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Franco y la cuestión judía

Podemos afirmar que fue precisamente la España de Franco la única nación como tal, y sus autoridades las únicas, que oficial e institucionalmente ayudaron en lo posible a los judíos europeos a escapar de tal persecución. Y ayuda lo fue por humanidad, por caridad cristiana y a pesar de que ningún beneficio, sino todo lo contrario, podía esperarse de tal política que atacaba directamente uno de los pilares del nazismo.

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De todos es sabido que una de las particularidades del nazismo fue su exacerbado antisemitismo, sentimiento que llevó hasta extremos nunca antes conocidos.

leyes nazis judiosLos nazis contaron para ello con importantes ayudas de parte no sólo del fascismo italiano, sino también de los sectores filo-nazis de los países aliados u ocupados por sus tropas; muy en particular de parte de las autoridades colaboracionistas galas, incluida la Gendarmería francesa y muchos ciudadanos de dicho país. Aunque no directamente, el denominado Holocausto pudo llegar al nivel que alcanzó sólo porque los aliados, cuando tuvieron conocimiento de él, nada hicieron para evitarlo –y podían haber hecho bastante– o al menos aminorarlo, prefiriendo ignorarlo.

Podemos afirmar que fue precisamente la España de Franco la única nación como tal, y sus autoridades las únicas, que oficial e institucionalmente ayudaron en lo posible a los judíos europeos a escapar de tal persecución. Y ayuda lo fue por humanidad, por caridad cristiana y a pesar de que ningún beneficio, sino todo lo contrario, podía esperarse de tal política que atacaba directamente uno de los pilares del nazismo.

La ingente labor humanitaria realizada por los diplomáticos españoles durante la II Guerra Mundial en favor de los judíos no fue algo particular de ellos o realizado a espaldas y en contra de Franco y de su régimen, sino todo lo contrario.

Pues bien, el lector va a poder comprobar que sin restar mérito, ni mucho menos, a dichos diplomáticos, lo que en realidad hicieron fue cumplir con las instrucciones que les daba el Ministerio de Asuntos Exteriores español que, a su vez, emanaban directamente de Franco. Así pues, el mérito principal de la labor de salvación de judíos durante la II Guerra Mundial llevada a cabo por España se debe expresamente a Francisco Franco.

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Anti-Semite_graffiti_Oslo_1941Conforme Hitler se asentó en el poder se pusieron en marcha de forma progresiva una serie de leyes antisemitas que poco a poco fueron arrinconando a los ciudadanos alemanes de origen judío. En Abril de 1933 se excluía por ley de poder pertenecer a la administración pública a los funcionarios y empleados de origen judío, así como a cualquier otro considerado “…políticamente poco confiable…”. En ese mismo mes otra ley limitaba el número de estudiantes judíos en las escuelas y universidades. Otra restringía la “…actividad de los judíos…” en la medicina y la judicatura. Por las llamadas “Leyes de Núremberg”, aprobadas en Septiembre de 1935, los judíos alemanes quedaban privados de la ciudadanía alemana y se les prohibía casarse o tener relaciones sexuales con personas “…alemanas o de sangre alemana…”; otras normas complementarias los privaron de la mayoría de sus derechos políticos como el de votar. Por dichas leyes se definía por primera vez como “judío” a todo el que tres o cuatro de sus abuelos hubiera sido judíos. En Noviembre de 1938 se gravó con un impuesto especial suplementario del 20 por ciento a las rentas de los judíos alemanes que quisieran permanecer en Alemania; con dicho impuesto la Hacienda germana recaudaría cada año mil millones de marcos extras. Asimismo se prohibió a los médicos judíos tratar a no judíos, y se suspendieron las licencias de los abogados judíos. Por último, a partir de principios de 1939, los alemanes de origen judío cuyos nombres fueran de origen “no judío” tenían que agregarles, respectivamente, “Israel” o “Sara” para hacerlos así fácilmente identificables como judíos. Además se obligó a los judíos a portar tarjetas de identidad especiales que indicaban dicho origen, constando en sus pasaportes una “J” bien visible para identificarlos como tales. Los nazis publicaron a los cuatro vientos y alardearon sin ambages de su intención de aumentar hasta lo indecible la persecución contra los judíos. Comenzada la II Guerra Mundial, tampoco ocultaron sus esfuerzos por “concentrar” a los judíos en guettos y campos especiales cuyas condiciones eran a toda vista infrahumanas; tanto que incluso para contrarrestar la mala propaganda que les causaba se vieron obligados a producir varios documentales, hábilmente trucados, en los que presentaban como idílica la vida de los judíos en dichos lugares.

