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La conciencia de los pecados

Manten viva la conciencia

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conciewnciaEn este mundo en que has querido que viva, que me santifique y que me gane el puesto que me tienes reservado junto a Ti; en este mundo en el que nadie cree pecar y nadie cree que puede ser condenado por Ti; en el que hasta la mayoría de los pastores han perdido la conciencia, te pido, Señor, encarecidamente:

 

Que no me quites la conciencia o, mejor, que no dejes que yo la adormezca o la mate, que la calle, que no la escuche. Dame, Señor, una completa conciencia de mis pecados. No dejes, Señor, que no me considere pecador. No permitas que busque excusas, pues razones no las hay, para creerme sin pecado, no dejes que mire para otro lado cuando peque, no consientas que me absuelva a mí mismo, que rebaje la gravedad de mis faltas. No permitas, Señor, que considere mis pecados como errores, pues en ellos hay culpa por haber voluntad de ofenderte, mientras que en éstos no pues son producto de la equivocación. No dejes, Señor, que me fie de aquellos que, por sentimentalismo, por un sentimiento falso, estúpido, ignorante o malicioso de amistad y pretendida bondad, intenten rebajar la gravedad de mis pecados hasta pretender, incluso, que no han existido. No dejes, Señor, de alimentar mi conciencia, presérvamela para que siempre, siempre, me grite, me incomode, no me deje descansar cuando haya pecado. Ten, Señor, conmigo, la caridad de hacerme ver mis faltas, ten la misma lástima que tuviste con tantos, Señor, y no te canses de gritar en el desierto de mi alma, de mi mente y de mi corazón a través de mi conciencia. Dame, Señor, conciencia de mis pecados. No me prives de la gran misericordia, Señor, que supone tener conciencia.

 

Dame también, Señor, una conciencia que me censure, que me escueza, cuando vea a mi prójimo pecar y opte por callarme. Dame, Señor, la conciencia del daño que le hago, el peor de todos, y del que me hago a mí. Haz, Señor, que la conciencia no me deje vivir, no me deje descansar, viendo impasible cómo mi prójimo camina hacia el precipicio. No dejes, Señor, de darme una conciencia que me obligue a advertir a mi prójimo de que está en pecado, de que se ha alejado de Ti, de que se pierde en el abismo, antes que rendirme a mi cobardía, mi miedo al qué dirán, mis intereses o mis ambiciones.

 

Dame, Señor, una conciencia varonil, firme, recia, valiente, extrema que bajo ningún concepto me permita descansar cuando peque, ni callar cuando lo haga mi prójimo. Dame, Señor, el don inmenso, magnífico, de tener una conciencia viva, rápida, activa, con la ayuda de la cual no peque, y si tuviera tal desgracia, no me deje vivir hasta que no me arrepienta, me confiese y me enmiende. Ten, Señor, compasión de mi y dame, Señor, conciencia de mis pecados.

 

Y, Señor, dame también, junto a ella, la seguridad, la esperanza inconmensurable de saber que, si me arrepiento y me propongo firmemente no volver a pecar, Tú, Señor, me perdonarás, me ayudarás a levantarme de mis culpas, y así podré, gracias a mi conciencia, permanecer en tu gracia, no separarme más de Ti y caminar hacia Ti, contigo.

 


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