Nada nuevo bajo este sol pútrido y en realidad oscuro que cubre a la Iglesia desde hace años. Irlanda, la católica Irlanda –como le ocurrió a España hace ya mucho–, uno de los bastiones de la catolicidad europea y occidental ha caído en el pozo de la apostasía, del relativismo y la degeneración al aprobar la despenalización del asesinato de los nasciturus, es decir, de los seres humanos en el vientre materno, o sea, de los seres humanos más indefensos que puedan existir. Irlanda da con ello un paso más, no por esperado menos doloroso, hacia su propia perdición, ofende gravísimamente a Dios, y como España, repetimos, sólo males ingentes puede esperar a partir de este momento.

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  • La cruz y la espada
De tan lamentable hecho, que emborrona para siempre la historia de tan hasta hace unas décadas digna nación –como ha ocurrido con España–, tiene mucha culpa su propio clero y no menos el humo de Satanás que expele, desde que se le coló dentro, la propia Santa Sede; que no se quejen ahora… aunque en realidad, si decimos la verdad, no hemos oído ni media queja de parte de los citados por lo ocurrido.

El clero católico en general, salvando las clásicas excepciones, que por escasas en proporción son más honrosas si cabe pero confirman esta regla, debería tomar nota de esta nueva terrible y trascendental derrota que por su decadencia, adocenamiento, relativismo, apostasía y muchas otras cosas más, sufre Nuestro Señor a manos de su secular enemigo.

Que los escandalazos de pederastia en Irlanda han tenido bastante que ver, está claro. Pero debe quedar bien sentado que muy por encima del daño de las ovejas negras que los protagonizaron, estuvo el de los pastores negrísimos que los encubrieron y no tuvieron ni la fe, ni las agallas para cortarlos por lo sano nada más detectarlos, arrojando sin piedad fuera del clero y de la Iglesia a los descarriados, salvando así el cuerpo de la contaminación de tan pestilente gangrena; como también su imagen y dignidad.

Pero además de lo anterior, mucho ha tenido que ver la crisis de fe, de esperanza y de caridad que cual terrible cáncer corroe al clero irlandés, como al católico en general, en mucha medida desde hace décadas. Las ovejas están sin pastor, por eso andan dispersas, confundidas, ignorantes y perdidas; y votan sí al crimen de niños por nacer. No se predica el Evangelio, sino sólo lo que interesa para quedar bien, porque saben que predicarlo en su totalidad haría que quedaran mal y hasta ahí podríamos llegar; mal con el mal, con lo que no puede ni debe ser, o sea, con lo que el mundo quiere.

Lo peor de todo, es que ni el clero irlandés, ni el de los demás países europeos y de allende los mares parece, hoy por hoy, estar dispuesto a recapacitar, a hacer verdadero examen de conciencia, arrepentirse, entonar el mea culpa, orar y hacer penitencia, convertirse y ponerse manos a la obra lanzándose por todos los caminos a anunciar la buena nueva sin miedo y con fe de verdad para cambiar esta cada día más triste situación; así les va y así nos va.

Por eso somos los católicos de a pié los que tenemos que tomar la iniciativa. Primero, comenzando por nosotros mismos, practicando esa oración y penitencia, y profundizando en el conocimiento verdadero de nuestra santa Fe. Segundo,  dando testimonio con la vida, las obras y las palabras por pequeña que sea la posibilidad que tengamos. Tercero, exigiendo a nuestros pastores que asuman sus responsabilidades, no dejándoles tranquilos y sacándoles de su marasmo, para lo cual lo más importante es desprendernos de ese pernicioso clericalismo que ellos mismos nos han inoculado durante las últimas décadas.

Si lo hacemos, Dios nos lo premiará, si no lo hacemos nos lo reclamará.

La Redacción