A María Milagros

El milagro de la vida es el de las madres.

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     A María Milagros

(Elogio a una madre desconocida)

Te vi en un telediario,

Como todos, doctrinario,

Digo mal, tú no saliste.

Mencionaron lo que hiciste.

 

No relataron tu historia,

Pues no era ese su objeto,

Lo era alimentar su “gloria”,

Aleccionando al sujeto.

 

Pues yo me atreveré a hacerlo.

Creo equivocarme poco.

La tuya es de tantas vidas,

Que carecen de amor propio.

 

Tampoco del otro abunda,

Nadie nos lo muestra nunca.

Y para recurrir a Dios,

Algo hay que ir en su busca.

 

Tú te dejaste llevar,

Por tu ambiente, por tu edad.

Nadie cerca te decía,

¡No hagas la barbaridad!

 

“¡Si todo el mundo lo hace!

No seas tan carcamal.

¿Quieres auto marginarte?

No nos hables de moral”.

 

En el cine, eso es la trama.

Actores tan convincentes,

Que uno piensa, al ver su cama,

¿Es teatro o es corriente?

 

Si enciendes la tele, ídem.

Si vas a un bar, te lo sirven.

Es la nueva religión,

De Occidente hasta Japón.

 

“¿Azafatas? ¡Eso no!”,

Exige el puritanismo.

“¡No a la discriminación!

¡Democracia, que es lo mismo!”

 

En el colegio ese “asunto”,

No es que sea tangencial.

Es que ha sido incorporado,

Al recorrido escolar.

 

¿Qué se puede así esperar,

Si los curas no hablan nada,

Y los medios lo promueven,

En culturas “avanzadas”?

 

¿Si en la Cope un tal Herrera,

Millonario y mentecato,

En vez de elogiar al casto,

Del porno hace un alegato?

 

Así que te encontraste un día,

Con un pequeño en tu seno,

No sé porqué proseguiste,

Y hacer eso, ya es muy bueno.

 

Matarlo era bien sencillo.

Quizás te lo planteaste.

Pero insisto en qué algo hizo,

Que siguieras adelante.

 

Nació la niña un buen día,

Vaya Dios a saber cómo,

Y ante la cruel disyuntiva,

La buscaste un acomodo.

 

Naciste en el Paraguay,

En nuestra América hispana.

No es difícil deducir,

Que tienes base cristiana.

 

Y buscaste una capilla.

Ambas iríais llorando.

Y antes de soltarla allí,

Milagros la habías llamado.

 

No sólo no la mataste,

Y la dejaste en Sagrado,

¡Es qué antes la bautizaste!

Aunque fuera con tus manos.

 

Dime tú quien te condena,

Cristo dijo a Magdalena.

¿Los que la máxima pena,

Habrían dado a la nena?

 

¿Cómo se atreve un vocero,

A marcarte en una lista?

¿Habló alguna vez el bicho,

Del crimen de un abortista?

 

Te juzgarán, se complacen,

Hipócritas cual sabandijas.

Y podrás ser condenada,

Por no matar a tu hija.

 

Es más, juzgarte pudiera,

Una jueza o magistrada,

Que en su conciencia tuviera,

Una hija ajusticiada.

 

Dios ya te habrá perdonado.

Y sólo Su opinión importa.

Terrible es abandonarlo,

No le da opción, la que aborta.

 

Vivirás con el dolor,

Con la pena, con la ausencia.

Pero aceptaste el Amor,

Tus jueces, la displicencia.

 


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