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  • La cruz y la espada
Los obispos de las provincias vascongadas, de Navarra y no sabemos bien por qué, aunque lo intuimos, el de la francesa Bayona –o sea, el territorio que reclamó y reclama ETA–, se han apresurado a emitir un comunicado –o ya lo tenían coordinado–  ante la anunciada próxima “auto-disolución” de ETA. Leído dicho comunicado (ver texto AQUÍ), hemos subrayado en él sus partes más hirientes, injustas y, por ello, intolerables, a las cuales oponemos las siguientes principales objeciones, entre otras muchas que podríamos añadir:

* La moda inaugurada por Juan Pablo II, en el caso de la Iglesia, de pedir perdón por parte de sus autoridades o representantes institucionales respecto a épocas o hechos pasados, distantes o cercanos, es absurda e injusta. Absurda porque una institución en sí misma, y más aún la Iglesia –Jesucristo es Iglesia, ojo con lo que ello supone–, no hace nunca daño a nadie per se, lo hacen sus componentes, y nunca todos, sino sólo algunos; por ello no ha lugar a esas peticiones de perdón institucionales. Injusta porque aquellos que forman parte de la Iglesia y nada malo han hecho en este asunto, sino incluso todo lo contrario, se ven metidos en un mismo saco con los ofensores sin haberlo sido, otra razón más que hace improcedente este tipo de peticiones de perdón. Lo que consiguen con eso es humillar a la Iglesia en su conjunto y dar armas a sus enemigos, que ya tienen una excusa más para ofenderla; además, ningún obispo tiene autoridad para pedir perdón en nombre “de la Iglesia”, porque Iglesia somos todos, no sólo ellos.

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Setién… y con él muchos más

* Quienes tendrían que pedir perdón públicamente, porque además pública y gravemente ofendieron, son los obispos, sacerdotes y religiosos que ampararon, impulsaron, dieron cobijo, ocultaron, colaboraron e incluso asesinaron con, para y por ETA. Sabemos sus nombres y apellidos, muchos siguen vivos y en ejercicio, se pasean por las calles e incluso celebran Misa. Esos, y no otros, son los que tienen que pedir perdón individual y públicamente, no “la Iglesia”; pero ni lo hacen ni lo van a hacer porque no ssólo no se arrepientesn de nada, sino que saben que han vencido y quien vence nunca pide perdón por su victoria.

* Además, deberían reparar, ellos, no “la Iglesia”, porque las ofensas que cometieron fueron públicas y gravísimas, dando con ellas escándalo. Reparar confesando públicamente hasta los últimos detalles de su participación en hechos ya esclarecidos y, más aún, en aquellos todavía sin esclarecer, precisamente para que lo puedan ser. Reparar abjurando públicamente de lo hecho. Reparar confesando sus pecados de todo tipo. Reparar acusando a los que hoy siguen ostentando tal ideología. Pero no “la Iglesia”.

* La declaración de los asesinos de ETA no tiene nada de positivo que se pueda valorar.

* Lo de “todas las víctimas de la violencia” a estas alturas produce más grima y dolor si cabe que antes: aquí sólo hay unas víctimas de la violencia, las de la violencia etarra; pues si alguno de éstos fue neutralizado en cualquier circunstancia y/o forma, lo fue por su propia culpa; ese equiparar a la violencia del delincuente, del asesino, con la que se ejerce de cualquier forma para impedirle cometer su acto criminal o para detenerle después de haberlo cometido es manifiesta y repugnantementemente maniquea.

* Para ser instrumento de paz hay que serlo de justicia, y justicia es dar a cada uno lo que se merece: a los etarras presos, el cumplimiento íntegro de sus penas, a los fugados y a sus cómplices, perseguirlos hasta detenerlos para que las cumplan.

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Muertos por atentados de ETA

* Cuando dicen “nuestro pueblo” vuelven a hacerse eco de la terminología etarra, como al firmar el comunicado los obispos del territorio que tales asesinos reivindican. Pueblo NO hay más que UNO, el español, que es, además, todo él, quien ha sufrido el terrorismo etarra, no sólo los habitantes de Vascongadas y Navarra; así mismo España, como nación y patria, es a nuestro juicio la primera y principal víctima, y por desgracia la única de la que casi nadie se acuerda.

* Las ideologías que “alimentaron” (¿en pasado?) tal fenómeno lo siguen haciendo en el presente, están en las instituciones, manejan los fondos, se reparten los cargos e imponen sus principios ideológicos de los que nunca han renegado, sino todo lo contrario; muchos de ellos, por cierto, contra Dios y contra la Iglesia. Dichas ideologías son las que a día de hoy enarbolan el PNV, Bildu, etcétera, etcétera, y son las que hoy amparan palizas en Alsasua, las que imponen el dialecto vascuence, las que forman contubernio con el separatismo catalán, las que buscan su beneficio y no el de España, y mucho más.

* La “disolución” cuando quiere y le conviene a ETA no ofrece ninguna oportunidad de paz ni de nada, pues lo hace una vez que ha vencido y que ya no le interesa matar más; también cuando sabe que todo está pactado y dispuesto para “lavarle la cara” –este comunicado episcopal colabora en ello– y poder disfrutar de esa victoria que lo ha sido sólo gracias a la traición y entrega de los otros, de los realmente vencidos, o sea, de los españoles y de España, porque así lo han querido nuestros indignos y cobardes dirigentes de todos los partidos de estos últimos cuarenta años. ¿Dónde se ha visto que un enemigo derrotado programe y anuncie su “disolución”?

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* Los familiares de los presos no tienen derecho a nada. Su sufrimiento ha sido en la mayoría de los casos propiciado por ellos mismos por la inoculación en sus hijos o hermanos de la ideología idolátrica separatista, y en otros por la desviación voluntaria de esos hijos o hermanos, los cuales deberían haber tenido en cuenta el sufrimiento que iban a inflingirles antes de hacer lo que hicieron. Los únicos familiares que sufren y lo harán sin remisión hasta el día de su muerte son los de los asesinados, mutilados, perseguidos y arruinados por ETA y su entorno.

No, señores obispos, no. Vuelven a demostrar, ahora con este penoso, ofensivo y vergonzoso comunicado, no sólo su propia mediocridad, sino tambien que o no se enteran o no se quieren enterar, que es peor.

La paz no es la mera ausencia de violencia –además, en el caso que nos ocupa esa violencia sigue existiendo en múltiples formas–, sino el resultado de la justicia, que es algo tan sencillo como dar a cada uno lo que le corresponde: al bueno, premio, y al malo, castigo, lo que por mucho que esto último no guste a nadie hay que hacerlo.

Por todo lo anterior, ahora son ustedes, señores obispos firmantes de este comunicado los que deberían pedir perdón.

La Redacción