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  • La cruz y la espada
No es un golpe, es una revolución.

Sigue encanallándose la situación en Cataluña, la cual ha sido calificada casi unánimemente como “golpe de Estado”, menos por esta publicación en la que desde siempre hemos defendido que es una “revolución” en toda su extensión del término; eso sí, a diferencia de las clásicas, esta ha venido siendo alimentada por aquellos que debieron combatirla desde el primer instante, es decir, por los dirigentes y partidos políticos y sindicales, por todas las instituciones del Estado, desde su jefatura, el Rey, hasta la menor, pasando por las esenciales de la judicatura, FFAA y fuerzas de seguridad, sin olvidar al clero, quienes además han sido cómplices activos, entusiastas y esenciales… y lo siguen siendo, que es lo peor.

Es una revolución porque tiene todos los componentes de ella, en absoluto de los de un “golpe”, veamos:

* Todas las revoluciones, pese a lo que muchos creen y se les ha hecho creer históricamente, no nacen del pueblo, no surgen por el malestar, por mucho que sea, de una masa popular, sino que vienen sembradas y trabajadas desde arriba. Así ha sido en esta, en la que las ideas secesionistas en toda su extensión –cultural, histórica, social, religiosa, lingüística, económica, etc.– se han insuflado desde los dirigentes, colectivos, partidos y sindicatos de ideario secesionista que siendo minoritarios, casi nulos, al final de la legalidad y legitimidad anterior, para justificar aún más su destrucción fueron mimados por aquellos que querían dicha destrucción y la consiguiente imposición del régimen actual, el que denominamos “del 78” por ser el año en que se aprobó su Constitución.

* También desde arriba, es decir, desde los estamentos estatales, se procedió a alimentar a los del párrafo anterior; pieza fundamental en tal labor fue la inclusión en la Constitución de términos ad hoc para que los secesionistas pudieran, sobre ellos, estructurar su labor subversiva y de zapa propias de toda revolución.

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  • La cruz y la espada
* Durante cuatro décadas todos los dirigentes que ha tenido España, hayan sido del color que sea, han buscado y consentido mediante halagos, cesiones, entregas y claudicaciones inimaginables a los secesionistas, de tal calibre que nadie en su sano juicio hubiera nunca consentido ni por asomo, y todo por dos motivos: por sacar adelante investiduras o presupuestos –o sea, por interés personal o de partido–, y por mantener un foco de tensión del que creyeron poder sacar réditos y con el que no quisieron nunca acabar a pesar de haberlo podido hacer legalmente mediante la correspondiente modificación de la ley electoral en vigor –nociva e injusta– y de la propia Constitución.

* Tal periodo de cuarenta años –más si tenemos en cuenta que ya en los últimos años de la legalidad y legitimidad anterior se azuzó el separatismo como forma de socavar aquella– los dirigentes, partidos, sindicatos y colectivos secesionista han gozado de una impunidad, de un poder y de un respaldo político, jurídico, económico, mediático e incluso espiritual –y en todos los aspectos habidos y por haber– que les ha permitido, ahora sí, envenenar –adoctrinar, se dice ahora– al menos al cincuenta por ciento –son los votantes secesionistas según hemos podido comprobar– de tres generaciones de españoles nacidos o residentes en las provincias catalanas, articulando, ahora también, la base popular más que suficiente y necesaria para que la revolución se presente como surgida del pueblo, como sentir popular, como petición mayoritaria de la ciudadanía, etcétera, de forma que las intenciones de los dirigentes hayan logrado el respaldo y la base necesarias.

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  • La cruz y la espada
Por todo lo anterior –véase si no cualquiera de las revoluciones habidas a lo largo de la Historia–, asistimos al espectáculo que hoy contemplamos de una rebelión revolucionaria que persigue decididamente la secesión de una parte de España para constituirla en nación, con el fin subsiguiente, que nadie lo dude porque ellos tampoco lo ocultan, de exportar dicha revolución cuando menos a las Islas Baleares –donde ya ha prendido–, a las provincias levantinas, menos Murcia y Almería, bien que de momento, y a una parte importante de las aragonesas limítrofes con las catalanas; porque otra característica de toda revolución es que no puede detenerse hasta tanto en cuanto no se haya extendido de forma que logre hacerse, justificada o injustificadamente –lo último es lo normal– con un “cinturón” de espacio físico, poblacional y económico que la afiance, le dé seguridad y le permita una estabilidad política y económica casi autárquica hasta que pasen los años necesarios para que sea, por fin, una realidad incuestionable y por ello aceptada por la comunidad internacional que en un principio por múltiples razones, bien que meramente coyunturales, la habrá rechazado.

