• La cruz y la espada

“Monjas miguelianas” saludando al obispo

Ha concluido el sumario de la causa que se venía siguiendo por presuntos delitos de asociación ilícita, contra la integridad moral, de agresión sexual, de abusos sexuales con prevalimiento, contra la Hacienda Pública y de blanqueo de capitales contra los dirigentes de la que se llamó “Orden de los Miguelianos”, capitaneada por Miguel Rosendo, su esposa, sus dos hijos y otras trece personas más, las cuales formaron en su día tal “orden” a la que atrajeron en su momento álgido hasta un total de cerca de cuatrocientas personas. El cabecilla y fundador, el citado Rosendo, permanece en la cárcel desde Diciembre de 2014. Ahora corresponde a la Audiencia Provincial de Pontevedra, tras escuchar a las partes, decidir si archiva el caso o abre el correspondiente juicio oral.

  • La cruz y la espada

Mons. Luis Quinteiro Fiuza

La “orden” tuvo su centro principal en un chalet sito en la localidad de Santa María de Oia (Pontevedra). En la primavera de 2014 sus integrantes fueron expulsados por las autoridades eclesiásticas –forzadas, pues se resistieron como gatos panza arriba, por algunos católicos bien informados y mejor intencionados–, trasladándose un grupo reducido a dos casas que poseían en Collado Villalba y El Escorial. Días después de la detención de su cabecilla el obispo de Tui-Vigo, Mons. Luis Quinteiro Fiuza, el mismo que viste y calza que en su día les amparara y respaldara, firmó el decreto de supresión de la Orden y Mandato.

El caso de los “miguelianos” no pasaría de ser uno más de los muchos de embaucadores de ingenuos de los que tanto abundan por estos lares, si no fuera porque su ascenso estuvo amparado por el obispado de Tuy-Vigo al que el juez apunta, y empapela, como responsable subsidiario toda vez que, como dice el auto “…la constitución y funcionamiento de la Orden y Mandato de San Miguel Arcángel estuvo amparada y actuaba al servicio y bajo la dependencia del Obispado…”.

Dejando al margen lo escabroso del asunto que compete sólo a la Justicia –nada más hay que ver los presuntos delitos que se les achacan de momento–, nos encontramos ante un caso más de los muchos en los que nuestros obispos patinan, se encharcan, pican y se enlodan por su falta de realismo, por su cobardía y porque viven apegados al mundo y a un Evangelio que ellos mismos han tergiversado, degradado, mutilado y… que se han creído, cayendo en la trampa de muchos de creerse sus propias mentiras cuando las repiten hasta la saciedad.

Debido al desastre espiritual que padecemos desde hace décadas, fruto de un penoso concilio Vaticano II del que salió lo que no debía; debido al empecinamiento en no reconocer que aquello fue un fiasco; debido al dejar hacer desde entonces a cualquier hijo de vecino por no enfrentarse con nadie, por no ejercer la autoridad, por practicar un buenísmo absurdo, por adorar a la “santa democracia”, en fin, por no hacer y decir lo que deben, y ello por haber fabricado un Evangelio a la carta que no lo es, la mayoría de nuestros obispos caen a la primera de cambio en las manos de cualquier espabilado como fue, entre muchos, el caso que nos ocupa.

Porque en su día el obispo no se aseguró de qué clase de católicos eran sus cabecillas, porque no les exigió, porque no les soltó al abogado de Diablo para informarse pensando mal de entrada, porque no los puso bajo la lupa, porque no los probó, porque no hizo lo que siempre hizo la Iglesia hasta del Vaticano II, sino que por el contrario les dio amparo y carta de naturaleza hasta el día antes en que estalló el escándalo; y aún así sólo forzado por las presiones de católicos de pro. Más o menos lo mismo que con otros muchos escándalos que hemos visto en los últimos tiempos. Porque estos obispos no están en lo que tendrían que estar exclusivamente dedicándose en pastorear a sus ovejas comenzando por los sacerdotes y religiosos y siguiendo por los “laicos” que frecuentan los obispados y las parroquias.

Errores podemos cometer todos, y los cometemos, y en ellos no hay culpa, porque son humanos y se cometen sin malicia, pero la estupidez, la ingenuidad y la negligencia no son excusables; es más, creemos que deben ser considerados pecado en algún caso incluso mortal.

Ocurrió con lo de la pederastia, con varias renombradas congregaciones hoy de capa caída, etc., etc., etc., en las cuales se demostró lo mismo que en este caso: estupidez, bobaliconería, falta de personalidad, negligencia, simpleza, soberbia, adocenamiento, tibieza, falta de atención, de responsabilidad y… de fe. Y no olvidemos que, siendo lo peor lo espiritual, no hay que descartar que también lo sea lo material, porque si hay condena y si hay indemnizaciones, el subsidiario puede ser, como apunta el juez de primera instancia, el obispado, es decir, la Iglesia, es decir, todos los que hasta ahora venimos poniendo la famosa “X” y dando otro tipo de aportaciones; no sería la primera vez que nuestros donativos caritativos fueran a pagar los platos que rompen nuestra jerarquía. Y que conste que no aprenden porque no quieren, por soberbia.

Por eso, insistimos: católicos, salir de vuestra pasividad, de vuestra acomodación, estad alerta y vigilantes como dice el Evangelio y exigir. Debemos piarlas, debemos quejarnos, debemos molestar, incordiar a estos obispos y curas decadentes que nos dispersan, que no nos pastorean, es nuestra responsabilidad y nuestro derecho. Seamos católicos de verdad, comenzando por nosotros los primeros, desde luego, pero siguiendo de inmediato por ellos. Si no lo hacemos así no nos quejemos después.

La Redacción