Muy en boga está la Declaración Universal de Derechos Humanos (DUDH) desde su aprobación en 1948 después de dos años de redacción. Desde entonces, tal documento se ha extendido por el mundo haciéndose de él una especie de panacea, de totem, de “biblia”; y ello hasta tal punto que incluso inspira tribunales internacionales y es el pilar sobre el que se asientan la mayoría de las críticas y acusaciones que se hacen contra gobiernos, partidos e individuos. A tanto ha llegado su imposición, que hasta la Iglesia la ha tomado casi como dogma de fe.

  • La cruz y la espada

Eleanor Roosevelt

  • La cruz y la espada

René Cassin

Dicho documento fue redactado por una reducida comisión de nueve personas de varias nacionalidades, destacando desde el principio dos: Eleanor Roosevelt, viuda por entonces del que fuera presidente de los EEUU, y René Cassin, diplomático francés. Lo importante de los dos, que fueron realmente los que dirigieron la redacción del texto y los que cortaron el bacalao, es que eran destacados y públicos masones. Su influencia en la redacción de la DUDH fue tan marcada, que de ella se enorgullecen públicamente todas las logias masónicas desde entonces hasta nuestros días; nada más hay que echar un vistazo a sus escritos para constatar lo anterior.

Significativa fue la explicación oficial que en su momento diera René Cassin de lo que era la DUDH, a la cual literalmente comparó “…con un templo formado por un atrio, que era el preámbulo de la Declaración, donde se proclama la unidad de toda la familia humana; unos cimientos que eran los artículos 1 y 2 donde se establecían como principios básicos las ideas de libertad, igualdad y no discriminación, y fraternidad y solidaridad; sobre estos cimientos se alzaban cuatro columnas que representaban diversas categorías de derechos. La primera, los derechos y libertades personales… La segunda columna recogía los derechos de la persona en su relación con grupos… La tercera columna recoge las libertades políticas … Finalmente, la cuarta columna representa los derechos económicos, sociales y culturales … Sobre las cuatro columnas se encontraba un frontispicio en que se señalaban los vínculos entre el individuo y la sociedad… Así quedaba construido un gran templo en que quería ser al mismo tiempo el espacio para el desarrollo humano en libertad y el templo que acogiera a toda la humanidad bajo las sólidas bases de los derechos humanos.”.

Pero como una prueba más de esa inspiración y coincidencia de la DUDH con los postulados de la masonería internacional, basta leer lo dicho por Santiago Castellá, Vice Rector de la Univeridad Rovira y Virgili, declarado masón, en Barcelona en 2008: “Por eso comparto con nuestra tradición y con vosotros la necesidad de continuar con la construcción masónica de los derechos humanos, y en especial con la posibilidad de una fundamentación intersubjectiva universal y humanista basada en la construcción de un espacio público mundial en el que seamos capaces de compaginar los metales identitarios que nos acompañan y recubren con la profunda desnudez de los hijos de la mar, donde nuestra profunda conciencia de humanidad fractura en la diferencia individual busque reconciliarse en la fraternal convivencia cotidiana… la patria de la humanidad, el gran templo capaz de acogernos a todos sin pedirnos nada más que seamos lo que ya somos, de invitarnos a su construcción metódica y dialogada, capaces de descubrir con la serena mirada bajo la luz de la escuadra y el compas la reconfortante luz de las estrellas en la noche de los tiempos.”.

Por lo anterior y por mucho más, no hay duda de que la DUDH es un documento íntegramente masón.

Visto todo lo anterior y siendo conscientes, lo que hoy día no se estila, de que la masonería es un gran y feroz lobo con piel de cordero; de que es una secta secreta que esconde sus métodos; de que lo que busca es el control y gobierno universal; de que es enemiga fundamental y declarada de Dios y, por ende, de la Iglesia; de que, por último, que la propia Iglesia la ha condenado en varias ocasiones, así como a los que a ella pertenezcan, no se entiende que esa misma Iglesia haya acogido la DUDH como dogma de fe; o se explica porque la infiltración de la masonería en ella es profunda.

Lo terrible es que con tal gesto la Iglesia se ha sometido a un poder diabólico y terrenal, renegando de la única e insuperable declaración de derechos humanos jamás habida ni que habrá, de la cual, para más inri, ella es depositaria: los Diez Mandamiento.

Si comparamos el divino decálogo:

1º Amarás a Dios sobre todas las cosas.
2º No tomarás el Nombre de Dios en vano.
3º Santificarás las fiestas.
4º Honrarás a tu padre y a tu madre.
5º No matarás.
6º No cometerás actos impuros.
7º No robarás.
8º No dirás falso testimonio ni mentirás.
9º No consentirás pensamientos ni deseos impuros.
10º No codiciarás los bienes ajenos.

desde luego profundizando en sus mandatos en toda su extensión, con los treinta artículos de la DUDH, éstos aparecen como lo que son: una bagatela, una estupidez, una mentira.

Si los hombres asumiéramos plenamente los diez mandamientos y los cumpliéramos hasta en sus más nimias consecuencias, el mundo entero sería el paraíso terrenal. No hay color entre ese sublime decálogo y esa penosa declaración humana de derechos en la que, además, no aparece ninguna obligación; hecho más que llamativo.

Triste es ver cómo obispos y sacerdotes acuden a la DUDH en busca de inspiración, de referencias, y la nombran incluso en sus homilías, mientras apenas citan los diez mandamientos. Es penoso ver cómo la Iglesia, teniendo en su seno eso diez mandatos que de cumplirse todo lo solucionarían, acude a la DUDH en busca de soluciones que ella jamás podrá lograr.

Como católicos, rechacemos de plano la DUDH y esgrimamos siempre, frente a ella y a los que la ensalzan, la ley divina, los diez mandamientos.

La Redacción