A pesar de que todo fue siempre público y conocido en el mundo entero, ningún país interpuso la más mínima queja, ni se rompieron relaciones con Alemania, ni el asunto fue llevado a discusión en la Sociedad de Naciones. Así pues, hay que dejar constancia de que la persecución contra los judíos, aun siendo de origen alemán –cuyos ciudadanos no podían alegar tampoco desconocimiento–, contó con el visto bueno, al menos tácito, es decir, con el silencio cómplice, de la comunidad internacional, incluidos los países democráticos que luego, al final de la guerra, tanto enarbolarían la bandera de la indignación y el horror por lo sucedido.

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España fue desde muy temprano adalid de la salvación de los judíos. Puede que la primera referencia oficial concreta que se posee sobre la firme decisión de Franco y su Régimen no sólo de no ser cómplices de dicha persecución, sino incluso de intentar paliarla, es una nota de Octubre de 1940 del nuncio en Berlín, Mons. Cesare Orsenigo, al Secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Luigi Maglione, en la que le decía “…el tránsito por España (a los judíos) está permitido…” al dar cuenta de que la embajada española en la capital alemana acababa de conceder 3.000 visados a judíos alemanes para poder trasladarse a Brasil vía España.

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Serrano Suñer

La segunda referencia son las respuestas oficiales que en dos ocasiones distintas, y en fechas tan tempranas como el 8 de Diciembre de 1940 y el 3 de Enero de 1941, emitía el Ministerio de Asuntos Exteriores español, dirigido entonces por Serrano Suñer –en esos momentos, para más inri posiblemente máximo exponente de la corriente germanófila de la Falange–, a sendas preguntas de las embajadas de Rumanía y Bulgaria en Madrid en las que se afirmaba con rotundidad que “…no existe (en España) legislación que establezca diferencias de razas… ni discriminación alguna en relación con los judíos que residen en España…”; recordemos además que cuando Serrano contestaba así se estaba gestionando la entrevista entre Franco y Hitler que se celebraría en Febrero de 1941, es decir, que a pesar de encontrarse España en una posición delicadísima, como sabemos, sometida a tremendas presiones por parte de Alemania, ni siquiera para congraciarse en ese peligroso instante con Hitler, amo de Europa, estaba dispuesto Franco a “venderle” un gesto “amistoso” en asunto tan apetecible para el mandatario alemán como era la persecución contra los judíos. La postura española daría lugar a finales de 1941 a varias quejas diplomáticas de parte de rumanos y búlgaros acusando a España de no aplicar las leyes antisemitas impulsadas por los alemanes en todos los países ocupados o colaboracionistas, como era el caso de los dos citados que sí las aplicaban y en los que sus gobiernos perseguían a los judíos tanto como los alemanes.

