La cuerda de presos. Don Benito, julio 1938

Pura y dura memoria histórica

Título.- “La barbarie roja en Don Benito. La cuerda de presos. 23 y 24 de julio de 1938”

Autor.- Alfonso Martínez Rodríguez

Edición sin ánimo de lucro que se distribuye a precio de coste (28€). Pedidos al autor: Pulse en este enlace

Acaba de publicarse un documentadísimo e imprescindible libro sobre uno de los muchos hechos execrables cometidos por los rojos durante nuestra contienda 1936-39, el cual recomendamos vívamente, bien que advertimos que no escatima en detalles espeluznantes, como espeluznante fue lo que ocurrió. Sobre los hechos que narra de forma incuestionable y definitiva, rescatamos un artículo publicado en 2016 en Desde mi Campanario, que sirve para acercar a nuestros lectores a ellos; bien que la realidad que describe el libro lo supera con mucho. Y fíjense que los hechos no ocurrieron al comienzo de la guerra, pudiendo por ello achacarse a los primeros momentos, sino en Junio de 1938, con la guerra ya perdida… o ¿tal vez por eso mismo?. Estos son los crímenes que quieren hacer olvidar con tal ley.

–OO–

La “CUERDA DE PRESOS DE DON BENITO” estuvo compuesta por 69 personas, 48 hombres y 21 mujeres (de las cuáles fueron asesinadas 23 hombres y 6 mujeres), y 16 soldados, milicianos y escopeteros rojos.

La CUERDA salió de Don Benito (Badajoz) a las catorce horas del día 23 de julio de 1938, inicialmente con destino a Castuera. El recorrido que siguieron fue por La Haba, Magacela, La Coronada, Campanario y Puebla de Alcocer, destino final por haber tomado las tropas nacionales la población de Castuera. A algunas de las mujeres supervivientes las llevaron a Cabeza del Buey y desde allí a Villanueva de Córdoba donde fueron liberadas al finalizar la Guerra.

-o-

Cuando vemos los nombres en las interminables listas de represaliados, a veces no nos damos cuenta que detrás de los números y de las estadísticas de víctimas, había una persona con padres, hijos, esposo… Gracias a esta investigación y a través de estas fotografías vamos a poder poner nombre y apellidos a inocentes vilmente asesinados.

En la abundante bibliografía publicada últimamente sobre la Guerra Civil en Extremadura hay sucesos que pasan “desapercibidos” para ciertos historiadores e investigadores. Hoy haremos mención a un pueblo al que me ligan lazos sentimentales y familiares (mi madre Pepi Núñez Mures y abuela Carmen Mures Rosa eran naturales de Don Benito). En este pequeño trabajo traeremos a colación unos luctuosos hechos ocurridos en este pueblo en Julio de 1938 y que por su dureza y crueldad marcarán la realidad diaria de lo que fue la Guerra Civil en Extremadura. Ya está bien que desde ciertos sectores de la izquierda se atribuya éstos y otros asesinatos de pobres inocentes a los siempre inidentificables “incontrolados”.

Escuadra falangista de Don Benito (1935)

Don Benito fue una de las poblaciones extremeñas más castigadas por las acciones criminales del Frente Popular.

Cabe destacar, entre otra muchas ignominias, los asesinatos de tres párrocos y tres coadjutores (entre estos martires nombraremos al Arcipreste Don Benedicto Barbero Bermejo y al párroco Don José Gil Loro) así como del director del convento de los Padres del Corazón de Maria, padre Lama,  fusilado al igual que seis de sus misioneros. A las Carmelitas se las obligó a abandonar el claustro. Destruyeron la famosa biblioteca de Donoso Cortes, cebándose cruelmente con los descendientes del político español; a muchos de los detenidos de derechas los paseaban para que sirvieron de mofa a los milicianos y a dos hermanos de 16 y 18 años los asesinaron al negarse a declarar donde se encontraban escondidos sus padres a los que buscaban para matarlos. Antes de abandonar el pueblo destruyeron la fábrica de calzados de la Viuda de Patricio Cerrato a la que además mataron tres hijos y la casa de los Sres. de Olmeda.

