lucas molina franco
  • La cruz y la espada

Lucas Molina Franco

Entrevistamos a Lucas Molina Franco, un español de pura cepa porque es luchador, emprendedor, incansable, sufrido, decidido y audaz, y ello tanto en lo personal como en lo profesional. Fundador de la exclusiva editorial “Galland Books”, altamente especializada y puntera en España en libros sobre temática militar con un amplísimo catálogo creada en 2007 cuya línea editorial pueden ver aquí. O sea, todo un soldado porque está animado del mismo espíritu y coraje que aquellos de nuestros gloriosos Tercios; sólo que de paisano.

Algunos datos biográficos. Nacido en el Ferrol, en 1965, soy licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales y doctor en Historia por la Universidad de Valladolid. Felizmente casado y con tres hijos maravillosos, uno de ellos con Síndrome de Down, que es mi refugio cuando dejo de creer en la humanidad. Su cercanía me hace sentir bien y suelo reconciliarme pronto con el género humano. Escritor, editor, profesor universitario y lector empedernido. Creo en Dios. No fumo, lo dejé hace 20 años. Hago poco deporte, aunque me gusta asumir riesgos, por lo que me embarque en dos viajes a Afganistán –donde hice más de 3.000 fotografías y lloré amargamente tras visitar un orfanato en Qala-i-Naw–; uno al Líbano donde entrevisté a combatientes de Hezbollah y visité la tumba de un santón local partida por la mitad entre libaneses y judíos, por mor de fanáticas e irreconciliables creencias; otro a la República de Mali y tres a la República post-comunista –o ex-soviética– de Georgia. Allí conocí la casa natal de Stalin y el decrépito museo que recuerda su figura, y contacté con uno de los nietos de Beria, el siniestro jefe de la Cheka estalinista. Me quedan muchos libros por escribir. Me quedan muchas cosas que contar. Me falta tiempo. Me sobra ilusión. Duermo poco, pero me encanta. Visualmente soy miope, por lo que no me admitieron en la mili. No soporto la mediocridad. No tengo cuenta de Twiter. Estoy ligado hasta la edad de jubilación a una entidad financiera por un error de juventud: un préstamo hipotecario. Por lo demás, soy normal.

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La historia ¿afición o vocación? Ambos conceptos son válidos. De una gran afición vino la vocación. Cuando supe que mi verdadera vocación, la de la carrera de las armas, no podría llevarla a cabo como consecuencia de un problema visual, volqué toda mi pasión en intentar entender los fenómenos históricos ocurridos en España, sobre todo en el convulso y complejo siglo XX.

Lo militar ¿por qué? En España, la historia militar ha sido siempre la cenicienta de la Historia. Te encontrarás con catedráticos y especialistas en cualquier aspecto histórico relacionado con la economía, la política, el pensamiento, la filosofía, o el arte, la diplomacia, la música o las artes plásticas, pero la historia militar siempre ha sido una especie de tabú. Afortunadamente, los años finales del siglo XX y esta primera parte del XXI han visto proliferar mucho en nuestro país la afición a esta disciplina de la historia.

Especialidad en qué materia, época, personajes. Cuando quise darme cuenta estaba inmerso en el estudio de nuestra última guerra civil. Quizás un tema recurrente, quizás un tema muy tratado y estudiado, pero huérfano de un gran trabajo de investigación sobre el armamento empleado en ella; y ahí entré de lleno con un gran amigo y compañero, José María Manrique, estudioso y profesional de las armas. Otros trabajos en el terreno de la historia militar me han llevado a la Segunda Guerra Mundial, a la Guerra de Ifni-Sahara, a la Guerra de Marruecos… También he trabajado aspectos biográficos de personajes como Ben Mizzian, Martínez Campos, o Marín de Bernardo, militares españoles del último siglo, injustamente olvidados por la historia.

¿Investigar para escribir historia también es sufrir? La investigación es lo más gratificante que hay para un historiador. Otra cosa es llegar a plasmar esas investigaciones y confeccionar un trabajo, un libro, una tesis… eso es mucho más laborioso, y requiere de un esfuerzo mucho mayor. Investigar en aspectos históricos es como bucear en un inmenso mar en que han naufragado miles y miles de buques de todos los tiempos. Puedes encontrar de todo.