Durante 1941 –en cuyo mes de Julio el Mariscal Goering urgía a Heidrich, lugarteniente de Himmler, a “…estudiar una solución total para el problema judío…”, orden precursora del exterminio sistemático que en breve iba a comenzar–, tres hechos corroborarán el afianzamiento de la decisión española de salvar cuantos judíos fuera posible: por un lado, a los judíos residentes en el Protectorado español de Marruecos, unos 14.000, se les garantizó oficialmente que “…en tanto en cuanto el Gobierno español esté en el poder, ningún judío refugiado del nazismo, sufrirá daño alguno…”; por otro, al iniciar el gobierno colaboracionista francés de Vichy un censo de los judíos residentes en su territorio con vistas a ponerlos a disposición de las autoridades alemanas en cuanto lo solicitasen, así como a aplicar las leyes antisemitas alemanas –incluida la de portar bien visible en sus ropas una estrella de David amarilla–, las legaciones diplomáticas españolas en territorio galo recibían orden expresa del Ministerio de Asuntos Exteriores español de autorizar a los judíos sefardíes residentes en Francia a que cuando fuesen interrogados dijeran que poseían la “…nacionalidad española…”, que estaban bajo el amparo del gobierno español como ciudadanos españoles que eran y, por ello, exentos del censo y de acatar las leyes antisemitas que entraban en vigor. Gracias a ambas disposiciones, durante 1941 y 1942 no menos de unos 35.000 judíos residentes en Francia pasarán a España a través de la frontera hispano-francesa.

En honor a la verdad, hay que señalar aquí que en medio de tal avalancha se produjeron algunos casos puntuales –muy pocos, que además fueron excepciones válidas para confirmar la regla general antes afirmada– por los cuales algún funcionario español de aduanas, dejándose arrastrar por su germanofilia del momento, entorpeció el cumplimiento de las instrucciones dadas por el ministerio e, incluso, en algún caso, impidió el paso de algún que otro judío por la frontera con Francia, acabando alguno de ellos en poder de la Policía francesa que a su vez los entregó a los alemanes. Sin ocultar tan deleznables actos, en honor a la verdad histórica, hay que volver a recalcar que fueron mínimos, que su responsabilidad sólo fue competencia personal de los funcionarios que los llevaron a cabo y que con ellos incumplían además las instrucciones muy concretas y claras del Ministerio de Asuntos Exteriores español –emanadas del propio Franco, como todas las de política exterior– en el sentido de amparar a los judíos. En cuanto tales hechos fueron detectados y denunciados tanto el ministerio como la Policía los corrigieron de forma expedita y contundente.

Por último, sería el vapor-correo español “Plus Ultra”, de 4.300 Ton., el primero y único que, partiendo de Barcelona y costeado el viaje por el Estado español, se desplazaba a la actual Bosnia y a Grecia donde, tras recoger a uno quinientos judíos, los trasladaba a Haifa, puerto ubicado en el actual Israel, entonces colonia inglesa de Palestina; ninguna nación, ni siquiera ninguno de los aliados, hizo en fecha tan temprana nada igual, ni lo haría hasta terminada la guerra mundial.

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El Plus Ultra

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Con tales medidas España se adelantaba al resto del mundo en la salvaguarda de los judíos perseguidos, siendo además el único país que así actuaba entonces y prácticamente el único que lo hará durante la duración de la contienda. Y eso que hay que resaltar que por entonces, 1941, todavía no se conocía lo que los alemanes estaban comenzando a hacer con los judíos.

Dos fueron las primeras noticias fidedignas que llegaron España por las cuales pudo intuirse, bien que no conocerse ni siquiera imaginarse, que los alemanes podían estar yendo mucho más allá de lo que las ya de por sí discriminatorias leyes antisemitas en vigor habían llegado:

* En Diciembre de 1941, una delegación española que asistió a un congreso sobre tuberculosis en Viena informaría a su regreso sobre la sorpresa y alarma que les habían causado ciertas jactancias públicas de sus colegas alemanes según las cuales “…empieza a ensayarse el procedimiento de eutanasia para los locos… los polacos reciben el 75 por ciento de la ración del ciudadano alemán y los judíos sólo el 50 por ciento… a los judíos los han encerrado en guettos: el de Cracovia tiene 30.000 judíos y el de Varsovia 300.000… no pueden salir del guetto más que con pasaporte, pudiéndoseles fusilar si se les encuentra en la calle sin él. Como viven hacinados en los guettos y sin carbón, la epidemia (de tifus) se ha desarrollado enormemente…”.