Corría el 23 de Julio de 1938, la ofensiva del ejército nacional en el Frente Extremeño se acelera, es lo que se conocerá como la Batalla de la Bolsa de la Serena. Don Benito (Badajoz) estaba a punto de caer en manos de la 21 División al mando del coronel Eduardo Cañizares Navarro. La desbandada frentepopulista es generalizada y caótica. En la evacuación de Don Benito los milicianos arramblaron con todo lo que pudieron llenando unos 300 carros, pero no sólo se llevaron enseres sino a 70 personas inocentes, a 70 personas que no habían cometido ningún delito, salvo ser de derechas y católicas.

En esta huida los miembros del Ejército Popular cometerán uno de los actos más viles de la Guerra Civil en la provincia de Badajoz.

Según expresa el historiador extremeño Jacinto Gallardo:

Probablemente, la ruptura del frente por los nacionales en el sector Peñarroya-Valsequillo, el día 15 de Junio de 1938, provocaría una nueva oleada de detenciones por esas fechas, que continuarían hasta la evacuación de la población por las autoridades. [La Guerra Civil en la Serena, Badajoz: Diputación Provincial, 1994, 133].

Cadáver sin cabeza de Fco. Ruíz, uno de los “presos”

Es decir, entre el 15 de Junio y el 23 de Junio de 1938 en esta población pacense de Badajoz se va a detener a 56 hombres y 15 mujeres, madres e hijas de huidos a zona nacional, ancianos votantes de Acción Popular, “beatas” de misa diaria, hasta un niño, recién nacido en el cautiverio y de tan solo 28 días, fue arrancado de los brazos de su madre por el coronel mexicano Juan Bautista Gómez, jefe de la 92 brigada mixta, para llevárselo consigo a Almadén. A los padres del bebe, los Cotarelos, no solo le arrebataron a su ser querido, fueron azotados y no murieron de milagro. En esos últimos días del Don Benito Rojo, a los detenidos menos acostumbrados a la labores del campo se les obligó, entre las burlas más soeces, a realizar la siega de garbanzos. En fin, gente indefensa a la que la Guerra solo había traído desgracias.

La Guerra por las tierras de La Serena toca a su fin y empieza el éxodo de la población civil y de los militares que huyen a las tierras cercanas de Ciudad Real. Un hecho cruel e inútil marcará la evacuación de Don Benito. Los milicianos necesitan escudos humanos para cubrir su retirada. Hay rumores de que Castuera ha caído en manos nacionales, y ante el temor de que Don Benito sea la siguiente población en ser liberada, el 23 de Julio, por la tarde, sacan de las cárceles (una era de mujeres) a unos 70 prisioneros, luego de apartar a “las seis mujeres más guapas” en otras fuentes se habla de cinco, [El avisador numantino (3 de Agosto de 1938)]. Cometieron con ellas el acto más vil e indigno del ser humano. Un testigo directo de lo que allí acontecido relató al gacetillero Javier de Navarra lo siguiente:

Comenzaron a saciar en estas infelices muchachas sus instintos de fiera, cometiendo con ellas el ultraje mayor del que pueda avergonzarse la raza humana.
Después, aquellas fieras, consumieron el martirio matando a las muchachas (y emprendieron la marcha.)” [El progreso (31 de Julio de 1938)].

Los supervivientes dieron más tarde fe de la premeditación de los sucesos llevados a cabo por miembros de las unidades militares en retirada con sus mandos al frente:

Refieren estos siete hombres y una mujer que se han salvado que oyeron perfectamente la conversación sostenida entre un teniente rojo y el sargento que mandaba los milicianos que los llevaban presos. El teniente dijo al sicario: —Hoy va a haber abundante carne. Apuntad bien. —No tenga cuidado, que no se escapará ninguno, contestó el sargento. [Diario de Huelva (6 de agosto de 1938)].

