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Causa y efecto.

Lo que nunca pudo, ni supo explicar, y desde luego rehuyó explicarlo y los que le rodeaban y utilizaban nunca dejaron que se le preguntara, fueron dos cosas: ¿cómo es posible que del caos de esas sustancias salieran, además mediante una caótica explosión, las maravillas y el orden que hoy contemplamos? y, más aún, de dónde, el por quién y el por qué de la existencia de dichas sustancias.

StephenHawkingDos hechos, aunque aparentemente distintos –y desde luego distantes–, han marcado de alguna manera nuestra actualidad, sin que casi nadie se haya dado cuenta de que ambos tienen mucho que ver entre sí. Nos referimos al fallecimiento de Stephen Hawking y a la muerte del niño de cinco años Gabriel Cruz a manos de la “pareja” de su padre. Y tienen mucho que ver porque si los miramos con detalle los dos son muestra de uno de los muchos y gravísimos problemas que hoy corroen y destruyen nuestra sociedad.

En el primer caso, Hawking fue el mayor exponente del ateísmo más radical de nuestro tiempo, negando de plano la mayor, la principal, para lo cual negó siempre algo tan evidente, tan sencillo de comprender y tan imprescindible para vivir como es reconocer que no hay efecto sin causa. Enaltecido desde hace décadas por todos aquellos que en su ciega inquina contra la existencia de Dios buscan posibles argumentos sólidos para justificar, y peor aún expandir, su error, no dudaron en emplear cantidades ingentes de dinero y esfuerzo en promocionar a Hawking en cuanto apreciaron que sus teorías “científicas”, plagadas según ellos de modernidad y pretendido fundamento empírico, les favorecían; el hecho de que Hawking, debido a su enfermedad, ofreciera además una imagen de superación, hacían al cuadro más apetecible y eficaz aún.

Lo que Hawking hizo durante toda su vida fue, sólo, esbozar unas teorías, de las que por cierto nunca aportó dato comprobable alguno, según las cuales toda la creación que hoy vemos, así como la que no conocemos directamente pero que intuimos, procede de una gran explosión espontánea de una masa informe de sustancias. Lo que nunca pudo, ni supo explicar, y desde luego rehuyó explicarlo y los que le rodeaban y utilizaban nunca dejaron que se le preguntara, fueron dos cosas: ¿cómo es posible que del caos de esas sustancias salieran, además mediante una caótica explosión, las maravillas y el orden que hoy contemplamos? y, más aún, de dónde, el por quién y el por qué de la existencia de dichas sustancias.

Hawking negó siempre con sus teorías la mayor, lo principal: que siempre tiene que haber una causa para un efecto; algo que hasta un niño intuye cuando constantemente pregunta ¿y por qué? ¿y por qué?

Al final de sus días, Hawking, que sabía de qué cojeaban sus teorías, se limitó, contumaz, a negar cualquier posibilidad de que dichas sustancias hubieran necesitado de un creador y se limitó a decir que Dios era innecesario –bien que, como siempre hizo, sin argumentarlo ni entrar a explicarlo–, sin darse cuenta ¿o tal vez sí pero no le importaba?, que negando la existencia de una causa echaba por tierra todas sus teorías, todo su trabajo, toda su vida y pasaba a engrosar la enorme lista de la pléyade de pretendidos sabios que en realidad todo lo ignoraban.

gabriel muerteEl execrable asesinato del niño de cinco años Gabriel Cruz a manos de la “pareja” de su padre es más de lo mismo. España ha quedado conmocionada por las circunstancias que rodearon tan siniestro crimen. Pero por desgracia, y una vez más, el orden establecido, esta tiranía de los valores invertidos que sufrimos, ha evitado que los españoles asumieran algo tan evidente como es lo que Hawking negaba, y es que para todo efecto hay una causa, prefiriendo de nuevo mirar al tendido y seguir cerrando los ojos ante nuestra terrible realidad.

En este caso los españoles han negado también la mayor, lo principal, es decir, que el efecto, o sea, la muerte de Gabriel Cruz tiene una causa o varias, si se quiere, pero que en realidad son prácticamente la misma y única: el repudio a las leyes divinas y naturales, la negación de Dios, la absoluta destrucción de los principios y valores católicos, la apostasía generalizada, el antropocentrismo, el relativismo y el hedonismo que nos ahoga.

Porque esta sociedad lleva ya prácticamente medio siglo impulsando, alabando e imponiendo unas ideas y costumbres, unas causas, cuyos efectos son, más pronto que tarde, que una malnacida asesine fríamente a un chaval; que sus padres se manifiesten, aún con el cadáver de su hijo caliente, en pro de una indulgencia estúpida en vez de la instintiva, necesaria y obligada justicia rápida y ejemplar; que todo lo que hemos visto en torno al caso haya sido una muestra de histeria colectiva carente de la serenidad que aportan la fe y la razón; que se haya abierto de inmediato un áspero debate en el que todos, de una forma u otra, lo que han hecho es incidir en negar la necesidad de restablecer la autoridad, el orden y la disciplina; en el que se asombran del efecto, pero ninguno si quiera ha mentado, ni ganas de hacerlo –muy posiblemente tampoco le hubieran dejado– a las causas: la absoluta destrucción de la familia, la banalización del matrimonio, la perversión de la educación que se da a los hijos, el egoísmo desenfrenado que nos domina y esclaviza, el vicio hediendo que nos atufa, la corrupción moral que nos ahorca, la tolerancia suicida con todo lo que nos lleva al precipicio.

Hawking basó todo su montaje pseudocientífico y toda su vida, en ser el estandarte de la negación de la Causa de todas las causas a pesar de contemplar cada día sus maravillosos efectos; en el caso de Gabriel Cruz igual, pues para no asumir la necesidad de variar radicalmente de rumbo, todos se asombran y analizan el efecto, el vil asesinato del chaval, pero nadie se ha atrevido a señalar las causas.

 


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