A la jerarquía eclesiástica española.

Por desgracia, todo lo dicho del clero se les puede aplicar a ustedes, nuestra jerarquía; incluida esa malsana coincidencia y alianza con las ideologías citadas que no pocos de ustedes no sólo profesan, sino que además se regodean en demostrarlo públicamente. Y todo ello con el lógico agravante de la culpa que les corresponder por ostentar la máxima autoridad y consiguiente responsabilidad inherente a sus cargos. Así también el escándalo que dan ustedes es muy superior al de aquéllos.

mm

Transcribimos a continuación la carta que ha enviado nuestro director a todos los cardenales y obispos españoles, incluidos los que reiteradamente se han declarado separatistas, en relación con la gravísima situación espiritual, moral y de todo tipo que sufre España. La misma se puede descargar AQUÍ.

Emmo,s y excmo,s sr,s cardenales y obispos:

Por la presente, como católico que soy por la gracia de Dios, miembro de la Iglesia por el bautismo y español por nacimiento, les dirijo la presente para poner en su conocimiento lo que sigue, pues aunque me consta que lo conocen de sobra, motivo por el que no se les puede conceder el beneficio de la duda, no por ello puedo dejar de cumplir cuantas veces sea necesario con el mandato evangélico de corrección fraterna que es, además, obra de especial caridad.

En 1978, cumpliéndose ahora cuarenta años, con la participación activa de casi todos sus antecesores y de la Santa Sede de entonces, y a pesar de las serias y razonadas advertencias de no pocas voces, entre ellas las de algún dignísimo prelado, se implantó en España un régimen y sistema político de manifiesto cariz liberal-revolucionario que tras destruir hasta la raíz la legalidad y legitimidad anterior, ha impuesto poco a poco unas prácticas cuyas nefastas consecuencias en el orden espiritual y moral, además de en otros muchos aspectos, hoy son evidentes y ya no se pueden ocultar.

Al cabo de estas cuatro décadas se ha llegado a una situación intolerable que ha producido no sólo la secularización de nuestra nación, sino más aún su patente paganización y real y general apostasía –aunque no lo sea explícita sí lo es de obra–, de forma que ahora sí que se puede afirmar que España ha dejado de ser católica y que, como consecuencia, la Iglesia española ha dejado de ser para los españoles la luz y referencia que siempre fue. Tan sólo un setenta por ciento se declaran católicos, de ellos sólo un catorce dice asistir a la Santa Misa los Domingos y fiestas de guardar, y únicamente un tres participan en ella algún día más. La realidad es, pues, desoladora. Que el proceso sea global no es excusa, y en el caso de España, por su muy particular historia, menos aún.

Durante estos cuatro decenios hemos asistido a la implantación de leyes y a la implementación de usos y costumbres contrarios a las leyes divinas y naturales. El divorcio, el aborto, la sodomía pública, la eutanasia encubierta y en breve legal, el feminismo radical, la ideología de género, la cohabitación de las parejas, la destrucción de la familia, de la autoridad de los padres, etcétera. Las más terribles formas de profanación de iglesias y blasfemias, casi siempre amparadas por las autoridades –muchas aún declaradas católicas en lo personal– y que además quedan impunes, son habituales. La calumnia y la mentira dominan en todo los órdenes. La corrupción moral y material están generalizadas y son profundas.

Junto a lo anterior, buena parte del clero secular y regular muestra actitudes en lo espiritual pasivas, indolentes y relajadas, trasmitiendo una patética imagen de tibieza y falta de fe, predicando un Evangelio sesgado al que han vaciado de todo lo que puede molestar, sentar mal o no coincidir con los usos y costumbres imperantes. Sufren graves carencias doctrinales y formativas, escasa devoción y no poca afición a la innovación e improvisación. Los medios de comunicación dependientes de la CEE, además de ser gravemente deficitarios en lo económico, tanto en su programación como en sus más relevantes y públicos miembros, dejan mucho que desear desde el punto de vista espiritual y moral. Los centros de enseñanza que se dicen católicos ni siquiera lo parecen. En algunas regiones de España, cada día más, cunden los clérigos amparadores y propagadores activos de corrientes ideológicas –muchas de ellas condenadas por la Iglesia– fehacientemente desvariadas, nocivas, ilegales, corruptas y corruptoras de almas, mentes y corazones, así como de grupos políticos, sociales y de opinión enemigos históricos y contumaces de la Iglesia y de España, cuyo único fin ha sido siempre imponer sus maléficos postulados, sojuzgar a los ciudadanos y destruir nuestra patria, empleando para ello las más burdas falsedades, torticeras calumnias y otros medios manifiestamente inmorales.

