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La invasión de los bárbaros

De igual forma, los políticos franceses y británicos respondieron a la inmigración inicial de poblaciones no occidentales a sus países post-Segunda Guerra Mundial de formas característicamente diferentes. Charles de Gaulle, supuestamente el líder de Francia más importante desde Napoleón, ponía el acento en la cultura, mientras Enoch Powell, pujante astro del Reino Unido, lo ponía en la raza.

La semana que viene, D.m., esta publicación digital publicará una colección de datos sobre los efectos de la desmesurada inmigración que sufre España desde hace décadas, dentro de la cual la de los inmigrantes mahometanos es más que preocupante; maremoto inmigratorio que ni decir tiene que premeditado y auspiciado desde los poderes fácticos europeos y españoles. Como adelanto al análisis de tal problema, les ofrecemos un artículo de Daniel Pipes recogiendo las voces de dos importnates personajes que ya en su tiempo dieron proféticamente la voz de alarma sobre tal fenómeno.

–oo–

crecimiento-en-europaLos francés y británicos han mantenido históricamente posturas distintas en relación con la inmigración sobre todo de musulmanes, centrándose más el primero (según la tradición romana) en la cultura y el segundo en la raza, la jerarquía y la familia. Esta diferencia adoptó múltiples formas: en los municipios pequeños de la antigua colonia francesa de Níger pueden encontrarse platos mixtos bifteck-frites, pero poca comida británica se encuentra hasta en las ciudades de la vecina Nigeria. El senegalés Léopold Senghor se convirtió en un importante poeta francés y figura cultural, mientras que el bengalí Rabindranath Tagore nunca supo trascender su origen hindú.

De igual forma, los políticos franceses y británicos respondieron a la inmigración inicial de poblaciones no occidentales a sus países post-Segunda Guerra Mundial de formas característicamente diferentes. Charles de Gaulle, supuestamente el líder de Francia más importante desde Napoleón, ponía el acento en la cultura, mientras Enoch Powell, pujante astro del Reino Unido, lo ponía en la raza.

He aquí sus discursos en la materia, empezando por de Gaulle (1890-1970), en uno del 5 de marzo de 1959:

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Charles de Gaulle

“Es muy bueno que haya franceses asiáticos, negros, mulatos. Ellos demuestran que Francia está abierta a todas las razas y que tiene vocación universal. Pero a condición de que sigan siendo una minoría reducida. De otra forma, Francia dejaría de ser Francia. Seguimos siendo principalmente un pueblo europeo de raza blanca, cultura grecolatina y religión cristiana.

¡Que no me cuenten historias! ¿Ha ido usted a verlos, a los musulmanes? ¿Los ha visto con sus turbantes y galabiyas? ¡Salta a la vista que no son franceses! Los que defienden la inmigración tienen el cerebro de un colibrí. Intente mezclar aceite y vinagre. Agite la botella. Tras un segundo, vuelven a separarse.

Los árabes son árabes, los franceses son franceses. ¿Cree usted que la entidad política francesa puede absorber a diez millones de musulmanes, que mañana serán 20 y pasado mañana 40 millones? Si integramos, si todos los árabes y bereberes de Argelia son considerados franceses, ¿les impedirá usted asentarse en Francia, donde el estándar de vida es mucho más elevado? Mi pueblo dejaría de llamarse Colombey Dos Iglesias para llamarse Colombey Dos Mezquitas.”

Ahora el británico Enoch Powell, quien además de poner fin a la inmigración, llamaba a la re-emigración o repatriación de los inmigrantes a sus países de origen.

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Enoch Powell

“Si se acabara mañana toda la inmigración, el ritmo de crecimiento de la población inmigrante y de ascendencia inmigrante se vería reducido sustancialmente, pero el futuro tamaño de este elemento en el seno de la población seguiría sin afectar al carácter básico del peligro nacional. Esto sólo puede abordarse mientras una proporción considerable del total siga abarcando a personas que llegaron a este país en los últimos diez años más o menos. De ahí la urgencia de implantar ya el segundo elemento de la política del Partido Conservador: el estímulo a la repatriación.

También quería poner fin a lo que percibía como favoritismo hacia los inmigrantes:

“…todos los que estamos en este país como ciudadanos debemos ser iguales ante la ley y no debería de haber discriminación ni diferencia entre ellos de cara a la autoridad pública… Esto no significa que el inmigrante y su descendencia deban elevarse a una categoría especial o con privilegios, o que se deba negar al ciudadano su derecho a discriminar entre un conciudadano y otro en la gestión de sus propios asuntos.”

A tenor de esta materia, Powell se elevaba retóricamente:

“No puede haber error de concepción más grotesco de la realidad que el practicado por los que exigen de forma vehemente de legislaciones contra lo que ellos llaman “discriminación”, ya sean referentes de opinión del mismo ramo y a veces de la misma cabecera que un año de la década de los 30 tras otro intentaron cegar a este país frente al creciente peligro al que se enfrentaba, o los arzobispos que viven en palacios, delicadamente arropados.”

Por último, Powell se despachaba contra la integración.

“Ser integrado en una población significa pasar a ser indistinguible a todos los efectos prácticos de sus demás miembros. Hoy, continuamente, donde hay acusadas diferencias físicas, en especial de color, la integración es difícil, si bien no imposible a lo largo de un margen de tiempo.”

Y el gran final para concluir:

“Al mirar al futuro, me inunda el pesimismo. Como los romanos, intuyo “el río Tíber bajando sangre”…”.

Este discurso puso fin en la práctica a la carrera política otrora prometedora de Powell.

 


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