MARTIRES DE LA GUERRA CIVIL.

Mártir Ramón Roca Buscallá

Claretiano de Cervera. El Hermano Ramón era un religioso muy observante, piadoso, muy trabajador y dócil a los mandatos de los Superiores. Era un hombre de confianza como demuestra su cargo de portero.

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Ramón Roca Buscallá

Ramón Roca Buscallá, nació en Marzo de 1889 en Alpens (Barcelona); sus padres, él sastre, le bautizaron al día siguiente y fue confirmado en el mes de Octubre de ese mismo año. Su familia era numerosa, de la cual cuatro hijos fueron claretianos Ramón, Jaime, Gonzalo y Alfonso.

Ingresó en la casa noviciado de Cervera en 1906 y emitió la profesión el 7 de Junio de 1907, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Después de la profesión continuó en dicho noviciado desempeñando el oficio de sastre. En 1909 fue enviado a Solsona, comunidad claretiana en la que residió hasta 1930, haciendo siempre de portero y sastre, hasta que en tal año volvió a Cervera. En esta comunidad también desempeñó el oficio de sastre y otros cargos, hasta la dispersión de la misma.

El Hermano Ramón era un religioso muy observante, piadoso, muy trabajador y dócil a los mandatos de los Superiores. Era un hombre de confianza como demuestra su cargo de portero.

En Cervera se encontraba cuando el 21 de Julio de 1936, tres días después de producido el Alzamiento, la comunidad fue dispersada por orden del Comité Revolucionario de la localidad formado por militantes anarquistas de la CNT, socialistas del PSOE, comunistas del PCE y separatistas de ERC. Como era el sastre se quedó con el Hermano Clotas para acompañar a los hermanos que estaban enfermos al hospital donde se alojaron de momento.

El día 23 se trasladó a la casa de las hermanas Muixen, con las que pasó sólo un día. Al día siguiente, 24, fue a la casa de D. José Oliveras, donde estuvo quince días, y de ahí a la casa Torner, porque la casa de Oliveras no le pareció segura ya que tal persona también estaba muy vigilada. Durante estos días hizo vida de familia y se dedicaba a rezar, principalmente el Santo Rosario. Aunque estaba preocupado por lo que pasaba no tenía miedo a la muerte y tampoco decía nada sobre los perseguidores que pululaban por todas partes. De la casa Torner fue al Mas Claret el día 13 de Septiembre. Cuando llegó al Mas Claret exclamó: “¡Gracias a Dios, que podré oír Misa y comulgar!”; en tal lugar se hallaban concentrados varios religiosos por orden del Comité ya citado.

Así lo hacía cada día. Después iba al bosque porque en la casa no tenía sitio, ni permiso de estancia. A todos trataba con gran amabilidad. Al bosque, en una cueva, le llevaba la comida el H. Francisco Bagaría, pasando el tiempo rezando el Santo Rosario y meditando. Solicitó al Comité que le autorizaran para ir Barcelona, pero nunca le extendieron el oportuno salvoconducto. Estaba muy resignado y tranquilo. Nunca perdió la alegría de carácter tan suya: “Si nos matan, seremos mártires. Iremos al cielo donde estaremos mejor que aquí y no tendremos que escondernos.”.

Lamentaba, eso sí, los destrozos de la Revolución en personas y templos, mas decía: “Portémonos bien nosotros, que cada uno dará cuenta a Dios de lo que haya hecho y roguemos por los perseguidores para que Dios los ilumine.”. Aunque estaba  preocupado, y esperaba que se acabara aquel estado de cosas para poder volver al convento, nunca habló mal de los perseguidores; no tenía miedo a la muerte. Decía: “Si tiene que venir, que sea cuando Dios quiera.”.

El 16 de Septiembre, al atardecer, cuando volvía con el H. Bagaría, este, al ver a unos que iban por el camino, le dio un codazo para que estuviera alerta porque iban hablando de la Revolución.

De los caminantes con los que se cruzaron, uno se paró después de mirarlos; al parecer el motivo fue que confundió al H. Ramón con el párroco o rector de San Pedro de los Arquels, con el cual tenía cierto parecido, al cual buscaban los milicianos. Aquel hombre era un elemento destacado de las izquierdas de dicho pueblo. Dos días después, el 18 de Septiembre, miembros de la C.N.T.-F.A.I. de Cervera y el presidente del Comité de San Pedro se presentaron en Mas Claret preguntando por el párroco. Al decirles los misioneros que no estaba allí ni sabían dónde estaba, contestaron: “Si no está él, hay otro que se le parece.”.

Los del Comité amenazaron con hacer un registro por toda la finca, diciendo que le matarían. Temiendo que de esta manera encontraran al H. Roca, allí escondido, dijeron a los del Comité que tal vez se trataba de un Hermano que ya había pedido si podía estar con ellos en Mas Claret y todavía no había obtenido la respuesta. Entonces los del Comité dieron su palabra de honor de que nada le pasaría.