Por desgracia, todo lo dicho del clero se les puede aplicar a ustedes, nuestra jerarquía; incluida esa malsana coincidencia y alianza con las ideologías citadas que no pocos de ustedes no sólo profesan, sino que además se regodean en demostrarlo públicamente. Y todo ello con el lógico agravante de la culpa que les corresponder por ostentar la máxima autoridad y consiguiente responsabilidad inherente a sus cargos. Así también el escándalo que dan ustedes es muy superior al de aquéllos.

Más en concreto, llevan ustedes años sumidos en un susurro timorato en lo referente a asuntos tan graves como son el divorcio, el aborto, la propagación de la sodomía y la inmediata llegada de la eutanasia; también en lo referente a las profanaciones y blasfemias, que liquidan con notas patéticamente tibias que en nada defienden el honor y los derechos de Dios y de su Santísima Madre mancillados; sus declaraciones en relación con la cohabitación de parejas, el feminismo radical, la ideología de género, los ataques contra el matrimonio y la familia, contra la autoridad de los padres, etcétera, son, no sólo pobres, sino peor aún confusas; en cuanto a esas ideologías destructivas y perniciosas, y a esos grupos políticos, sociales y de opinión enemigos tradicionales de Dios y de España, su silencio es ya clamoroso. Prueba de ello es que no les persiguen, pues si hicieran lo contrario tengan por seguro que lo harían; y no digan que es persecución algún que otro exabrupto pasajero en los medios de comunicación o alguna que otra denuncia baladí, porque no lo es.

Es por todo ello, por su falta de firmeza, de solidez, de claridad, de contundencia, por su adocenamiento, aburguesamiento e indolencia, que han perdido la autoridad, relevancia y capacidad de influencia moral y social que les corresponde, a la que están obligados por razón de su altísimo ministerio y a la que no pueden renunciar sin traicionarle a Él. Es por todo ello por lo que tantos fieles se han alejado de ustedes y de la Iglesia, por lo que tantos andan perdidos y por lo que tantos se pierden si les llega la hora. Es por todo ello por lo que las ovejas, al verse sin pastor, se han dispersado. Es por todo ello por lo que el enemigo, que no descansa, y que al contrario que ustedes se muestra audaz y constante, avanza sin cesar, no por sus méritos, sino por los deméritos de ustedes, no por su fuerza, sino porque ustedes no le plantan cara, porque desfallecen y, sinceramente, dan la impresión de que no creen. La sal se ha vuelto sosa.

Esta situación no puede continuar. El católico no puede permanecer impasible como si nada fuera con él ni le incumbiera. La indiferencia y pasividad ante lo que viene sucediendo lo ha fomentado y lo hace también con lo que se avecina. El no adoptar urgentes, eficaces y drásticas medidas es incurrir en falta grave que no se puede justificar con las habituales excusas, que no razones, de que somos pocos, débiles, qué se le va a hacer y otras por el estilo hoy tan extendidas. Ustedes, con su actitud y proceder fomentan directa o indirectamente esa pasividad e indiferencia, lo que les convierte en su causa, así como también en la del relativismo que nos anega, fomentando que los fieles crean que pueden serlo, al tiempo que partícipes y respaldo de lo que se gesta, caídos en una aberrante forma de dicotomía, de cómoda y abyecta incoherencia, según la cual es lícito poner una vela a Dios y otra al Diablo. Nuestro Señor nunca rechazó ni renegó de los pecadores porque vino a procurar su conversión, pero afirmó que vomitaría a los tibios.