Una cuerda de presos atados de dos en dos y compuesta por mujeres, ancianos y niños vaga por la carretera de Don Benito a La Haba, con dirección a Campanario, escoltados por los milicianos. El calor y la caminata hacen mella en los presos que no pueden seguir el ritmo de los milicianos y éstos no pueden llevar “rémoras” que entorpezcan su cobarde huida. El ejército nacional les va pisando los talones. Entre toda clase de vejámenes, a eso de las ocho de la tarde, empiezan a asesinar a los más débiles, a los que muestran síntomas de cansancio, en el tristemente conocido puente de La Haba. Los cuerpos yacentes se dejan allí abandonados, como a perros.

Francisco Núñez Trejo temiendo ser descubierto y capturado por los moros, que seguro que le hubiesen “rebanado el pescuezo” al comprobar que era Guardia de Asalto de la República, emprende la huida hacia Campanario el 24 de Julio. Entonces se le queda grabado uno de los momentos mas tristes de la Guerra pues al pasar por el puente de La Haba, encuentra algunos de estos cuerpos mutilados de vecinos de Don Benito que él conocía por la actividad de su suegro. Aquella visión goyesca de los desastres de la guerra, la recordará toda su vida.

Cadáver de Fco. Ruíz

Los asesinatos continúan a lo largo del camino, en un lugar conocido por “los Molinos” del término Municipal de Campanario junto a la rivera del río Guadalefra, en las proximidades de la finca llamada “El Espolón “los milicianos hicieron honor a la auténtica “Columna de la Muerte” extremeña. Ese fue el lugar en que fueron ametrallados, cayendo muertos buena parte de ellos. Los que sobrevivieron a esa descarga fueron rematados a bayonetazos. El resto de detenidos, muchachas en su mayoría, prosiguió su viaje hasta llegar a Puebla de Alcocer.

Uno de aquellos “fusilados” dejó el siguiente testimonio al corresponsal de la Agencia Logos, Antonio Reyes Huertas. Se trata de Domingo Andía (o Adán), conocido por “el Maño”, tratante de ganado originario de Zaragoza, al que el movimiento le alcanzó en Don Benito y que en el momento de la entrevista estaba ingresado en el Hospital de Cáceres:

Tiene en sus ojos todavía la expresión de terror que le produjo la visión de estos crímenes, y habla de su salvación como de un suceso providencial. Se hizo el muerto al sonar la descarga, pudiendo desasirse de las ligaduras cuando los asesinos iban rematando a los caídos; logró incorporarse, y perseguido a tiros y herido en las piernas, logró alcanzar nuestras líneas cerca del Zujar. [El Día de Palencia (28 de julio 1938].

La también superviviente, Isabel Cidoncha, nos dejó el siguiente testimonio:

Estaba en la cárcel de Don Benito con otras tres mujeres y bastantes hombres. Cuando vieron que iban a quedar en una ratonera, los dirigentes organizaron la evacuación de los detenidos.
A las dos de la tarde, después de habernos atado por parejas salimos camino hacia Magacela.
Hacía un calor insoportable. Carretera adelante salimos 50 hombres y 21 mujeres.
Nosotras éramos casi todas jóvenes. Sólo había seis mayores.
Como el calor era tanto, a los nueve kilómetros, el primer grupo de desfallecidas se negó a andar. De la escolta que llevábamos se quedó una pareja con ellas. Eran cinco.
Nos dijeron que esas iban a descansar allí y que luego continuarían, pero al poco tiempo oímos una descarga y los milicianos que se habían quedado con ellas regresaron montados en sus caballos para incorporarse a la caravana.
No habíamos comido nada ese día. Desde que salimos no probamos el agua. A las diez de la noche habíamos llegado a Magacela con fiebre, los pies ardiendo, agotadas. Pero los milicianos decían que los “fascistas” teníamos que ser fuertes. Muertos de fatiga y de sed esperábamos que nos llevarían en tren, pero en la estación ya no había tren alguno. Allí nos dejaron descansar unos minutos, no muchos para emprender de nuevo la caminata. No logramos que nos dieran agua a pesar de que en nuestra presencia corría el chorro de una fuente en la que los milicianos renovaban la de sus cantimploras y abrevaban sus caballerías.
Toda la noche fue de caminar incesante. Cerca de La Coronada nos dieron otro descanso de unos diez minutos escasos para seguir la marcha a buen paso hasta Campanario a donde llegamos a las cinco y media de la mañana. Nos hicieron desfilar por las calles del pueblo y exigían que lleváramos un paso marcial.
Entre nosotras iba una muchacha que había oído cómo asesinaban a tiros a su madre cerca de La Haba.
Hasta las nueve de la mañana de aquel día nos tuvieron sin probar bocado. A esa hora, relevaron a los milicianos que nos conducían, por la vigilancia de la cárcel, para que nuestros verdugos que hicieron el camino a caballo, descansaran. El relevo se portó mejor con nosotras.
Nos aflojaron las ligaduras, que como eran de cuerda, del roce de la marcha iban segando nuestras carnes.
Por un momento creímos que íbamos a disfrutar de un descanso más largo, pero no tardamos mucho en notar un gran revuelo en la calle. La proximidad de las fuerzas de Franco tenía en un estado de nerviosismo grande a todo el mundo. No tardaron mucho en aparecer de nuevo nuestros conductores, que ordenaron que preparáramos nuestros equipajes para seguir más adelante […]
Salimos de Campanario a media mañana. A seis kilómetros del pueblo, en una finca que llaman “El Espolón” nos concedieron un descanso. Allí nos dieron comida y agua. Cuando reanudamos la marcha, un sacerdote que iba entre los detenidos sufrió un desvanecimiento. Con él se quedaron dos milicianos y los que iban atados con la misma cuerda.
También se quedó allí una mujer que era comadrona en Don Benito. No tardamos mucho en oír el tiroteo. Y al momento, los milicianos que se incorporaban a la escolta decían que ya estaban descansando. Poco más adelante cayó desfallecido otro hombre de edad. Él y su compañero de ligaduras quedaron allí para siempre.
Pero donde la tragedia adquirió su verdadera dimensión fue en un lugar conocido por “Moro de Suárez”.
Allí, los cobardes milicianos de la escolta oyeron el tropel de unas caballerías que avanzaban y creyendo que eran fuerzas montadas del Ejército Nacional, dieron orden de que nos refugiáramos todos en el cauce de un arroyo que por allí discurre. Los hombres a un lado. Las mujeres a otro. El tropel de la caballería era de fugitivos marxistas, pero no quisieron desaprovechar la ocasión y desde unos cerritos próximos empezaron a disparar sobre los hombres. Unos trataban de huir con las naturales dificultades de ir emparejados con apretadas ligaduras; otros dirigían toda clase de insultos a los cobardes milicianos. Fueron unos momentos de horror y locura. Los rojos perseguían a tiros a los que lograban alejarse huyendo. El que caía arrastraba a su compañero que ya sabía moriría sin remedio.
A las mujeres nos llevaron hasta Cabeza del Buey. Allí logré en un momento de pánico y confusión por la llegada de aparatos nacionales, huir de la caravana, esconderme en una casa y de allí me han sacado los soldados nacionales.

Como hemos comprobado los valerosos “luchadores por la libertad “ cuando llegaron a las inmediaciones de Campanario y comprobaron que la bolsa de la Serena estaba cerrada abrieron fuego contra los pocos presos que aun quedaban con vida.

