión profético ya estaba formulado en 1469 por el príncipe de los judíos de Constantinopla en carta enviada a los judíos de Arles en vísperas de su expulsión de Francia: “haced a vuestros hijos canónigos y curas, que destruyan sus iglesias (…) Haced a vuestros hijos abogados, notarios, personajes de los que ordinariamente influyen en los negocios públicos y así dominaréis a los cristianos, ganaréis sus tierras y os vengaréis de ellos”.

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Otro de los objetivos que la masonería ha perseguido es introducirse en la prensa y en los modernos medios de comunicación. Todo esto le ha ido proporcionando poder e influencia en la sociedad, pero no basta para asegurar la impunidad cuando en los momentos de crisis se decide llevar a cabo ejecuciones. Por eso, para los ILUMINATI es fundamental infiltrarse en los órganos de administración de justicia, cerrojo para la impunidad, así como en los puestos clave de la policía, llave del mismo. Se trata de tener siempre a un masón en el puesto adecuado para tapar en la medida de lo posible el crimen que se fraguó en los talleres por mandato de la jerarquía.

La masonería no tiene el más mínimo escrúpulo a la hora de fabricar o falsificar pruebas cuando pretende alcanzar un objetivo. Es la política de “calumnia, que algo queda”, capaz de crear e imponer monstruosas falsedades cual ciertas. Muchas veces pueden derribarse con la presencia de la verdad, pero es imposible paliar del todo el daño que ya está hecho, pues un silencio glacial y artificioso siempre envuelve la obligada rectificación de quienes controlan la mayoría de los medios de comunicación, bien lo saben los masones.

La masonería no tiene prisa; sabe esperar, recuenta sus fuerzas, mueve sus peones, los previene y el día tal a la hora prevista y en el lugar elegido, bajo jurisdicción de un juez afecto, realiza su crimen. Agentes policiales masones estarán prevenidos en los lugares claves para la investigación del suceso. Lo demás es fácil: se borran, manipulan o inventan pruebas, se falsean atestados y el juez extrema su celo masónico desviando la justicia, así como la prensa se ocupa de su cometido para ocultar y manipular información de cara a la opinión pública. Y si aún así el crimen se descubriese, se cuenta con hermanos en las altas esferas para poder evitar lo irremediable. Nuevos crímenes para encubrir el anterior, indultos, amnistías y hasta fugas preparadas hacen el resto. Todo ello lo iremos viendo a medida que vayamos analizando determinados acontecimientos históricos.

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Esto en cuanto a la seguridad de los ejecutores, sean o no masones, ya que gran parte de los crímenes masónicos no se realizan directamente por miembros de la secta, sino por mano de otras organizaciones extremistas, más o menos cercanas, terroristas fanatizados o simples mercenarios, ejecutores a los que se les facilita, financia e instiga, alentando sus pasiones contra la sociedad, dándose el caso frecuente, cuando son detenidos y juzgados, de confesar con toda naturalidad el crimen y sus móviles, aunque algunos se sorprendan muchas veces al conocer, ya en la prisión, que el sujeto o el móvil no representaba lo que él mismo se creyó.

Escribió Saavedra Fajardo: “la Naturaleza no dio alas ni pies a los animales muy venenosos porque no hiciesen mucho daño. Quien a la malicia da pies o alas, quiere que corra o que vuele”. El que lo quiera entender que lo entienda: “sea como sea, cueste lo que cueste”.

Colaboración del Cap. Escarlata