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¿Está todo dicho… se sabe todo… queda mucho por descubrir? Ni está todo dicho, ni mucho menos se conoce todo. Sí es cierto que se ha avanzado mucho en estos últimos años, gracias a la labor investigadora de muchos profesionales y, también hay que decirlo, aficionados a la historia. Hay muchos historiadores de profesión que desprecian olímpicamente a los aficionados a la historia, pues ese prúrito no lo superan. Hay que decir bien alto que hay aficionados que han hecho más por la historia de nuestro país que muchos sesudos y académicos historiadores con carnet.

¿De qué libros está más satisfecho? De “Los hombres de von Thoma. El ejército alemán en la Guerra de España. 1936-39”. Este es el trabajo de investigación más importante de los que he acometido hasta ahora, salvando, eso sí, mi tesis doctoral, que todo he de decirlo, me llevó más de 15 años –intermitentes– de esfuerzo. Hay otros libros, como el publicado por La Esfera de los Libros “Las armas de la Guerra Civil española”, o “Cetme. Historia del fusil de asalto español”, e incluso, “Legión Cóndor, La historia olvidada”, de Quirón Ediciones, que han supuesto un salto cualitativo muy importante en calidad y cantidad de información inédita aportada. Todos los libros tienen algo especial. Todos son motivo de orgullo, aunque estén superados.

Panorama cultural general de España y particular sobre defensa. No sé, parece una pregunta trampa. El panorama español sobre la Defensa no es muy halagüeño, en mi opinión. Los jóvenes, en general, no tienen una conciencia muy clara de los peligros que se ciernen sobre nuestro país; se vive un remedo de los famosos “felices años veinte” del pasado siglo XX, donde tras la terrible experiencia de la Primera Guerra Mundial, todo el mundo creía que ya no habría más conflictos. Ha cambiado, eso sí, la forma de la guerra, pero no tengo duda alguna que esta situación actual de gobiernos débiles, de “buenismo” colectivo, de pérdida de valores y de perfil bajo, afectará de manera clara a España y a Europa, en años venideros.

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La historia en los planes educativos. La historia es un arma arrojadiza en nuestro sistema educativo, como la lengua. Lo bueno –y lo malo–, de la historia, es que cualquiera puede contar un cuento chino y hacerlo pasar por historia, si hay público dispuesto a creérselo y “mass media” dispuestos a repicarlo a los cuatro vientos. Es muy difícil ser equidistante y neutro en materia historiográfica, y aunque algunos lo intentamos, tratando de evitar los colores y analizar los hechos desnudos, hay muchos que se vanaglorian de no serlo; es más, se cuelgan todos los collares posibles para que su parroquia los identifique y los jalee. No son buenos tiempos para la historia. Todo se manipula y se le da un barniz.

Relaciones con Defensa… facilidades… cortapisas. Ya se sabe que la Administración es un monstruo sin alma, un paquidermo sin espíritu ni intenciones. Buenas, se entiende. Bromas aparte, he de comentar que como empresa hemos tenido poca relación con el Ministerio de Defensa. Saben que existimos, nosotros sabemos que existen, y poco más. Otra cosa son las relaciones con muchos militares, que como amigos o conocidos, son inmejorables. Conocen y son conscientes del trabajo que hacemos, sin subvenciones, sin amiguismos, incluso sin pretensiones, siempre con la mirada puesta en dar a conocer nuestro pasado más o menos glorioso.

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Memoria histórica. Una expresión que me pone los pelos de punta. Sé que muchos, antes y mejor que yo, han hablado de estos términos tan ambiguos, que fueron acuñados con la espúrea pretensión de pervertir el lenguaje y los hechos. La palabra “memoria” es sustitutiva de “revancha”; es, en términos futbolísticos, el “partido de vuelta” jugado ochenta años después, con el árbitro y los jueces de línea comprados, y el público absolutamente entregado tras una larguísima labor de zapa. La izquierda debe de sacarse la espina de la derrota en la guerra civil y exprimir la historia para que se adapte a sus deseos. Es el uso partidario y siniestro de la historia con fines políticos.

Pueblo que no aprende de su historia… La historia es, como ya he afirmado con anterioridad un arma; un arma que bien empleada debe servir para formar una conciencia de pueblo, de patria –en la mejor acepción de la palabra–, un pueblo y una patria común tan antigua como es España. Porque en la historia de España hay de todo, bueno y malo, alegre y triste, heroico y villano, y no por ello debemos de dejar de asumirlo, como herederos de los que nos precedieron. Somos herederos del Cid y de Bellido Dolfos, somos herederos del rey Felipe II y también del “hechizado”, debemos asumir a Fernando VII y a Riego, y a los pretendientes carlistas y al general Prim, y a O´Donnell y a Espartero… en fin, ya me entiendes.  No cabe duda de que hoy día sólo interesa alardear de una parte de nuestro pasado, otra hay que eliminarla, esconderla e, incluso castigar a los que se atrevan a mostrarla. ¡Pero qué es esto! La herencia, como en una familia, o la aceptas toda o renuncias a ella por completo, pero lo que no puedes es aceptar la que te interesa y renunciar a otra parte. Eso es jugar sucio.