Después de la Batalla cayeron en manos nacionales poblaciones del relieve de Don Benito, Villanueva de La Serena, Campanario, Medellín, Castuera o Navalvillar de Pela.

Volviendo al tema que hoy nos ocupa, una imagen vale más que mil palabras y por ello nos pararemos en las pequeñas historias de las personas que aparecen en la foto horriblemente mutiladas y evidentemente sus historias son extrapolables a las del resto de compañeros de este último viaje vital.

El 23 de Julio de 1938 Antonio Moreno Martín-Romo de profesión tablajero, 39 años, con cinco hijos de 15, 11, 9, 7 y 4 años de edad (¿debía ser un peligroso delincuente o un militar fascista disfrazado? No, era un simple padre de familia cuyo único delito fue pensar diferente y votar a las derechas el 16 de febrero de 1936), fue sacado de la cárcel en la cuerda de presos, conducido como un vulgar criminal a unas pocas leguas. Cerca del puente de la Haba donde fue asesinado con tiros a bocajarro que le destrozaron el cráneo.

Cadáver de Josefa Margarita Verdú

Otra “peligrosísima delincuente” de 49 años de edad, ama de casa y con dos hijos llamada Margarita Verdú Sánchez. El 19 de Julio de 1938 fue conducida a la prisión de Don Benito, donde estuvo sufriendo todo tipo de vejaciones hasta el día 23 de Julio de 1938, fecha en la que fue sacada en esa famosa cuerda de presos, dirigieron sus pasos al puente de la Haba. Le rompieron las piernas con las culatas de los fusiles, le cortaron un brazo con un hacha y para que “no sufriera”, le aplastaron la cabeza con las botas y con las mismas culatas de los fusiles.

No quiero olvidar que junto a estas humildes personas en aquella Columna de la Muerte iba un prometedor escritor, fotógrafo y pintor costumbrista extremeño a los que “los luchadores por la libertad “asesinaron vilmente. A la inútil muerte del ensayista Francisco Valdés Nicolau asesinado en Don Benito el 4 de septiembre de 1936 habría que sumar la de este otro artista conocido como” Trajano”.

La izquierda mediática se nos presenta como la única defensora de la cultura. García Lorca no fue el único escritor asesinado en la Guerra Civil. Hubo otros hombres y nombres, olvidados por aquellos que intentan monopolizar el mundo intelectual e imponer su visión monocolor de lo que fue el conflicto fraticida.

La izquierda también mató a intelectuales y artistas por el mero hecho de no comulgar con la ideología marxista y este es el caso que nos proporciona uno de los nietos de aquel artista.

ALFONSO RODRÍGUEZ SIMOENS “TRAJANO”, fue asesinado durante la Guerra Civil el 24 de julio de 1938 junto a otras 15 personas de DON BENITO en una finca, muy cerca de PIEDRAESCRITA, en CAMPANARIO. Nueve años antes escribió “ESTAMPAS EXTREMEÑAS – El Santuario de Piedraescrita”, curioso coincidencia pues ese en ese lugar sería más tarde sería asesinado.

Siguiendo el recorrido DON BENITO; LA HABA; MAGACELA; LA CORONADA; CAMPANARIO (Los Molinos y El Espolón); el MORO DE SUÁREZ; CABEZA DEL BUEY y PUEBLA DEALCOCER, llegué con mi hermano Alfredo al Santuario de PIEDRAESCRITA. Allí hablamos con el guardés, un hombre ya muy mayor que nos informó que más allá, a unos cinco kilómetros y en unas hoyas (el terreno no es del todo llano), existía una Cruz.

Tras recorrer la carretera aparcamos más ó menos a ésa distancia y, en la finca, nos adentramos andando hacia el interior y en una pequeña loma divisamos la Cruz de granito donde figuran, creo recordar, veintidós nombres, entre los que figura mi abuelo ALFONSO RODRIGUEZ. Creo que son los veintidós que murieron el día 24 de julio “.