* En el verano de 1942 una comisión española formada por tres altos mandos de la Armada, se desplazó a Alemania a instancias de Carrero Blanco en misión informativa sobre diversos asuntos de mutuo interés, aportando en su informe a su regreso algunos datos recogidos de forma circunstancial sobre la situación de los judíos “… (los judíos) son obligados a llevar la estrella de Israel, no permitiéndoseles la estancia en parques zoológicos, baños y muchísimos establecimientos de recreo; también muchos comercios les niegan la entrada… Las profesiones liberales son ejercidas, pero nada más que para la comunidad judía. La campaña de agitación contra los judíos continúa,… El número se ha reducido mucho, siendo castigados los que no llevan la estrella a deportación a Polonia. El número de suicidios es bastante grande… El odio de la población para con ellos es general…”; fue en ese verano cuando en realidad comenzó la deportación masiva de judíos desde todos los países ocupados por Alemania a campos de concentración –situados preferentemente en Polonia– en aplicación de la denominada “solución total o final”.

Para reforzar la política de ayuda a los judíos que desde el comienzo de la guerra, como hemos visto, venía practicando España por orden expresa de Franco a través del Ministerio de Asuntos Exteriores, con fecha 4 de Agosto de 1943 el Consejo de Ministros, presidido por el Caudillo, ratificaba expresamente la orden dada por Gómez-Jordana el 28 de Julio a la embajada española en Berlín ordenándole que otorgara visados a los judíos sefarditas residentes en Salónica (Grecia). Además, con fecha 15 de Junio de 1943, y ante la tremenda presión que desde hacía poco venían ejerciendo las autoridades alemanas para obligar a las españolas a cesar en su otorgamiento de pasaportes a judíos, el mismo Franco había firmado una instrucción general trasmitida a todas las delegaciones diplomáticas españolas en el extranjero en la que ordenaba que “…se hiciera ver a las autoridades antisemitas (por ello nazis, fascistas o de los países colaboracionistas), que en España las leyes no hacían acepción de personas por su credo o raza. Por ello, todos los judíos residentes (en el país de la delegación) debían ser protegidos como cualquier otro ciudadano (español)…”.

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Fco. Gómez-Jordana
 Jan Karski
Jan Karski

Aún más, con fecha 27 de Noviembre del año citado, el ministro Gómez-Jordana trasladaba al embajador norteamericano en Madrid, Samuel Hayes –por cierto de origen judío–, la protesta aprobada por el Consejo de Ministros celebrado ese día por “…el comportamiento indiferente de los aliados…” ante el problema de los refugiados judíos. Y es que era verdad, pues desde mediados de 1942 los aliados conocían lo que se hacía con los judíos gracias a Jan Karski, polaco de origen judío que había logrado entrar y salir de un campo de concentración y después evadirse a Occidente, quien había informado de viva voz al Gobierno británico en Londres –y en 1943 al norteamericano en Washington–, sobre la realidad de los campos de concentración, bien que con resultado nulo pues ambos gobiernos optaron por  “…no creerle…”, prefiriendo así no darse por aludidos, mirar hacia otro lado y no hacer nada por los judíos hasta el final de la guerra, mostrándose entonces “sorprendidos” por la realidad de los campos de exterminio y de lo ocurrido que, recalcamos, conocían desde muy temprano.

No hay duda pues, en contra de lo que ahora se pretende hacer creer, de que la política española de protección de los judíos no fue una iniciativa propia de los diplomáticos españoles, ni mucho menos realizada a espaldas o en contra de Franco o del Gobierno español, sino cumplimiento preciso de directrices concretas, firmes y decididas emanadas del propio Caudillo, como no podía ser de otra forma de parte de un acendrado católico como era él, factor, entre otros muchos, que le diferenciaban, y lo harían siempre, de nazis, fascistas u otro tipo de dictadores, incluidos los comunistas, pues en la Rusia de Stalin se persiguió a los judíos con la misma saña, bien que con métodos distintos, que en la Alemania de Hitler, algo que hoy se oculta.