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¿Hay cambios… algo se mueve…? Yo creo que no se puede mantener siempre una ficción. Creo que mucha gente se está dando cuenta de que nos llevan tomando el pelo –los políticos, en general, y los “mass media”, en particular– durante mucho tiempo. ¿Cómo se puede sostener, si no es con dinero oficial y el apoyo de los medios audiovisuales y escritos, exageraciones como el mito de Guernica, o los bombardeos del Maestrazgo en 1938 como experimento nazi, a estas alturas? ¿Cómo pueden seguir agrediendo la inteligencia de los lectores historiadores de “la verdad oficial”, como Ángel Viñas y algunos otros, con patrañas como la del asesinato premeditado del general Balmes en la Guerra Civil?  Hace poco mas de un año, mi amigo Rafael Permuy y un servidor, publicamos un libro en el que, precisamente, desmontamos las falsedades de Viñas en el asunto del armamento de la guerra española del 36, y lo emplazamos a que en un debate historiográfico serio y sosegado, rebatiera nuestros argumentos. La callada por respuesta hasta hoy. Son cobardes, además de petulantes y soberbios. Son la antítesis del historiador; reprochan a otros lo que ellos hacen a menudo. Se permiten especular, aunque ellos lo hacen siempre con base sólida. Cuando no queda más remedio, insultan, a menudo con base sólida. Aprovechan los documentos para respaldar teorías preconcebidas. Son cursis hasta la nausea pero siempre con fines didácticos. No hay adversarios, hay enemigos. Los que no les hacen la ola, son susceptibles de ser estigmatizados. Se inventan “palabros” con los que descalifican a “tutiplé”. Podríamos seguir pero… ¡Eso sí! tienen algo que otros no tenemos: el dinero fácil y los altavoces de los medios de comunicación.

¿Es difícil publicar… y vender… vive de sus libros…? Es muy difícil publicar si no estás en el círculo de lo políticamente correcto. Las grandes editoriales no tienen escrúpulos y es mucho más rentable el chisme, el deporte o el corazón, que la Historia. La tres crisis: la del papel, la económica, y la más sangrante, la de valores, han provocado una caída de ventas prácticamente irrecuperable. Las tiradas cada vez son más cortas, los precios muy poco elásticos y los clientes más fieles van cumpliendo su ciclo vital . Como comprenderás, con todos estos mimbres no puedo por menos que expresar mi pesimismo justificado. Es razonable pensar que dentro de un par de generaciones, el libro en papel sea un objeto de colección. ¡Ah!, y no vivo de mis libros. Mis libros me cuestan dinero en la mayoría de los casos. Casi todos son empeños personales “sin ánimo de lucro”.

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España en el corazón… España en la encrucijada, diría yo. De joven entendía muy mal aquello de “amamos a España porque no nos gusta”. Hoy, pasados ya unos cuantos años desde que leí aquellas palabras, no sólo las entiendo y las comparto, sino que me siento plenamente identificado con esa y con otras muchas expresiones que denotan rabia e impotencia frente a la desidia y la idiocia de las masas. Hoy día, en esta sociedad “buenista” y correcta lo difícil es ser disidente. Y yo me defino como tal. Disiento ante a la pérdida de los valores que han conformado tradicionalmente el occidente cristiano; disiento ante a la corrupción generalizada, que empieza en los valores y termina por la “mano en la caja”. Disiento ante la instauración de la mentira y el bulo por decreto-ley; me repugnan, por no continuar con la retahíla, las verdades oficiales. Nunca me las he creído y nunca me las voy a creer. Por mucho que el término esté prostituido y maldito, la disidencia me ha llevado por el camino de la “revisión” de la historia oficial. Un investigador que no esté dispuesto a asumir una revisión de sus teorías, con la base científica de los posibles hallazgos de documentos que confirmen, apoyen o desmientan sus anteriores asertos, está muerto. No es investigador, sino cronista.

La Redacción