Alvaro Ch
  • La cruz y la espada
  • La cruz y la espada
 Por Álvaro Ch.

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  • La cruz y la espada
En 1982, hace más de tres décadas, el Papa san Juan Pablo II pronunciaba en Santiago de Compostela el siguiente llamamiento dirigido desde España a Europa:

“Yo, Sucesor de Pedro en la Sede de Roma, una Sede que Cristo quiso colocar en Europa y que ama por su esfuerzo en la difusión del cristianismo en todo el mundo.

Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual, en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades. Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. No te enorgullezcas por tus conquistas hasta olvidar sus posibles consecuencias negativas. No te deprimas por la pérdida cuantitativa de tu grandeza en el mundo o por las crisis sociales y culturales que te afectan ahora. Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo. Los demás continentes te miran y esperan también de ti la misma respuesta que Santiago dio a Cristo: «lo puedo».”

El Papa polaco defendió una y otra vez la herencia cristiana de Europa frente a los ataques de las distintas ideologías que pretendían acabar con ella (islam, liberalismo, fascismos, marxismo…). Décadas después, aquella Europa no escuchó su llamamiento y vive hoy una crisis de identidad sin precedentes, con una división palpable unida cada vez más al auge de populismos de distinto tipo como los que estamos viendo estos últimos años. Europa se enfrenta a grandes retos: la crisis ideológica, el colapso demográfico, el debilitamiento de la función natural de la familia, el problema de la migración y la crisis de identidad patria. Necesita ayuda del cielo y el ejemplo de los santos, porque sola no puede responder a esos desafíos. Necesita girar la mirada hacia esa vieja Europa y avivar sus raíces cristianas.

Y bien, ¿cuál es el papel de España ante esta realidad desoladora?

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Resulta precioso un hecho constatado por los evangelios, y es que Jesucristo tenía preferidos entre sus apóstoles. Tres de ellos, Pedro, Santiago y Juan, tuvieron el triple privilegio de asistir a la Transfiguración en el Tabor, a la resurrección de la hija de Jairo y a otra transfiguración, esta de forma cruenta y dolorosa, en el Huerto de los Olivos, al inicio de la Pasión.

Cristo entregó a cada uno de ellos lo que más quería. A san Juan le entregó a su Madre, desde la cruz. A san Pedro le puso a la cabeza de Santa Iglesia Católica. Y al bueno de Santiago le tocó la evangelización de Hispania. No fuimos una mala encomienda para el apóstol, aunque por nuestra cabezonería y forma de ser le costamos tanto que, la Virgen María, en carne mortal, tuvo que venir a Zaragoza en su auxilio. Desde aquellos días la semilla evangelizadora puesta por el Apóstol empezó a asentar sus raíces en nuestra tierra. De ahí que san Juan Pablo II se refiriera a España como “Tierra de María”.

Ya con un cristianismo de raíces fuertes, España ha sido la Evangelizadora de la mitad del orbe, cuna de santos, martillo de herejes, espada de Roma, luz de Trento… A lo largo de su historia, España ha sido la nación que más almas ha acercado a Dios. Poseedora de la tierra con más santos por metro cuadrado del mundo y superviviente de la mayor persecución cristiana de la historia, nuestra querida patria España tiene el deber moral de responder desde hace tiempo a esa llamada, siguiendo el ejemplo de aquellos españoles que dedicaron su vida, incluso hasta llegar a la muerte, por el sostenimiento de la fe católica ante los ataques del enemigo.

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Es hora de encontrarnos y ser nosotros mismos, descubrir nuestros orígenes, avivar nuestras raíces y revivir aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa nuestra historia y benéfica nuestra presencia en los demás continentes. Desde los primeros evangelizadores en América, hasta los últimos divisionarios de la División Azul en su lucha contra el comunismo soviético, los españoles siempre hemos dejado una huella amorosa en todos aquellos pueblos en donde nos fue encomendada realizar nuestra misión, incluyendo el propio. Debemos reconstruir, no únicamente nuestra unidad nacional, sino primordialmente nuestra unidad espiritual. Aquella unidad espiritual que ante la invasión francesa supo ponernos como capitanes en la tropa aragonesa. La misma unidad que en el 36 unió a carlistas y falangistas, a católicos y españoles de toda clase. Una unidad que durante 40 años mantuvo una nación sin separación alguna.

En España la peor crisis que estamos viviendo no es del tipo económica, sino de identidad, pues esa unidad espiritual existente desde hace 1500 años ha quedado quebrantada tanto por una serie de separatismos interiores como por una descristianización del pueblo español. Una vez veamos quienes somos en verdad, de donde venimos y a donde debemos ir, encontraremos aquella misión que hemos tenido a lo largo de la historia, unida desde siempre a una vocación imperial innegable.

Como unidad de destino en lo universal que es, España es una realidad histórica, una entidad verdadera en sí misma que supo cumplir, y que debe de seguir cumpliendo, misiones universales. Y será dentro del cumplimiento de esas misiones universales en donde se realice a sí misma,  alcanzando de nuevo su unidad, grandeza y libertad.

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Padre Bernardo de Hoyos

No cesemos nunca de prolongar ese grito lleno de amor entonado por san Juan Pablo II, y encomendémonos a él, para que su ejemplo en la tierra y su intercesión desde Cielo sean para nosotros, guía y ejemplo en el camino hacia una Europa unida y fraterna, hacia una España católica defensora del Reinado Social de Cristo. Seamos a su vez, fieles y esperanzados por aquella Gran Promesa que en 1733 fue hecha por Nuestro Señor Jesucristo al padre Bernardo de Hoyos:

“Reinaré en España, y con más veneración que en otras muchas partes“

San Juan Pablo II, ¡ruega por nosotros!

Madre Inmaculada, ¡intercede por nosotros!

¡Viva Cristo Rey! ¡Santiago y cierra, España!

Alvaro Ch
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 Por Álvaro Ch.