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Pilar Primo de Rivera

Para demostrar aún más que la actitud española con respecto a los judíos no sólo era propia de Franco, sino también del resto de autoridades del Régimen, dejaremos constancia de que en Diciembre de 1942, Pilar Primo de Rivera, hermana de José Antonio y jefa de la Sección Femenina, pronunciaría en Viena un discurso ante las más altas jerarquías nazis en el que no se cortó al afirmar con rotundidad “… Queremos dejar bien sentado que nuestra oposición al judaísmo envolvería, en todo caso, un sentido estrictamente político, económico y social, y no una oposición por razones de raza o reli­gión…”; es decir, que el ideario falangistas bajo ningún concepto anidaba sentimientos antisemitas.

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Para escapar de las deportaciones será por lo que los judíos de origen sefardí –y otros que no lo eran pero que conseguían hacerse pasar por ellos–, sabiendo el amparo que les otorgaban las legaciones diplomáticas españolas acudirán en masa a ellas solicitando se les expidiera el pasaporte español para poder salvarse, lo que indefectible e inexcusablemente se les proporcionaba, hecho conocido por las autoridades alemanas y colaboracionistas del país que fuera con gran malestar de su parte; esto último algo hoy desconocido a base de no querer recordarlo, como por ejemplo el hecho de que Francia fue, de entre todos los países ocupados, líder entusiasta y eficaz en la deportación de judíos “…los alemanes han encontrado en Francia menos resistencia y más colaboración que en ninguna parte para perseguir a los judíos, pues las autoridades francesas han ido en este aspecto más allá que las alemanas…” (Informe del Ministerio de Asuntos Exteriores a Franco en Diciembre de 1943); las autoridades de Vichy llegarán a enviar a Polonia a unos 20.000 judíos, mientras que las propias alemanes en Francia lo harán con 5.000–; otros países muy activos en la deportación de judíos fueron Hungría, Rumanía, Bulgaria y Grecia.

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Hemos hecho referencia a que España protegía como a ciudadanos propios a los llamados “judíos sefarditas”, pues bien, bajo tal apelativo se escondía en realidad una argucia legal que fue a la que se agarraron la autoridades españolas para salvar judíos; y no es que no se quisiera salvar a los no sefarditas, sino que para salvarlos había de algún modo que justificarlo ante las autoridades alemanas, pues incluso labor tan evidentemente humanitaria y caritativa debía revestirse de legalidad no sólo para que fuera efectiva, sino también para que no levantara excesivamente las iras germanas dada la importancia capital que daban los nazis al exterminio judío, por lo que todo lo que se hiciera en su favor era siempre mal mirado.

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Gral. D. Miguel Primo de Rivera

Suprimido en 1923 el régi­men especial que protegía a los cristia­nos y judíos en territorio turco, el Gene­ral Primo de Rivera sometió a la firma de Alfonso XIII en 1924 un decre­to ley, para el que consiguió además el reconocimiento internacional, según el cual se permitía a los judíos sefardíes que lo quisieran –es decir, a los judíos descendientes de los que fueron expulsados de España en tiempos de los Reyes Católicos– inscribirse como españoles en las legaciones diplomáticas españolas en el extranjero –embajadas y consulados– sin condiciones ni limitación alguna. Tal decreto, en vigor y reconocido como se ha dicho internacionalmente en todo el mundo cuando estalló la II Guerra Mundial, fue el pilar sobre el que Franco y el Régimen sustentaron su política de ayuda a los judíos, pues bastaba con que los que no lo habían hecho nunca o incluso los que no eran sefardíes se acercaran a una embajada o consulado español para que se les expidiera un pasaporte en toda regla, por el cual no sólo les convertía automáticamente en ciudadanos españoles, por lo que no estaban sujetos a las leyes alemanas o del país que fuera, sino que además lo eran de una nación que gracias a Franco era neutral por lo que menos aún podía actuarse contra ellos; de nuevo la providencial neutralidad española aportaba inesperados beneficios. Tanto es así, que los sefardíes residentes en Alemania venían evitando las leyes antisemitas germanas desde el ascenso de los nazis al poder en 1933 gracias a lo anterior; como también lo lograrían en los países ocupados y, mejor aún, cuando comenzaran las deportaciones conseguirían escapar de ellas y de los países en los que residían gracias a esos pasaportes.

