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  • La cruz y la espada
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 Por José María Carrera Hurtado

Contra la humildad, el anonimato. Contra la generosidad, la solidaridad. Contra la castidad, la asexualidad. Contra la paciencia, la indiferencia. Contra la templanza, el hambre autoinducida. Contra la diligencia, el activismo. Y contra la caridad, la filantropía.

La caridad sin virtud

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Decía Benedicto XVI que la virtud sin la Verdad, “es presa fácil de las emociones y las opiniones, una palabra de la que se abusa y que se distorsiona, terminando por significar lo contrario”. Esta es, sin duda, una de las más claras definiciones en torno a la laicización de las virtudes o virtudes laicas, una intensa labor del mundo moderno para establecer la nueva religión de la humanidad, un sistema social en el que reine lo humano al margen (si no en contra) de lo divino. Un sistema que, en definitiva, ha logrado una de las aspiraciones principales de Gramsci y la modernidad: “que el hombre tome el puesto de la Divinidad”.

De los múltiples ejemplos que podríamos mencionar, quizá en el que mejor se aprecia es en la suplantación de la caridad por la filantropía, como podemos ver  en la gestión de las instituciones en torno a la “crisis de refugiados”. Para ello, se ha hecho a la sociedad “presa fácil de las emociones” a través de un burdo sentimentalismo en lo tocante a los mal llamados refugiados. Este doble engaño no podía ser más maquiavélico: por un lado, hemos abierto las puertas al caballo de Troya creyendo que se las abríamos a niños y ancianas. Y lo que es peor, los propios católicos hemos creído que se trata de caridad, cuando no es otra cosa que filantropía, cuestiones que como veremos y como decía el papa emérito, terminan por “significar los contrario”.

Caridad o filantropía

Uno de los pilares sobre los que se sostiene el occidente contemporáneo es sin duda el materialismo. La aplicación continuada de ideologías materialistas durante los dos últimos siglos y hasta nuestros días, ha suprimido por completo el reconocimiento de la dimensión espiritual y trascendente de la persona.

No sorprende que aquellos que no comparten la cosmovisión católica rechacen de pleno esta dimensión, puesto que o la desconocen, o la odian. Pero si sorprende algo más ver como los propios católicos la vamos olvidando progresivamente, lo que nos conduce al abandono al de la verdadera caridad.  Para no olvidarlo, podemos citar algunos documentos doctrinales sobre la caridad, como Rerum Novarum (León XIII), Rerum Ecclesiae (Pío XI) o Deus Caritas est (Benedicto XVI). Tanto en estos documentos como en toda exhortación sobre la caridad, la Iglesia siempre ha situado por delante la transmisión de bienes espirituales a los materiales, tal y como lo hizo el mismo Cristo: “no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Por el contrario, hoy seguimos la seguro bienintencionada máxima de “tender puentes y no muros”, pero unos puentes estrictamente materiales y carentes por completo de esos pilares y destinos espirituales, brillando por su ausencia las iniciativas orientadas a evangelizar a todos aquellos que los crucen.

Hemos olvidado que la auténtica caridad cristiana se debe orientar tanto a las necesidades materiales como espirituales del prójimo, y como recoge Santiago Cantera, “si se pretende el uno sin el otro, es algo falso y vacío”.

Creemos que dar de comer al hambriento o dar posada al peregrino es todo lo que nos exige esta virtud, al tiempo que olvidamos que implica ante todo “el amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por este amor de Dios”. La virtud de la caridad significa también, por tanto, la evangelización, la “difusión de la fe de salvación como el mayor don que uno puede transmitir”.

Llamemos a las cosas por su nombre. Este materialismo del que hablábamos ha sustituido a la caridad, generando un amor vacío y “desligado totalmente del amor de Dios”, que mata o deja morir el alma salvando el cuerpo. Un amor “meramente humano” que, más allá de sus aciertos, desconoce en definitiva lo único que dignifica realmente al hombre: su condición filial.

La Iglesia Católica: Doctrina, caridad y refugiados.

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Podríamos preguntarnos, tras todo lo expuesto, cuales son las implicaciones de la caridad a la hora de abordar la cuestión de los refugiados. Nadie mejor que la Doctrina de la Iglesia, para clarificar todas estas cuestiones y preguntas, que se recopilan y responden especialmente en los Códigos de Malinas:

Las obras de misericordia: “Porque fui forastero y me hospedasteis”. Junto con todo lo expuesto, se debe aclarar que un católico debe actuar siempre con caridad para con el prójimo, y por tanto también con el refugiado, el cual se incluye literalmente en las obras de misericordia anunciadas por el Señor: “Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis… cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”.

