La caída del Imperio Romano

¿Enigma, misterio o certeza? ¿Por qué y cómo? La caída del Imperio Romano fue un hito al suponer la práctica desaparición de la civilización más avanzada del momento y con mucho. ¿Puede volver a repetirse la Historia o ya se está repitiendo?

  • La cruz y la espada
  Por Carmen Celdran

Un debate clásico entre los historiadores, desde hace siglos, es la caída del Imperio Romano. Los expertos tratan de averiguar por qué una civilización que llegó a dominar todo el occidente conocido pudo deshacerse, dando paso a la oscura noche de la edad media. Desde la teoría de Gibbon, que ponía el acento en el ascenso del Cristianismo hasta las peregrinas teorías que ponen el acento en un envenenamiento de plomo o un cambio climático, muchos investigadores han aportado su propia explicación. Lo más probable es que el Imperio Romano se deshiciera simplemente por un agotamiento de la cultura romana. Los sistemas organizativos están en constante cambio, y el mismo impulso que los lleva al ascenso, los empuja a la decadencia. Quizás sería más correcto decir que la civilización romana no desapareció sino que evolucionó y se transformó hasta hacerse irreconocible. Hablar de la caída del Imperio Romano es poner tan sólo el acento en la estructura de poder imperial que efectivamente cayó, en su parte occidental, con la deposición de Rómulo Augústulo, en el 476 dC. Pero la cultura romana continuó su evolución (o degradación) hasta dar paso a la Edad Media.

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Lo que sí resulta cierto es que en los últimos siglos del Imperio se constatan una serie de elementos de decadencia del modo de vida romano que favorecen, en distinto grado, su descomposición. La fuerte presión migratoria, la corrupción política, la elevada fiscalidad o el desinterés de los ciudadanos por la vida política son circunstancias que ayudaron a que el panorama político europeo cambiara a lo largo de los siglos IV y V, pasando el control a las tribus bárbaras. La única institución que, por cierto, mantuvo una cierta unidad política de Europa fue la ascendente Iglesia Católica, cuyas relaciones con el complejo y cambiante poder civil no resultaron siempre pacíficas, aunque en general los reyes bárbaros trataron de aceptar la religión de una población ya totalmente cristianizada.

Y es que, por encima de factores económicos, climáticos y externos, cuando una sociedad deja de creer en sí misma nada la puede salvar de la destrucción. En la caída de Roma se da, al mismo tiempo, una elevada presión de extranjeros que querían entrar en el Imperio y adoptar el roman way of life, junto con el hastío de los ciudadanos romanos que huían al campo, abandonando las ciudades y la vida social. Cuando los bárbaros quisieron hacerse con el poder no encontraron a nadie dispuesto a defender la romanidad.

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Tampoco digo nada nuevo si comparo la situación de los últimos tiempos de Roma con la actualidad. También hoy día tenemos un occidente económicamente paralizado, socialmente convulso e ideológicamente derrotado. En la actualidad también el primer mundo tiene una gran presión migratoria. Millones de personas intentan entrar cada día a nuestras fronteras, donde esperan encontrar un medio de vida infinitamente superior a la de sus países. Pero al mismo tiempo, los acomodados occidentales han olvidado el privilegio que supone vivir en una sociedad democrática, donde los derechos humanos son valores aceptados y un ciudadano puede vivir de su trabajo sin temor a que saqueen su casa, violen a sus hijas o decapiten a su familia. Occidente tiene grandes problemas, terribles desigualdades e injusticias, pero olvidamos con frecuencia que es, probablemente, el mejor mundo de toda la historia de la humanidad, y que nuestra paz, seguridad e igualdad se asientan en una larga evolución de la cultura occidental, asentada en la filosofía clásica, el Derecho romano y el cristianismo.

Al igual que en el siglo V, occidente tiene el enemigo a las puertas. Un enemigo bárbaro y feroz que desconoce los valores de nuestra civilización, que no duda en decapitar o masacrar a quien no comparte su fe y que está dispuesto a arrasar nuestra cultura para imponer la suya. Y desgraciadamente la sociedad occidental padece los mismos males que la acomodada sociedad romana de entonces. Quizás tuviera razón Polibio cuando decía que es inevitable que las generaciones que no han luchado por conseguir ciertas cotas de comodidad, seguridad y derechos, porque los han recibido de sus antepasados, sean incapaces de valorarlas y defenderlas.

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