Un vez obtenido el pasaporte dichas personas procedían de inmediato a buscar la manera más rápida para abandonar sus países de residencia. Cuando llegaban a aquella España que por entonces atravesaba gravísimas dificultades alimenticias, como no se les podía permitir la estancia prolongada en ella, se les obligaba, pasado un tiempo, a acelerar los trámites para trasladarse a terceros países. Sólo se otorgaban permisos de residencia a los que demostraban tener parientes en España o recursos económicos suficientes para vivir; los demás, dando incluso preferencia a los jóvenes en edad militar –a petición de los aliados–, en cuanto se podía eran trasladados al protectorado español de Marruecos donde la colonia judía era muy numerosas, existiendo en ella organizaciones judías de ayuda autorizadas también por el Gobierno español que se encargaban de ellos. El número de judíos que llegó a España, sobre todo a partir de 1942, fue muy considerable. En total se calcula que no menos de unos 60.000 judíos salvaron la vida durante la II Guerra Mundial gracias a Franco, a su Régimen, a los diplomáticos españoles y, por todo ello, a España.

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José Félix de Lequerica

Sería muy difícil, quedando además fuera del ámbito de este trabajo, dar cuenta de la multitud de historias que se acumulan en torno a la intensa y peligrosa labor de ayuda a los judíos llevada a cabo por España durante la guerra mundial; sería también muy difícil citar a todos los que en tan encomiable labor gastaron grandes esfuerzos y arrostraron peligros sin cuento. Por ello, lo haremos sólo con los más relevantes comenzando por Franco, artífice principal de dicha ayuda, sin cuya dirección, autorización y respaldo expreso y contundente nada de lo que se hizo se hubiera hecho. Junto a él a los ministros de Asuntos Exteriores de aquellos años: Serrano Suñer, Gómez-Jordana y José Félix de Lequerica. Con ellos, embajadores, cónsules y funcionarios españoles en el extranjero tales como Eduardo Propper de Callejón, quien en 1940 ya expedía visados a judíos en Burdeos; Ángel Sanz Briz, encargado de Negocios en Budapest entre 1943 y 1944 a quien se le atribuye la salvación de 5.200 judíos, hecho que le valió el sobrenombre de “El Ángel de Budapest”, y Jorge Perlasca, también desde Budapest; José Ruiz Santaella y su esposa Carmen Schrader desde Berlín; José de Rojas Moreno desde Bucarest; Bernardo Rolland de Miota, que actuó en Francia; Eduardo Gasset y Díez de Ulzurrun, conde de Peñarrubias, y Santiago Romero Radigales, en Grecia; Julio Palencia Tubau, en Bulgaria; Domingo de las Bárcenas y López de Mollinedo, en Roma; Ginés Vidal y Saura –que moriría en el bombardeo aliado sobre Dresde– en Berlín, y su secretario Federico Oliván Bago.

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Pero la labor humanitaria de España en defensa de los judíos no cesaría con el final de la guerra mundial. Tras ella, Franco procurará siempre amparar a las comunidades sefardíes allá donde estuvieran y le fuera posible; en parte, no cabe duda, por la simpatía que por los sefardíes sentían los militares “africanistas” españoles de los que Franco era máximo ejemplo, no sólo por el buen trato que siempre tuvieron de parte de la comunidad judía asentada en el Protectorado español, sino también por el apoyo económico decidido que la misma aportó al Alzamiento y a la Cruzada.

Algunos ejemplos de lo dicho son:

* Desde 1953 la comunidad judía celebrará regular y públicamente sus servicios religiosos en Madrid.

