Aunque por desgracia el Corpus Christi se trasladó del Jueves “que lucía más que el Sol” al Domingo, debemos seguir celebrándolo como se merece, es decir, por todo lo alto, ya que es sin duda una de las más importantes festividades de nuestra santa Fe. Para ello, nada mejor que  comenzar por conocer su historia.

Las primeras noticias que se conservan sobre esta festividad se hallan en el Calendario de Polemio (448 d.C.), en el que se hace mención de la celebración, ya entonces, del Natalis Calicis (Nacimiento del Cáliz), festividad que se celebraba el Jueves Santo, el cual se situaba entonces el 24 de Marzo porque en muchos lugares se consideraba que la fecha exacta de la muerte de Nuestro Señor había sido el día 25 de tal mes. Debido a que la Semana Santa era lógicamente época de dolor y tristeza, durante la cual tanto entonces como ahora se requiere que los fieles se centren en rememorar la Pasión, en seguida se consideró la necesidad de extraer de dicha semana la celebración del Cáliz y del Cuerpo de Jesucristo, pues su naturaleza se consideraba festiva y de gran alegría, no acorde con la Semana Santa.

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Santa Juliana de Monte Cornillon

El instrumento de que se valió la Divina Providencia para instaurar la festividad del Corpus tal y como ahora la conocemos y celebramos fue Santa Juliana de Monte Cornillon (Santa Juliana de Mont-Cornillon o Santa Juliana de Lieja), monja nacida en Retines, pequeña localidad cercana a Lieja (Bélgica) en 1193. Huérfana a muy temprana edad, fue acogida, junto con su hermana Agnes, en la leprosería-convento de Mont-Cornillon de Lieja, siendo educada por las religiosas agustinianas que la regentaban. A la edad de 14 años hizo su profesión religiosa tomando el velo en 1206. Estudió latín pudiendo leer sin dificultad a los Padres de la Iglesia, entre otros a San Agustín y San Bernardo. A partir de 1209 tuvo frecuentes visiones místicas siempre relacionadas con la Eucaristía. En 1222 llegó a ser elegida superiora de aquella comunidad. Murió el 5 de Abril de 1258 en la Casa de las monjas Cisterciences en Fosses, siendo sepultada en Villiers.

Juliana, desde su temprana juventud, tuvo una gran veneración por el Santísimo Sacramento, y siempre anheló una fiesta especial en su honor. Se afirma haberse incrementado este deseo por una visión de la Iglesia bajo la apariencia de la luna llena que tenía un punto negro, el cual significaba la ausencia de tal solemnidad. La fiesta del Santísimo Sacramento​ debía ser instituida para reanimar la fe de los fieles y para expiar las faltas cometidas contra este Sacramento. A partir de estas revelaciones, intentó por todos los medios la institución de una fiesta solemne en honor al Santo Sacramento.

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Urbano IV

Para tal empeño dio a conocer sus visiones e intenciones principalmente a Robert de Thirete, entonces Obispo de Lieja, al erudito Dominico Hugo, más tarde cardenal legado en los Países Bajos, y a Jacques Pantaléon, entonces Archidiácono de Lieja, después Obispo de Verdún, Patriarca de Jerusalén y finalmente Papa Urbano IV. El Obispo Robert quedó favorablemente impresionado, y, puesto que los obispos tenían el derecho de ordenar fiestas para sus diócesis, convocó un sínodo en 1246 y ordenó que la primera celebración se realizara el siguiente año, encargando a un monje de nombre Juan que escribiera el Oficio para la ocasión. El decreto episcopal se conserva en Binterim (Denkwürdigkeiten, V, 1, 276), junto con partes del Oficio. El Obispo Robert no vivió para ver la realización de su orden, puesto que murió el 16 de Octubre de 1246, bien que la fiesta quedó ya instituida en su diócesis celebrándose por primera vez en la iglesia de San Martín de Lieja.

