Discurso de la verdad.

Reflexión cuaresmal. Cuenta S. Juan Clímaco, que yendo por el desierto, encontró una calavera de un hombre, y le preguntó al Santo, de quién era. Fui donde habitó el ánima de un condenado. Sería de algún idólatra, dijo el Santo. Respondió: Más bajo es mi tormento que el de los idólatras. Sería de algún moro. Más bajo (respondió) es mi infierno que el de los moros. Sería (dijo el Santo) de algún judío o hereje. Respondió: más bajo y profundo es mi infierno.

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Parte del famoso “Discurso de le verdad”, obra del venarable siervo de Dios D. Miguel Mañara y Vicentelo de Leca (1627-1679),  fundador del Hospicio y Hospital de la Santa Caridad de Sevilla.

Vuelve ahora los ojos de la consideración al monte, opuesto monte de la vanidad, teatro de la soberbia y corte de la gran Babilonia, enemiga de Dios y compañera del Demonio: mira la multitud de gentes que la ocupan: mira cómo está asentada en la alta cumbre, aquella bestia de las siete cabezas, que refiere San Juan en su Apocalipsis (Apoc., 17), vestida de púrpura, guarnecida de oro y de piedras preciosas, y en su mano el cáliz dorado de sus deleites, lleno de todas las inmundicias y abominaciones, y en su frente escrito, Blasfemia. La gran Babilonia, madre de la fornicación y de la abominación de la tierra, embriagada de la sangre de los mártires de Jesucristo. Mira a Luzbel, su Príncipe, con las tartáreas legiones que le acompañan, todos enemigos con odio irremediable de tu Padre, de tu Dios y tu Criador. Mira la innumerable gente que los adora el pecho por tierra. Mira los moros con sus torpezas, los judíos con sus codicias, los bárbaros con sus idolatrías, los herejes con sus malicias. Mira los cristianos (aquí revienta el corazón de pena, y la sangre de él había de salir por nuestros ojos de dolor). ¡Que siga a esta ramera quien no conoce a Jesucristo, vaya; pero que sus hijos, que profesan su purísima ley evangélica, se hayan apartado, y sirvan a esta infame! Y yo, que escribo esto (con dolor de mi corazón y las lágrimas en mis ojos lo confieso), más de treinta años dejé el monte santo de Jesucristo, y serví loco y ciego a Babilonia y sus vicios, bebí el sucio cáliz de sus deleites, e ingrato a mi Señor serví a su enemigo, no hartándome de beber en los sucios charcos de sus abominaciones: de lo cual me pesa, y pido a aquella altísima e imperial Bondad perdón de mis pecados.

Cuenta S. Juan Clímaco, que yendo por el desierto, encontró una calavera de un hombre, y le preguntó al Santo, de quién era. Fui donde habitó el ánima de un condenado. Sería de algún idólatra, dijo el Santo. Respondió: Más bajo es mi tormento que el de los idólatras. Sería de algún moro. Más bajo (respondió) es mi infierno que el de los moros. Sería (dijo el Santo) de algún judío o hereje. Respondió: más bajo y profundo es mi infierno. Preguntó el Santo: ¿pues fuiste cristiano? Y respondió: sí; pero mis tormentos son mayores que los de los cristianos; porque fui sacerdote cristiano: ¡esta es la mayor desgracia! Que el ciego no vea, vaya; ¡pero que el que ve sea ciego! Que el que tiene por bienaventuranzas la riqueza las ame, no es mucho; pero que el que profes que la bienaventuranza es no tenerlas por el amor de Dios, las estime, es cosa de locos: o mude lo que cree, o crea que ha perdido el juicio.

Mira en este desdichado monte, a quien el mundo llama felicidad, la multitud de gente que habita: mira las confusión y babel y vocería, con que unos a otros no se entienden. Mira los ambiciosos, qué tristes y qué hambrientos de bienes de fortuna; hasta los montes de oro y plata tienen a sus espaldas, no porque los desprecian, sino porque estas gentes nunca miran lo que tienen, sino lo que les falta. Mira los deshonestos encenagados en los pantanos de la lascivia, sin tener ni habilidad para dar voces, porque su torpeza es tanta, que ni aún hablar los deja. Mira los ambiciosos, comiéndose a bocados, siendo alimento de sí mismos. Mira los murmuradores de todo descontentos, y nada les parece, bien, sino el decir mal. Mira cuánto ladrón, cuánto homicida, cuánto embustero, cuánta soberbia, cuánta vanidad ocupa la corte de esta ramera. También tiene este maldito pueblo sus ermitaños y penitentes; unos que profesan virtud por sus vanidades, otros que viven solitarios por no hacer bien a nadie, otros que no comen de miserables, otros hacen penitencia porque los alaben; y ha llegado la locura a tal extremo, que hay quien derrama su sangre por hacer bien. Mira los poderosos con la profanidad que sirven a su señora. ¿Qué coches, qué literas, qué estufas no ha inventado su comodidad? ¿Qué comidas, bebidas y olores su gula? Los tabiques de sus casas son cristales, sus templos un aposento de sus casas, sus templos un aposento  de sus casas, adonde desde sus camas profanan (no adoran) el estupendo y Santo Sacrificio de la Misa, haciendo el sacerdote (como yo he visto) primero a ellos la reverencia para empezar , que a Dios nuestro Señor, en cuya presencia tiemblan los Ángeles y el firmamento se humilla. Si cuando Dios nuestro Señor se apareció en la zarza en el monte Horeb a Moíses, porque éste quería ver aquel misterio, , le dice Dios, que aquella es tierra santa, que se descalce: ¿qué debe hacer el que ve y oye el Santo Sacrificio de la Misa, adonde está Dios humanado, como estaba en el fuego de la zarza? Y ha llegado el tiempo que delante de estos Epulones (por nuestros graves pecados) no sólo los sacerdotes de Dios les hacen reverencia, sino que acompañan las visitas hasta los estrados. ¡Oh desdichado siglo! ¡Oh tiempo lamentable! ¡Oh locos engañados! ¿Dónde está el culto y veneración que tenéis a Dios, pues así tratáis a sus criados? Si en su tiempo decía San Gregorio Magno (no viendo estas bajezas, sino algunas tibiezas en los sacerdotes de Dios) que en aquel siglo había sacerdotes de palo que celebraban en cálices de oro; y que en el tiempo antiguo había sacerdotes de oro, que celebraban en cálices de palo: ¿qué diría si vieses estas ignominias?

Por Miguel Mañara y Vicentelo de Leca


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