* Especialmente cuando desde la segunda mitad de la década de los cincuenta vayan alcanzando su independencia los países árabes y comiencen en ellos a ser perseguidos los judíos, España volverá a amparar a muchos de ellos.

* Desde 1964, a raíz de la declaración del Concilio Vaticano II sobre “libertad religiosa”, Franco devolverá a la comunidad judía residente en España –muy incrementada por el éxodo provocado por el antisemitismo de los países árabes– sus derechos seculares; por decreto de Marzo de dicho año reconocerá a la antigua sinagoga toledana, conocida como iglesia del Tránsito, como “legado histórico de la comunidad sefardí” y, aunque ya se había hecho en 1956, se facilitaría lo necesario a los judíos residentes en Marruecos para emigrar a Israel.

* En 1968, cuando se inaugure la nueva sinagoga de Madrid, el Gobierno emitirá un decreto por el que declaraba sin efecto el de expulsión de 1492.

Y todo ello a pesar de no existir relaciones diplomáticas oficiales entre España e Israel.

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Los reconocimientos a esta ingente y dificilísima labor humanitaria, aunque escasos en comparación con la importancia de la misma –máxime porque recordemos que por unas causas u otras fue España la única en toda Europa en llevarla a cabo– han sido a lo largo de los años varios; algunos muy significativos.

Sol Blomm
Sol Blomm

Ya el 2 de Octubre de 1944, en plena guerra mundial, el Congreso Mundial judío acordaba oficialmente agradecer a España su labor, entregando oficialmente dicho reconocimiento en la embajada española en Washington una delegación judía encabezada por el rabino y congresista norteamericano Sol Blomm. La delegación aprovechó la visita para solicitar gestiones urgentes de parte de las autoridades española para salvar a cerca de 16.000 judíos lituanos y 250 polacos que se sabía iban a ser de inmediato enviados a campos de exterminio, pero, desgraciadamente, y a pesar de que España movilizó a la práctica totalidad de las legaciones diplomáticas en Europa, debido sobre todo a la descomposición que cundía por doquier conforme el final de la guerra se acercaba, el éxito alcanzado fue limitado.

Otras muestras de reconocimiento posteriores a la guerra son las siguientes:

Golda Meir
Golda Meir

* Golda Meir, siendo Ministra de Asun­tos Exteriores israelí, declaró “El pueblo judío y el Estado de Isra­el recuerdan la actitud humanitaria adop­tada por España durante la era hitleria­na, cuando dieron ayuda y protección a muchas víctimas del nazismo.» (Durante un debate en el Parla­mento israelí en Febre­ro de 1959.)

* Label Katz, presidente de la organización judía norteamericana “B´Nay B´rith” visitaba a Franco el 13 de Febrero de 1963 para agradecerle su ayuda a los judíos durante y después de la II Guerra Mundial.

* Haim Avni y Yad Vaskem, pro­fesores de la Universidad hebrea de Je­rusalén, escribirían “Un total de por lo menos 40.000 vi­das judías fueron salvadas de las cá­maras de gas por las actuaciones di­rectas de las embajadas y consulados españoles.” (“Estudio sobre la catástrofe ju­deo-europea y la resistencia”, 1970.)

* Chaim Lipschitz, rabino, escritor judío, autor del libro “Franco, Spain, the Jews and the Holocaust” (1984) diríaTengo pruebas de que el Jefe del Estado español, Francisco Franco, sal­vó a más de sesenta mil judíos durante la II Guerra Mundial. Ya va a ser hora de que alguien dé las gracias a Franco por ello.” (Declaraciones a la revista News­week en Febrero de 1970.). Este mismo personaje fue recibido por Franco ese año y cuando le pregun­tó por los motivos que le llevaron a adoptar tan valiente y generosa actitud, la respuesta del ya anciano Caudillo fue sencilla y clarificadora de su humani­dad, sentido de la justicia y profunda fe católica: “… Mi actuación se debió a la in­justicia que esas acciones (de los nazis) significaban para el pueblo judío. No­sotros actuamos así por motivos de jus­ticia y caridad... Nuestro gobierno dio instrucciones a nuestros embajadores para que sal­varan a todos los judíos posibles, sin límite; y nuestras autoridades de las fronteras recibieron las mismas ins­trucciones….