Jacques Pantaléon, como hemos dicho uno de los confidentes de Santa Juliana,  se convirtió en papa el 29 de Agosto de 1261, tomando el nombre de Urbano IV, hecho que aprovechó la ermitaña Eva, después beata, con quien Juliana había pasado algún tiempo, y también ferviente adoradora de la Sagrada Eucaristía, para urgir encarecidamente a Enrique de Guelders, nuevo Obispo de Lieja, a que solicitara al nuevo papa la extensión de la festividad al mundo entero.

Todo lo cual coincidió con un hecho portentoso que animó a Urbano IV, ya de por sí proclive a tal devoción como hemos dicho, a ir más allá.

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Corporales manchados con la sagre de Nuestro Señor (Milagro de Bolsena)

El caso fue que Urbano IV, por aquél entonces tenía su corte pontificia en Orvieto, al norte de Roma. Muy cerca de esta localidad se encuentra Bolsena, donde en 1264 se producía el denominado “Milagro de Bolsena”; primer milagro eucarístico conocido. Un sacerdote que celebraba la Santa Misa tuvo dudas de que la Consagración fuera algo real. Al momento de partir la Sagrada Forma, vio salir de ella sangre de la que se fue empapando en seguida el corporal, que es donde se apoya el cáliz y la patena durante la Misa. La venerada reliquia fue llevada en procesión a Orvieto el 19 junio de 1264. Hoy se conservan los corporales en Orvieto, y también se puede ver la piedra del altar en Bolsena, manchada de sangre.

Urbano IV, movido por el prodigio, y a petición de varios obispos, entre ellos Enrique de Guelders, ordenó que se extendiera la fiesta del Corpus Christi a toda la Iglesia por medio de la bula “Transiturus”  (8 de Septiembre de 1264), en la cual, después de haber ensalzado el amor de Nuestro Señor como se expresaba en la Sagrada Eucaristía, ordenó la celebración anual de Corpus Christi en el Jueves siguiente al Domingo de Trinidad, otorgando numerosas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la Santa Misa y al Oficio.

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La impresionante custodia de la catedral de Toledo

Según algunos autores, Urbano IV encargó la redacción del Oficio –la liturgia de las horas– a San Buenaventura y a Santo Tomás de Aquino; cuando el Pontífice comenzó a leer en voz alta el oficio hecho por Santo Tomás, San Buenaventura fue rompiendo el suyo en pedazos por considerarlo mediocre en comparación con el del Doctor Angélico, que es, sin dudas, uno de los más bellos del Breviario Romano.

La muerte del Urbano IV (2 de Octubre de 1264), poco después de la publicación del decreto, frenó en parte la difusión de la festividad; en muchos lugares la oposición se debió durante algún tiempo al hecho de que fuera en Jueves, o sea en día laborable, lo que perjudicaba a los comerciantes.

El nuevo papa Clemente V retomó el asunto y, en el Concilio General de Viena (1311), ordenó la implantación ya definitiva de la festividad, publicando un nuevo decreto que incorporaba la bula de Urbano IV. Más tarde Juan XXII, sucesor de Clemente V, recomendó con insistencia su observancia.

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Aunque ninguno de los decretos citados habla de la procesión teofórica como una característica de la celebración, parece que dicha procesión se celebró desde casi los primeros momentos, siendo con el tiempo dotada con indulgencias por los Papas Martín V y Eugenio IV, y haciéndose ya habituales sobre todo desde el siglo XIV.

La festividad del Corpus fue aceptada en 1306 en Colonia; Worms la adoptó en 1315; Estrasburgo en 1316. En Inglaterra fue introducida desde Bélgica entre 1320 y 1325.

Finalmente fue el Concilio de Trento quien declararía como muy piadosa la costumbre de que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad, y reverente y honoríficamente sea llevado el Corpus Christi en procesión por las calles y lugares públicos.

La Redacción