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Bergoglio, el Infierno y Fátima

Es algo que una y otra vez nos viene a la cabeza cada poco: Nuestra Santísima Madre, toda bondad, dulzura, amabilidad, cariño, caridad y no se sabe cuántas virtudes y en grado excelso más, aprovechó una de sus varias apariciones a aquellos pobres niños, tiernos infantes e ingenuos analfabetos, para dejarles ver el lugar más horroroso que existe en la creación: el Infierno.

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infiernoEl Papa Francisco I ha negado la existencia del Infierno, no sólo verbalmente al periodista Scalfari, que fue quien dio la noticia y con ella la voz de alarma, sino también por escrito en Amoris Laetitia (ver AQUÍ). A raíz de semejante barbaridad herética la polémica ha hecho y sigue haciendo correr ríos de tinta, sudor y lágrimas, y quién sabe si algún día de sangre; y ríos de almas perdidas de todos aquellos a los que les dé por creer tal absurdo bergogliano.

Pero es que con lo dicho, con esa incredulidad —“dichosos los que crean sin ver”–, Bergoglio, de rebote, ha negado también las apariciones de Fátima.

De tales apariciones y mensajes nos han llamado siempre muchas cosas la atención, y hemos puesto en ellas también siempre toda la nuestra, pero hay una que constantemente nos genera una especial estupefacción y al tiempo admiración: la mismísima Virgen María no tuvo reparo alguno, sino todo lo contrario, en mostrar directamente y en toda su espantosa realidad el Infierno a los pastorcillos, ese mismo Infierno en que Bergoglio no cree; y eso a unos niños, o sea, criaturas a las que todos procuramos siempre evitar imágenes o espectáculos crudos.

Es algo que una y otra vez nos viene a la cabeza cada poco: Nuestra Santísima Madre, toda bondad, dulzura, amabilidad, cariño, caridad y no se sabe cuántas virtudes y en grado excelso más, aprovechó una de sus varias apariciones a aquellos pobres niños, tiernos infantes e ingenuos analfabetos, para dejarles ver el lugar más horroroso que existe en la creación: el Infierno.

pastorcillos fatimaY fue tal la conmoción que sufrieron, que desde esa visión no dudaron en hacer penitencias de tal calibre para unos niños, que incluso Nuestra Madre tuvo que corregirles y pedirles que no fueran tan lejos. Especialmente Jacinto tuvo siempre muy en cuenta dicha visión, su horror y las terribles penas de los que en él ya estaban, por lo que sufrió siempre de una profunda tristeza por aquellos que iban a caer en él debido a la falta de fe, oración y penitencia, o sea de conversión y… por no creer en su existencia.

Bergoglio, negando la existencia del Infierno, no sólo demuestra que no cree a Nuestro Señor –que afirmó con rotundidad la misma en múltiples ocasiones–, sino tampoco a Nuestra Señora de Fátima.

Allá él, pobrecito, que Dios le coja confesado. Nosotros y ustedes, por lo que más quieran, por sus almas y las de sus seres queridos, no duden ni por un segundo que el Infierno existe y es real, así como eterno, y que en él las penas que sufren las almas y los cuerpos son indescriptibles. Por eso, y aunque sea por miedo, ya que debido a nuestra penosa condición lo del amor nos suele resultar muchas veces difícil, nunca pecar, muchos menos mortalmente, pues nos va en ello no caer en el Infierno; que haberlo haylo, no lo duden, ni lo nieguen, como Francisco I.

 


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