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  • La cruz y la espada
Por Damián Galerón

Hacia mediados de febrero, no presentaba ningún  síntoma médico que pudiera alertarme de lo que me iba a acontecer casi de inmediato. Hasta ese momento mi “salud” estaba dentro de lo normal, teniendo en cuenta que mi salud nunca ha sido muy normal.

La sorpresa surge al amanecer de una noche de mediados de febrero. Me levanté con la rodilla izquierda muy inflamada y con fuertes dolores en el momento de intentar poner pie en el suelo. Igualmente, las dos manos, desde la muñeca hasta los dedos, estaban claramente hinchados, con notable dificultad para doblar los dedos.  Pero por si todo esto no era poco, 24 horas más tarde la situación se había convertido en bastante más grave, al comprobar, no sin notable angustia que me había despertado con gran parte de mi organismo bloqueado, especialmente las caderas y gran parte de la columna vertebral, de manera que mi capacidad de movilidad se había reducido al 40 %.

  • La cruz y la espada
Muy desconcertado ante esta situación, no llego a comprender lo que me está sucediendo; llego a pensar que quizá podía ser una pesadilla o quizá un simple sueño, pero los fuertes dolores que tenía me devolvían a la cruda realidad; y la realidad me permitió recordar en ese momento el aviso que me dio un médico hace unos tres años, cuando después de que hicieron un  TAC, fui avisado de que gran parte de la columna y toda la zona de la cadera y la pelvis estaban en un avanzado proceso de calcificación, o dicho de otra forma, en un proceso de artrosis avanzado. Pero dado que en ese momento no notaba nada, ahí quedó todo. Así que de repente comprendí que se trataba de una artrosis reumática masiva que me había surgido de repente.

A partir de ese momento comienza la tortura a la que nunca consigo adaptarme: hospitales, análisis de sangre, radiografías, ecografías, urgencias y exámenes médicos con el fin de determinar el grado de deterioro del organismo. El análisis de sangre no presenta dudas: artrosis reumática masiva en todo el organismo, en un nivel del 80 %. Se me viene el mundo encima.

Pasados todos los trámites médicos y análisis clínicos, no queda otra alternativa que la cruda realidad: los dos meses siguientes los pasé en la cama sin poder salir de mi domicilio. Levantarme al baño o a la cocina para comer algo, era casi ponerme al borde de las lágrimas por el dolor; sentarme o levantarme de una silla, era un suplicio. Cualquier movimiento que hacía implicaba dolor y acompañado de torpes movimientos propios de un anciano de 90 años en todo lo que hacía.

No dejaba de ser consciente que podía quedar definitivamente así, ya que la artrosis es una enfermedad degenerativa que no retrocede nunca. De momento no veía ninguna salida ante un panorama tan repentino y desolador, ya que médicamente no hay soluciones para esto, por lo tanto, traté de calmarme.

Los dos meses siguientes que lo pasé echado en la cama, no tenía otra alternativa que mirar fijamente al techo de mi habitación. Y en ese quedar pensativo ante tantos momentos de soledad y silencio, veía que de repente todo se había venido abajo; era como estar ante el espejo que proyectaba mi propia vida, pero sin más paisaje que contemplar en el fondo del propio espejo, el tremendo espectro que sobre mí proyectaba la sombra de lo que yo era en esos momentos: nada. 

Me ayudaban a vestirme, e incluso, a veces, necesitaba algo de ayuda para comer; a tanto llegaba el impedimento, que durante un mes no era capaz de sujetar un vaso de agua con la mano. Tuve claro que si quería salir adelante, solo era posible a través de una inmensa paciencia.

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El ejemplo de Job.-

Y en esos días interminables, me vino de repente la imagen del santo Job, que tantas veces había impartido a los alumnos en clases. Job es un personaje que pertenece a los libros sapienciales del Antiguo Testamento; era un hombre extraordinariamente rico y poderoso, con gran poder e influencia en su época. Nadie le hacía la competencia en riqueza y poder, pero resultó que un día, de repente y sin que mediaran hechos que anunciaran su tragedia, en solo unos pocos días se había quedado en la más absoluta de las ruinas. Sus hijos murieron en una sola jornada, y todas sus posesiones y riquezas las perdió en poco tiempo, y si todo esto no era suficiente, a los pocos días su cuerpo presentaba los claros síntomas de la “enfermedad maldita”, que no era otra que la lepra.

