Diplomático en el Madrid rojo.

El libro es trepidante, directo, más una crónica periodística del momento, del instante, que un pesado libro de historia; se lee del tirón. Su objetivo lo dice el propio autor “Lejos de mí cualquier intención propagandística. Sólo espero que cada cual sepa extraer de mis escritos sus propias conclusiones“.

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Título: Diplomático en el Madrid rojo

Autor: Félix Schlayer

Varias ditoriales. Se encuentra gratuito en Epub y en Mobi para Kindle.

Félix Schlayer

Félix Schlayer (Alemania, 1873 – Madrid, 1950) fue un ingeniero y empresario alemán que vivió alrededor de cincuenta años en España, ejerciendo como cónsul de Noruega en Madrid durante el primer año de nuestra contienda 1936-1939. Prácticamente desconocido por el gran público hasta fechas recientes, de acuerdo con su testimonio, salvó la vida a más de novecientas personas en los primeros meses de la guerra, siendo uno de los más activos diplomáticos en tan importante labor humanitaria. Fue también el primero que relató las persecuciones, los asesinatos políticos masivos y las torturas de las checas en el Madrid rojo de 1936 en su obra Diplomático en el Madrid rojo, publicada en Berlín en alemán en 1938, y que de manera increíble nunca fue ni traducida al español ni publicada en España hasta 2005 con el título “Matanzas en el Madrid republicano. Paseos, checas, Paracuellos…”, si bien en la actualidad, y tras su reedición en 2008, se encuentra bajo el título más arriba citado.

Se estableció en España en 1895, a los veintidós años, como empresario de maquinaria agrícola. Fue el inventor del «Heliaks» (Helico Axial Machine), una máquina trilladora helicoaxial, si bien es por su papel como diplomático, ya pasados los 60 años de edad, por lo que se le recuerda. Se le ha llegado a considerar el Schlinder español por haber salvado de la muerte a cerca de un millar de personas al protegerlas en los varios edificios alquilados por él bajo bandera noruega, desde Julio de 1936 hasta Marzo de 1937, mes en que tuvo que abandonar precipitadamente España antes las directas amenazas de muerte que recibía de parte de las autoridades rojas.

Las pruebas, que junto con el delegado de la Cruz Roja Internacional, Doctor Georges Henry, logró conseguir sobre lo que ocurría en Madrid, se perdieron en el ataque que el avión de dicho delegado sufrió de parte de la aviación roja cuando volaba a París para darlas a conocer el 8 de Diciembre de 1936 y del que salió milagrosamente con vida; acto criminal de parte de las autoridades rojas en un intento desesperado por evitar que llegara al mundo el testimonio documental de sus atrocidades.

El libro es trepidante, directo, más una crónica periodística del momento, del instante, que un pesado libro de historia; se lee del tirón. Su objetivo lo dice el propio autor “Lejos de mí cualquier intención propagandística. Sólo espero que cada cual sepa extraer de mis escritos sus propias conclusiones“. A partir de ese instante, como testigo ocular y en primera fila, gracias a su condición e inmunidad diplomática, Felix Schlayer nos sumerge en el día a día de aquellos intensísimo y peligrosísimo días del Madrid bajo la dominación roja, o sea, del PSOE y del PCE, los mimos cuyos herederos intelectuales intentan hoy por todos los medios, es decir, con falsedades, propaganda y leyes de la “memoria histórica” –en realidad de des-memoria o de mentira histérica–, hacer olvidar sus crímenes execrables de los que fue testigo directo Schlayer; y aún más, que se consideren a las víctimas por verdugos y viceversa.

El libro no tiene desperdicio. El valor personal de Félix Schlayer, sus desvelos y agonías para dar de comer a los cerca de mil refugiados en los varios pisos que poco a poco logró colocar bajo protección diplomática, la vida de aquellas gentes hacinadas en ellos siempre con la amenaza de poder ser asesinados, es un testimonio impecable del terror que impusieron los socialistas del PSOE, de la UGT y los comunistas del PCE y sus cachorros de la JSU.

En el libro hay momentos que no nos resistimos a transcribir brevemente, como por ejemplo la entrevista de Schlayer con Carrillo: “Iba a empezar enseguida una reunión con representantes de los partidos del Frente Popular, en el curso de la cual se iba a nombrar la nueva «Junta de Defensa» de Madrid. Inmediatamente después de su nombramiento nos presentaría al nuevo delegado de Orden Público […] Pasado algún tiempo apareció el ayudante con un hombre joven que tendría de 25 a 30 años de edad, un «camarada» robusto con un rostro de expresión más bien brutal, y nos lo presentó como nuevo delegado de Orden Público. Pertenecía a las Juventudes Comunistas, a la más encarnizada e insensible de todas las organizaciones proletarias. Extremó su cortesía con los diplomáticos, con quienes establecía contacto por primera vez en su vida y nos citó para celebrar una entrevista en su nuevo despacho a las siete de la tarde […]”.

Otro capítulo interesante es la entrevista que cuenta el autor con La Pasionaria, que duró hora y media y que tuvo un final apoteósico: “Hacia el final de la conversación, le pregunté cómo se imaginaba ella que las dos mitades de España, separadas la una de la otra por un odio tan abismal, pudieran vivir otra vez como sólo un pueblo y soportarse mutuamente. Entonces estalló todo su apasionamiento: “¡Eso es simplemente imposible! ¡No cabe más solución que la de que una mitad de España extermine a la otra!”. No podía, por tanto, quejarse si la parte contraria le había aceptado la receta”. 

Y, cómo no, su terrible descubrimiento de las matanzas de Paracuellos, el único de entonces, fuera de los asesinos, que pudo acercarse a ellas: “Los autobuses que llegaban se estacionaban arriba en la pradera. Cada 10 hombres atados entre sí, de dos en dos, eran desnudados -es decir, les robaban sus pertenencias- y enseguida les hacían bajar a la fosa, donde caían tan pronto como recibían los disparos, después de lo cual tenían que bajar los otros 10 siguientes, mientras los milicianos echaban tierra a los anteriores. No cabe duda alguna de que, con este bestial procedimiento asesino, quedaron sepultados gran número de heridos graves, que aún no estaban muertos, por más que en muchos casos les dieran el tiro de gracia… Me dirigí al único que estaba de guardia -un miliciano-, y dando por sabido lo ocurrido, le pregunté sin rodeos dónde habían enterrado a los hombres que fusilaron el domingo. El hombre empezó a hacerme una descripción algo complicada del camino. Le dije que sería mucho más sencillo que nos acompañara y nos enseñara el lugar; me hizo caso, se colgó el fusil y nos condujo hasta ahí. A unos 150 metros del castillo se metió en una zanja profunda y seca que iba del castillo al río, y que llaman «Caz»; era una antigua acequia. Ahí empezaba, en el fondo de dicha zanja, un montón de unos dos metros de alto de tierra recientemente removida. Lo señaló y dijo. «Aquí empieza». Reinaba un fuerte olor a putrefacción; por encima del suelo se veían desigualdades, como si emergieran miembros; en un lugar asomaban botas. No se había echado sobre los cadáveres más que una fina capa de tierra. Seguimos la zanja en dirección al río. La remoción reciente de tierra y la correspondiente elevación del nivel del fondo de la cacera tenía una longitud de unos 300 metros. ¡Se trataba, pues, de la tumba de 500 a 600 hombres!”.

La Redacción


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