El H. Roca, aunque se resistía a presentarse porque temía lo que iba a ocurrir, lo hizo en cuanto del P. Ribé, Superior en funciones, se lo pidió para evitar males mayores al resto de religiosos allí concentrados. Como quiera que el Superior dijo confiar en la palabra dada por los milicianos, el H. Roca le respondió: “De la palabra de honor de esta gente no nos podemos fiar, mas, ya que lo dice el P. Ribé, me presento.”.

Aprovechando la ocasión, mientras se cambiaba de ropa, en el cobertizo, donde dormía y oía Misa cada día, llamó el H. Roca llamó al H. Bagaría y le dijo: “No me fío de esa palabra de honor. Seguramente que me matarán. Estoy muerto. Rueguen mucho por mí, para que Dios nuestro Señor me dé fuerzas en aquellos momentos. Y yo, en el cielo, me acordaré de vosotros. Y sacándose una cartera, me la dio diciéndome:  ¡Mira a ver si puede hacerla llegar a mi hermano (religioso claretiano) como recuerdo de mi martirio. De las pesetas que tiene, hagan lo que les convenga, que a mí no me harán falta.”.

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Fachada principal del edificio que fuera universidad.

Al subir al coche dio la mano a los Hermanos Ferrer y Bagaría diciendo bajito: “Rogad por mí, que yo también rogaré por vosotros.”.

Al H. Roca lo llevaron al edificio de la universidad para interrogarle y a la prisión “paseándole” por las calles. La prisión había sido instalada en el convento Noviciado de las Religiosas cordimarianas. Luego le condujeron a la sastrería colectiva que habían montado en la universidad para confeccionar prendas para el frente. En la sastrería se encontró con personas conocidas, como el Sr. Juan Solé Carbonel, sastre como él, con quien coincidió un día en la cárcel, y con María José Oriol Massip.

El 25 de Septiembre, cuando estaba hablando con la muchacha, le llamaron los milicianos. No tenía miedo a la muerte. Ella le dijo: “¡Mire que le matarán!”, y él contestó “¡Que me maten! ¡Contento!”.

Al H. Roca le llevaron a la sede del Comité Revolucionario, instalado en el convento de las Religiosas, y le encerraron allí; donde se encontró al Sr. Solé. DE camino entre la universidad y su nueva prisión, se topó con algunos conocidos, entre ellos con algún miembro de la familia de D. José Oliveras Riera, a los que saludó sonriente.

En la prisión estuvo tres días. El día 28, Francisco, hijo del Sr. Solé, fue a visitar a su padre tres veces, primera para llevar el almuerzo, segunda, después de comer, y tercera, por la tarde, para llevar un paquete de tabaco a cada uno, pudiendo hablar con el H. Roca, quien le dijo: “¡Francisco, hasta el cielo! Hoy día de la Virgen de la Merced alcanzaré el martirio.”.

El H. Roca estaba muy animado, sereno, resignado y esperaba con ilusión el martirio. Antes de terminar el tiempo de su detención fue incomunicado, prohibiéndole hablar con el Sr. Solé, que estaba en la misma habitación. Tenía guardia armada siempre a la vista. Al Sr. Solé le pusieron en libertad a las ocho y cuarto de la tarde por favores que había hecho a algunos de sus guardianes.

Al H. Roca le sacaron a las once y media de la noche y le llevaron al cementerio de Cervera; según confesión de Mercedes, mujer de uno de los revolucionarios, al H. Roca le pusieron un traje nuevo diciéndole que era para ir a Barcelona a hacer compras de ropas.

Entre los asesinos estaban uno de apodo “el Cadiraire” y Juan “el Xato”, peón de albañil en Cervera, que pocos días después fue a trabajar al Mas Claret y que comentó con sus compañeros de trabajo: “He muerto a muchos sacerdotes y frailes, mas no había encontrado nunca ninguno que fuese tan (…) (valiente) como este, que en los momentos de llevarlo a la muerte, como él ya sabía, estuviese tan tranquilo.”.

El Xato les comentaba lo que era la convicción de todos que: “A ver si acabamos de una vez con esta mala gente”, refiriéndose a los religiosos allí concentrados, y relataba que cuando iban a fusilar al H. Roca le dijeron que se pusiera de cara a la pared, a lo que el religioso respondió: “Tanto se puede morir de cara como de espaldas a la pared. Por amor de Dios os perdono a todos.”. Y continuaba el Xato diciendo que no había Dios porque al Hermano las balas le habían atravesado como a todos.

Así, acribillado, murió la noche del 28 de Septiembre de 1936. Fue enterrado en el mismo cementerio de Cervera.

 


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