Max Mazin
Max Mazin

* Max Mazin, presidente de la Aso­ciación Hebrea de España, diría “¿Qué importa el número de judíos salvados por España, cuando el precio de una sola vida es infinito? Sé que Es­paña salvó las vidas de docenas de mi­llares de hermanos nuestros por diver­sos procedimientos, y hubiera salvado muchas más de haber tenido oportuni­dad de hacerlo… El nombre de España es una de las poquísimas luces que brillan en la lar­ga y oscura noche que vivió el pueblo judío durante los trágicos años del na­zismo.” (Declaraciones a la prensa efectuadas en 1973).

* En el Volumen IX de la edición de 1978 del “The Sephardic Studies Program of Yeshiva University, se publicó un artículo firmado por H.P. Salomón y Tomás L. Ryan, titulado “Francisco Franco. Benefactor de los judíos”, en el que se lee “General Francisco Franco… en la historia judía ocupará, ciertamente, un lugar especial. En contraste con Inglaterra, que cerró las fronteras de Palestina a los judíos que huían del nazismo y la destrucción, y en contraste con la democrática Suiza, que devolvía al terror nazi a los judíos que llamaban a sus puertas pidiendo ayuda, España abrió sus fronteras con la Francia ocupada, admitiendo a todos los refugiados, sin distinción de religión o raza…”.

* Elie Wiezel, escritor judío, premio Nobel de la Paz 1986, diría “España fue, probablemente, el úni­co país de Europa que no devolvió a los refugiados judíos.” (Declaraciones a la prensa a su lle­gada a Madrid en Julio de 1990.)

Solomo Ben Ami
Solomo Ben Ami

* Solomo Ben Ami, ministro de Asuntos Exteriores de Israel y antes embaja­dor israelí en España, ha dicho “El poder judío no fue capaz de cam­biar la política de Roosevelt hacia los judíos durante la II Guerra Mundial. El único país de Europa que de verdad echó una mano a los judíos fue un país en el que no había ninguna influencia judía: España, que salvó más judíos que todas las democracias juntas” (Declaraciones a la revista Época en 1991.)

* Enrico Deaglio publicaba en 1991 su libro “La banalidad del bien” en el que escribía “Si bien el papel de la España franquista en las operaciones de salvamento de los judíos europeos ha sido silenciado casi del todo, fue decididamente superior al de las democracias antihitlerianas”.

* Enrique Múgica Hergoz, judío, Defen­sor del Pueblo y diputado del PSOE dijo “Aquel régimen,… acogió a los judíos que llegaron, bien para asentarse en Espa­ña, bien para continuar viaje con la ayu­da del servicio diplomático.” (Declaración como presidente de la delegación española en el Congre­so Judío Mundial celebrado en Lon­dres en 1998.)

Israel Singer
Israel Singer

* Israel Singer, presidente del Congreso Mundial judío dijo “La España de Franco fue un refugio importante de judíos que se arries­garon a venir, escapando de la Francia de la libertad, la fraternidad y la igual­dad… en la II Guerra Mundial muchos ju­díos se salvaron en España e ignorarlo es ignorar la Historia.” (Entrevista en el diario El Mundo, el 17 de Diciembre de 2005.)

Dos días después de la muerte de Franco, es decir, el 22 de Noviembre de 1975, y ante el arca de la sinagoga de Nueva York, el rabino de la misma hizo una rogativa especial por el alma del Caudillo “…por haber tenido piedad de los judíos…”.

 


One thought on “Franco y la cuestión judía”

  1. Por desgracia eso lo esta pagando España, el que Franco no pudiera tener la visión de que al final de la guerra el Sionismo, es el responsable de las guerras y de la destrucción de occidente y su descristianización.

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