Así pues, “revolución”, no “golpe”.

¿Y qué hacer entonces? Pues justo lo que no se ha hecho hasta ahora, justo aquello que, aún siendo hoy ya difícil, al menos por ahora sería legal y legítimo, y posible, pero que cada día que pase será más complicado de realizar:

* Suspensión de la autonomía catalana en toda la extensión del término.

* Disolución de todas las instituciones autonómicas catalanas.

* Suspensión de todas las garantías constitucionales en Cataluña.

* Asunción real y efectiva por los distintos ministerios –por todos y cada uno de ellos– del control de la vida en todos sus aspectos en Cataluña.

* Intervención, especialmente, de todos los fondos y estructuras económicas secesionistas y medios de comunicación.

* Ilegalización y disolución de todos los partidos secesionistas; ncluso de las filiales de los denominados “nacionales”.

* Detención de todos los dirigentes y activistas secesionistas y de los que no acaten lo anterior, sometiéndoles de inmediato a los correspondientes procesos judiciales.

* Despido, con su correspondiente indemnización, de todos los empleados de cualquier ente, empresa, institución y estructura autonómica catalana.

* Retirada de permisos a todas aquellas instituciones privadas o semiprivadas –colegios, universidades, etc.– de evidente matiz secesionista.

* Lo mismo con todas las alcaldías actualmente gobernadas por partidos o coaliciones de absoluto cariz secesionista, así como de aquellas en las que se atisbe su existencia aunque en ellas participen las filiales de los denominados partidos “nacionales”.

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  • La cruz y la espada
Hecho lo anterior proceder con paciencia, mucha calma y caridad, a una intensa, constante y abrumadora acción de des-adoctrinamiento de aquella parte de la población que en la actualidad, por manipulación, equivocación o ignorancia apoya el proceso revolucionario en marcha.

Que habría algaradas, pues para eso están las fuerzas del orden y su fuera menester las FFAA –en Belfast se hizo y no por ello el Reino Unido dejó de ser “democrático”–; que habría fuertes quejas internacionales, pues para eso está nuestra diplomacia y nuestra defensa a ultranza de nuestra soberanía; que habría que trabajar mucho, que el proceso no iba a ser ni corto ni fácil, pues para eso estamos todos los españoles, para arrimar el hombro, como tantas otras veces.

También habría que proceder a una profunda reforma constitucional que, entre otras cosas, o disolviera todas las autonomías  –apostamos por ello–  o las deje reducidas a la mínima expresión de la figura; lo que además sanaría las cuentas estatales que cada día que pasa evidencian la ruina a la que estamos abocados a no tardar mucho si seguimos empecinados en sostener un sistema estructural, administrativo y burocrático inviable de todo punto de vista y menos aún para una nación como España de tipo medio-bajo.

¿Que lo anterior es una utopía? Pues sólo si no existe la voluntad política y patriótica de vencer a la revolución en marcha que, además, no sólo va a desgajar de España a una importante y queridísima parte de ella, sino que no va a parar hasta conseguir hacerse con buena parte de otras ya citadas y, aún más, se exportará a otras en las que ya existe tal virus desde hace mucho –Vascongadas y Galicia– y se contagiará al resto por aquello del efecto dominó que históricamente también se ha comprobado que se produce.

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  • La cruz y la espada
¿Que lo dicho y propuesto conlleva enormes sacrificios? Pues también, pero además de procurar paliar sus peores efectos, bien que sin relativizar ni disminuir un ápice el logro del objetivo pleno de revitalización nacional, habría que explicar a los españoles, pedirles y, caso de ser necesario exigirles, que si quieren seguir siéndolo, seguir disfrutando de nuestra gran y hermosa patria y tener un futuro –que convertidos en reinos de Taifas ninguno de ellos tendría–, no queda más remedio que sacrificarse y, además, hacerlo el tiempo que fuera necesario, sin levantar falsas y demagógicas expectativas a corto o medio plazo, pero con la seguridad de que de actuar como se ha dicho, España resurgirá de la actuales cenizas y cual ave Fénix, y como lo ha hecho en múltiples ocasiones, remontará el vuelo aún más alto que nunca.

Españoles, de vosotros, y no de los políticos, depende vuestro futuro y el de España.

La Redacción