Llegó a tal estado de abatimiento que maldijo el día que nació y la noche que lo concibieron; aun así, hizo un gran esfuerzo por mantener la calma. Su esposa, testigo de todo lo que estaba sucediendo, irritada ante la actitud de su marido, le preguntó que si a pesar de todas las tragedias que estaban viviendo seguía manteniendo la fe en Dios. Al responderle Job con un afirmativo movimiento de cabeza, la mujer no pudo contenerse y le dijo a su marido: ¡”maldice a Dios y tú muérete de una maldita vez”! Por toda respuesta, Job le dijo a su mujer:” si hemos aceptado de Dios lo bueno, ¿porque nos vamos a revelar ante las cosas malas que nos suceden?”

Estos pensamientos llegaron a mi mente cuando ya llevaba casi dos meses postrado en la cama.

La gran tentación.-

Postrado en la cama, esta historia del santo Job venía a recordarme que a veces los acontecimientos que vivimos las personas, no difieren una de otra. Solo cambia la geografía y los protagonistas, pero comprendía que esa historia reflejada en el Antiguo Testamento, se repite con bastante más frecuencia de los que pensamos, y me daba cuenta que los mismos sentimientos y emociones de Job, se reproducían casi de forma muy parecida en mi fuero interno.

Acompañado de fuertes dolores en cada movimiento que hacía y sin prácticamente ningún estímulo por luchar y seguir adelante en el estado en el que me encontraba, surgieron como espectros mentales dos inquietantes pensamientos; el primero se resume en que pensaba que la actual situación que estaba viviendo era el resultado de una maldición divina contra mí; y el otro pensamiento, era abandonarme a una cierta desesperación ante la dura realidad.  Acostumbrado a resolver problemas a los demás, era yo quien de repente, no solo necesitaba ayuda, si no que el impedimento llegaba al extremo de depender totalmente de los demás.

Cambios radicales.-

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A finales de abril experimenté una cierta mejoría, lo cual me animó a viajar a Madrid, ya que me encontraba con el gran problema de que en unas semanas más me caducaba toda mi documentación personal; el viaje fue un calvario. Todo el mes de mayo que permanecí en Madrid permanecí enfermo con bastantes dolores y notablemente impedido. Cancelé todos los encuentros; no me era posible desplazarme a casi ningún lugar. Tuve algunos días buenos, pero fueron la excepción; en uno de estos días buenos que tuve, Matilde y su esposo Adolfo se acercaron hasta Villalba a recogerme para la conferencia que me habían preparado en Madrid.

Al regreso a Colombia, nuevos exámenes clínicos; los resultados son claros; han pasado casi cinco meses desde entonces y no hay vuelta atrás, voy a quedar definitivamente así. Durante todo ese tiempo no asisto a ningún oficio religioso debido a la dificultad para andar. La cadera derecha está seriamente lesionada por la artrosis. Un jueves que por fin me siento algo mejor, me acerco a la parroquia cercana en un momento cuando casi no hay nadie. Me quedo unos minutos enfrente al sagrario donde está la Eucaristía, y sin rodeos le digo a Dios en mi interior: “solo te pido un favor, no me dejes así”.

Cuatro días más tarde tengo que acudir a la consulta médica con resultados de todo tipo, desde ecografías hasta análisis de sangre. Me hace una inspección física y me dice que las cosas han mejorado bastante, pero me da una orden médica para que me vea un ortopedista ante el notable deterioro del hombro izquierdo, casi inmovilizado. Me prescribe “glucosamina” para medio año y un analgésico compuesto de paracetamol y codeína que solo se vende en Colombia. Me delega a un ortopedista; no se puede hacer ya nada más.

La curación.-

Mientras tanto, una señora de la parroquia que sabía de mi situación, se había puesto en contacto con un laboratorio en el que trabajan cuatro médicos quienes elaboran unas pastillas de naturaleza homeopática. Me habló esta santa mujer del efecto que había tenido en otras personas con problemas similares y dado que a esta buena mujer la conozco desde hace un par de años, la dije que podíamos ver si podía conseguir esas diminutas pastillas, de solamente 20 unidades. Debido a mi larga experiencia clínica de muchas enfermedades y cirugía a lo largo de mi vida, con los años me he vuelto sumamente desconfiado en temas médicos, pero dada mi situación, me dije que tomara lo que tomara, ya no tenía nada que perder.