Así pues, por Dios, por su Santísima Madre, por la Iglesia y por la salvación de sus propias almas y de las de tantos que a priori hoy la tienen perdida, en gran medida por su culpa, les animo, requiero y exijo a que cambien de inmediato y radicalmente de actitud; a que abandonen su comodidad y ensimismamiento; a que se desprendan de todo lo mundano; a que no se dejen absorber por la vana burocracia y los compromisos fútiles; a que vuelvan a la fe; a que hagan verdadera y mucha oración y penitencia; a que den la cara por Cristo; a que prediquen TODO y sin tapujos el Evangelio; a que sean la conciencia de España y de todos los españoles; a que exciten la combatividad de los fieles; a que griten la Verdad a tiempo y a destiempo, con oportunidad y sin ella; a que no cejen en el empeño; a que no se dejen contaminar por novedades doctrinales heterodoxas aunque procedan de las más altas instancias; a que ejerzan su autoridad con firmeza; a que no tengan apego al cargo; a que no tengan miedo; a que se mantengan firmes en la fe; a que peleen bien su combate y fomenten que los demás hagan lo mismo; a que practiquen la más excelsa forma de caridad que es la de procurar la salvación del prójimo, mucho más que la satisfacción de sus necesidades materiales; a que defiendan nuestras esencias e historia católicas; a que sean fieles a Cristo por encima de cualquier otra lealtad, sea a quién sea; a que sean radicales, intransigentes, rígidos e intolerantes en lo que a la predicación del Evangelio se refiere; a que carguen con su cruz conscientes de que aún más de lo que hicieron con Él lo harán con ustedes; a que elijan siempre la puerta estrecha y el camino empinado; a que den ejemplo de valor y arrojo y arrastren tras de ustedes a los demás.

Si así lo hacen, para mayor gloria de Dios y salvación de las almas, la Providencia Divina hará que todo cambie y vuelva al lugar que nunca debió abandonarse; y Dios se lo recompensará dándoles ciento por uno.

Si no lo hacen, se lo reclamará; y recuerden que su juicio ha de ser siempre mil veces más exigente que el del resto.

 


One thought on “A la jerarquía eclesiástica española.”

  1. No, es por el Concilio Vaticano II, que no ha sido nombrado aquí y es la clave de todo.

    No es solo que dé la impresión de que no creen, es que no creen. No es cobardía, indolencia, tibieza, negligencia ni nada similar, es que sencillamente no tienen fe, es decir no tienen la fe católica sino que tienen la fe conciliar, que no es católica. Esta es la clave que lo explica todo: el Concilio Vaticano II.

    Nunca la legitimidad de un cargo eclesiástico ha sido garantía de santidad e infalibilidad (hecha la excepción del papa pronunciándose ex cathedra) y por mas legítimos pastores que sean son al mismo tiempo pastores que ya no tienen la fe católica, sino la conciliar, que no es católica.

    Estamos ya en la Gran Apostasía profetizada, todo parecer indicar que esto es así y esta vez si estamos ya en el final. Por eso a estos pobres desgraciados (que es lo que son, y no lo digo como insulto) cuanto se les diga les entrara por un oído y les saldrá por el otro. Porque ellos se creen en la verdad estando en el error, se creen en la fe católica estando en la conciliar que no es católica, se creen dignamente engalanados cuando van desnudos, se creen en la primavera y hasta el verano cuando están en plena glaciación.

    Jamás escucharán, jamás. Porque jamás renunciarán al concilio y jamás reconocerán el error sino que seguirán desarrollándolo. Lo que se les está pidiendo en esta carta implica la renuncia del Concilio como condición necesaria para regresar a la fe católica, pero nunca lo harán, porque ellos tienen otra fe que no es la católica, son fieles y pastores de otra religión que no es ya la católica.

    Y si así lo hicieran, pongamos por hipótesis, el mundo, el principado de Satanás, no lo perdonará y será entonces cuando probablemente desate la persecución violenta. Pero sí, sería al menos un digno “final” antes de recibir al Señor en su regreso. Y sin embargo, cuando venga el Hijo del Hombre ¿hallará fe en la tierra?

Deja un comentario