Sepa el lector que no damos el nombre de la finca por pura prudencia, con el objetivo de salvar esa cruz de los caídos del ataque de los nuevos talibanes extremeños, que a buen seguro , igual que hacen su ídolos yihadistas, se ensañarían con ese monumento funerario dejándolo en la más absoluta ruina.

Mano cortada de Josefa Margarita Verdú

De los demás, como he dicho, una treintena fue asesinada por el camino. A María Paula Parejo se la encontró con el cráneo y el hombro derecho destrozados, a Juana Ortiz Dávila con la cabeza machacada y los ojos desprendidos. Otros lograron salvar la vida milagrosamente como fue el caso de Josefa Cortés Correa que, a pesar de los balazos que recibió, pudo llegar a Don Benito después de deshacerse de las ataduras que la ligaban a un compañera muerta: Manuela Morillo Caballero. Esta última, de 48 años, ama de casa fue asesinada en el mismo lugar y en la misma fecha que los antes mencionados; el cadáver presentaba numerosos disparos de arma de fuego y dejó cuatro huérfanos de 16, 13, 10 y 8 años. Políticamente, las víctimas estaban afiliadas a Acción Popular o al Partido Radical, mientras que otros de los asesinados no tenían una peculiar militancia dentro de la común adscripción a las derechas.

En todo caso recordaré los nombres de los asesinados el día 23 y 24 de Julio de 1938 para oprobio de nuestra “Memoria Histórica extremeña”:

Asesinados el 23 de julio de 1938, junto al puente de La Haba:

Antonia María Cidoncha Donoso (Propietaria)

Manuela Morillo Caballero (Propietaria)

Antonio Moreno Martín-Romo (Tablajero)

María Francisca Moreno Martín-Romo (Propietaria)

María Paula Parejo Borrallo (Propietaria)

Francisco Ruiz Ruiz (Propietario)

Margarita Verdú Sánchez (Propietaria)

Asesinados el 24 de julio de 1938, en las inmediaciones de Campanario:

Junto al Molino del Guadalefra

Agustín Cerrato Crespo (Dependiente)

Juana Ortiz Dávila (Matrona)

Francisco Santamaría Cabanillas (Comerciante). Había sido Teniente de Alcalde.

Eulogio Velasco Navarro (Sacerdote). Ecónomo de la Parroquia de San Sebastián.

Más allá del Molino del Guadalefra:

Santiago Arias Alonso (Industrial)

Ernesto Ruiz Parejo (Empleado)

“Moro de Suárez”:

Francisco Álvarez Solo de Zaldívar (Empleado)

Manuel de Arcos Parejo (Barbero)

Diego Dávila Nicolau (Propietario). Había sido Diputado Provincial

Benito Dorado Gallego (Empleado)

Carlos Elías Montemayor (Empleado) Director Banco Hispano-Americano

Juan Escobar Moreno (Molinero)

Félix Galán Lapeña (Industrial)

Alfredo García Sánchez (Farmacéutico)

Antonio García de Paredes Gallego (Empleado)

Eusebio Gerbolés Martínez (Propietario)

Cándido Mena Rubio (Empleado)

Félix Parejo García (Propietario). Había sido Alcalde

Rafael Peralta Cáceres (Propietario)

Julio Ramos López (Industrial)

Alfonso Rodríguez Simone (Propietario-Fotógrafo)

Antonio Sáenz Gómez-Valadés (Propietario)

Como ultima reflexión ¿que necesidad había de cometer estos crímenes? Quienes cometieron estos execrables e inútiles asesinatos ¿pueden ser considerados por algún historiador sensato como “luchadores por la libertad”? Si algunos de aquellos asesinos hubiera sido juzgado por los tribunales por las muertes que causó y por los huérfanos que dejó sin padres ¿se le puede considerar represaliado?

 

 


Deja un comentario