Me trajo esta medicación por la mañana del viernes 23 de junio, y no sé por qué me dije que el tratamiento lo comenzaría a las 3:00 de la tarde; y así fue. La noche anterior, como todas la demás, no había podido casi dormir por los dolores, así que a las 3:00 en punto de la tarde tomé la primera dosis. Sin embargo y por primera vez en mi vida, antes de tomarlo, (son diminutas pastillas homeopáticas, de manera que no tienen contraindicación), invoqué directamente a Dios, apelando a la autoridad divina para que dicha medicina hiciera el efecto para el cual estaba destinado. Tomé las dos pastillas prescritas y me acosté un rato sobre la cama. Me quedé dormido no más de quince minutos.

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Me levanté de la cama, me duché, me senté para leer, y me levantaba e iba moviéndome por la casa sin darme cuenta de lo que estaba pasando. Un par de horas más tarde, de repente me doy cuenta de que hay algo “raro” que está sucediendo. Efectivamente,  ya no tengo ningún dolor y puedo levantarme de la silla o caminar sin la más mínima dificultad. Observo que ha cesado la cojera en la pierna derecha y que la columna vertebral la siento libre de todo impedimento. La situación me dejó muy sorprendido de manera que muy pensativo ante lo que estaba sucediendo me senté para calibrar lo que estaba sucediendo. Efectivamente, no tenía ya ninguna duda, en cuanto que era más que evidente que los dolores y la artrosis cesaron inmediatamente a las 3:00 en punto de la tarde, ya que ningún medicamento puede provocar esa reacción en tan pocos minutos, y mucho más teniendo en cuenta que la artrosis no retrocede nunca debido a que es una enfermedad degenerativa.

Notas a pie de página.-

  • Ha pasado ya una semana y no he vuelto a sentir ningún dolor ni ningún impedimento en el resto del organismo, ni siquiera en la columna vertebral que, junto con las caderas estaban ya notablemente atrofiadas. Puedo agacharme sin problemas, andar, levantar bien el brazo izquierdo que estaba casi totalmente fuera juego.
  • En unos días más solicitaré nuevos exámenes médicos para ver la realidad de los hechos.
  • Cuando noté que de repente habían desparecidos todos los síntomas de enfermedad, miré por curiosidad al calendario; marcaba el día 23 de junio, festividad litúrgica del Sagrado Corazón de Jesús. La curación fue exactamente a las tres de la tarde, hora exacta de la muerte de Cristo.
  • No sé dar una explicación de por qué dije que el tratamiento lo comenzaría a las tres en punto de la tarde.
  • A lo largo de esos cinco meses me pusieron dos veces los santos óleos para los enfermos gracias a algún sacerdote amigo. En una de ellas, a las pocas horas de aplicarme el óleo santo me cesó la hinchazón de las manos después de casi dos meses que casi no podía sujetar un simple vaso de agua.
  • Tengo que decir sin embargo, que durante estos meses, numerosas personas han pedido en su oración por mi recuperación.
  • Con bastante frecuencia padecía notables crisis de angustia debido a que tenía la impresión de que “algo” o “alguien” me tenía sujeto como si fuera una atadura ante la que me sentía totalmente impotente por liberarme de ello.
  • ¿En qué ha consistido lo que yo considero un verdadero “milagro”? En que la dosis médica estaba compuesta por homeopatía, la cual, de ninguna manera podía dar origen a un cambio tan radical en el organismo, teniendo en cuenta que la artrosis es una enfermedad degenerativa y no tiene curación.
  • La respuesta ante este hecho es bastante sencilla en cuanto que de por medio no se ha dado ningún fenómeno extraño, ni nada raro, sino que todo ha surgido de una forma muy natural, tan natural, que personalmente no me di cuenta hasta que habían pasado ya unas cuantas horas; es decir, la fuerza y el poder que tiene la oración personal unida a la oración de los demás, ha restaurado, ha cicatrizado todo el daño que la artrosis reumática degenerativa estaba ocasionando en mi organismo.
  • Dicho de otra forma, la “cirugía espiritual”, me ha liberado de la enfermedad, pero no me ha devuelto un cuerpo de un joven de 25 años. He quedado libre de esa enfermedad, pero sigo manteniendo los achaques propios de mi edad.

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  • La cruz y la espada
Por Damián Galerón