Los grados de la caridad. Ahora bien, ¿Quién le debe lo mismo a su madre que a un extraño? Uno de los aspectos principales que olvidamos a la hora de esgrimir el deber de caridad para con los refugiados es que esta tiene una graduación en su aplicación. La caridad cristiana se encuentra regulada por una jerarquía de grados, lo que explica Pío XII al recordar que “existe un orden establecido por Dios, según el cual se debe amar y ayudar preferentemente a los que nos están unidos con especiales vínculos”, como son la religión, la patria o la familia. Por ello, somos quizá algo incoherentes cuando dedicamos vidas enteras al asilo de refugiados mientras que en pocos segundos abandonamos a nuestros mayores, aniquilamos a nuestros pequeños, y votamos a quienes lo consienten.

Los derechos de las naciones y su obligación de defender el bien común. Otro aspecto que se ha preocupado de remarcar la Iglesia y que se ve claramente agredido en la gestión de crisis de refugiados (entre otros responsables) son los derechos de las naciones. Y es que la caridad debe ser promovida por estas en primer lugar para el bien común de sus habitantes: Todo Estado tiene derecho, por tanto, a asegurar “el mantenimiento del orden y la paz interior” (derecho a la existencia), a “salvaguardar su integridad física y moral” (derecho a la defensa), a “ordenar su actividad al bien común de la colectividad” y “restringir las entradas a inmigrantes peligrosos” (derecho a la soberanía) o a promover “el progreso espiritual y moral” (derecho a promover los intereses nacionales). Y nos preguntamos: ¿realmente, hoy en día, pueden garantizar estos derechos y el bien común en Francia o Alemania, con poblaciones en declarado estado de rebeldía y socavando cualquier posibilidad de paz y seguridad?

Las condiciones de admisión por parte de las naciones. Del mismo modo, el código de moral política aclara rotundamente, frente a la imprudencia de las puertas abiertas, que  hay ciertos inmigrantes que “son completamente inasimilables”. Este factor autoriza siempre a las naciones “a restringir las entradas y a tomar medidas de precaución” sobre todos aquellos que muestren ser  incompatibles con la sociedad de destino. Esta no es sino la caridad aplicada a la integridad de aquellos que tenemos “unidos con especiales vínculos” frente a un peligro externo más que evidente.

La caridad con nuestros hermanos perseguidos. Pero, ¿qué ocurre con los cientos de miles de cristianos perseguidos? No debemos sino “ofrecer a las víctimas de las persecuciones un seguro asilo” en base a un trato preferente que hoy se les niega por la gran mayoría de países de acogida. Podría darse el caso también, de que ante un “éxodo en masa” como consecuencia de la persecución, no se pueda hacer frente a cantidades tan elevadas de solicitantes. En este caso, los responsables de estas migraciones “reclaman sobre si” aquello que hoy ninguno se preocupa en aplicar: “las justas sanciones del mundo civilizado”. Es decir, emplear las medidas necesarias para acabar con el problema de origen en el país de origen, evitando llegar a la triste situación de tener que abandonar el propio pueblo y familia.

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La evangelización, “el mayor don que uno puede transmitir”. Y cuando finalmente llegamos a la acogida e integración de refugiados, no podemos olvidar que la caridad no es la simple acogida, sino el deber y la responsabilidad que la propia acogida nos ofrece. “¿Qué mayor caridad podremos mostrar a nuestros hermanos que el iluminarlos con la verdadera fe de Jesucristo? Este beneficio supera a las demás obras de caridad tanto cuanto aventaja el alma al cuerpo, el cielo a la tierra y lo eterno a lo temporal.” Es así como el papa Pío XI nos recuerda magistralmente que los católicos somos parte de una Iglesia apostólica, lo que implica que más allá del asilo, tenemos la misión de transmitir el Camino, Verdad y Vida de salvación.

Tras todo ello, deberíamos respondernos. ¿Se están estableciendo programas de asistencia espiritual para los solicitantes de asilo? ¿Se proporciona algún bien más allá del estrictamente material? ¿Se busca remediar la crisis que los hace emigrar y devolverles la nación que aman? ¿Nos acordamos también de los no nacidos, de los parados y necesitados, de los ancianos, del bien común y la justicia cada día cuando andamos por las calles? Los refugiados necesitan ayuda. Pero ni todos son refugiados, ni solo ellos lo necesitan, ni todo lo que se les proporciona es verdadera ayuda.

Y es que, en definitiva, “sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo”.

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 Por José María Carrera Hurtado