Apuntes para la reforma constitucional (VI): monarquía o república.

La monarquía tiene dos enfermedades especialmente dañinas para ella y para sus súbditos: el absolutismo, hoy imposible, y la vaciedad; si una monarquía se queda hueca, se alejará de sus súbditos, y éstos se darán cuenta, antes o después, de que para nada vale, de que por su estulticia, por no cumplir con sus fines, la nación ha dejado de ser una monarquía para pasar a ser una “república coronada”, por lo que en lógica consecuencia tarde o temprano optarán por prescindir de ella e instaurar una república.

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Antes de nada conviene dejar claro que tanto la monarquía como la república son válidas. También que ambas son, en realidad, formas de Estado, no de gobierno. Ni la una ni la otra son ni solución ni problema para una nación; serán solución o problema dependiendo de quiénes y en qué forma las materialicen, las ejerzan, las lleven a cabo. Ni hay que endiosar a la monarquía, ni hay que estigmatizar a la república; ni viceversa. La monarquía tiene sus ventajas, como las tiene la república, y ambas tienen también sus inconvenientes. Ninguna, como nada humano, son perfectas. Como hay distintas clases de monarquía, las hay de república; más aún, las dos cambian, evolucionan, mutan, se transforman, sea para bien o para mal.

La monarquía tiene dos enfermedades especialmente dañinas para ella y para sus súbditos: el absolutismo, hoy imposible, y la vaciedad; si una monarquía se queda hueca, se alejará de sus súbditos, y éstos se darán cuenta, antes o después, de que para nada vale, de que por su estulticia, por no cumplir con sus fines, la nación ha dejado de ser una monarquía para pasar a ser una “república coronada”, por lo que en lógica consecuencia tarde o temprano optarán por prescindir de ella e instaurar una república.

Nuestra Constitución determina que España es una “monarquía parlamentaria”, lo cual es un contrasentido porque mientras que monarquía es forma de Estado, lo “parlamentario” es de gobierno, así pues no pueden unirse una forma de Estado con una de gobierno porque rechinan. La monarquía puede ser absoluta, ya hemos dicho que hoy totalmente desechada, o constitucional si bajo ella como forma de Estado, se articula la del gobierno de ese Estado bajo una Constitución. Pero nunca la monarquía puede ser parlamentaria.

Asimismo, la monarquía puede ser hereditaria o electiva; en realidad sólo la primera, porque la segunda sería en una república coronada.

A la vista de lo que para la monarquía, para el rey, determina nuestra Constitución, queda claro que a ambos se les despoja de toda responsabilidad en las labores de gobierno, “el rey reina, pero no gobierna”. Por ello, lo que se hizo fue dejar a la monarquía vacía, hueca, por lo que con el paso del tiempo las generaciones venideras, e incluso las más jóvenes –y no tan jóvenes– de estos momentos, cada día piensan más que realmente para qué sirve el rey, la monarquía, la familia real. ¿Para echar discursos también huecos? ¿Para saludar con la mano? ¿Para figurar? ¿Para, y esto es lo peor en una sociedad manifiestamente materialista, gastar y vivir bien? La propia Constitución, en su empeño de dejar a la monarquía vacía, propicia la llegada, antes o después, de una república. Realmente… ¿no fue eso lo que se quiso entonces?

Un paréntesis: volvamos a recordar lo dicho más arriba: la república, per se, ni es mala, ni es buena, ni es causa de problemas, ni es solución a los existentes, como tampoco la monarquía, todo depende de quién y cómo ejerza una u otra.

La monarquía, para que sea efectiva, para que se sustente y vacune contra el virus de la vaciedad –el del absolutismo ya hemos dicho que hoy está totalmente erradicado–, debe cumplir con tres objetivos fundamentales, con tres misiones y responsabilidades, pero con las tres, si falla en una soal de ellas no sirve:

  1. Asumir, guardar, defender, garantizar y representar la unidad nacional, de la patria, su soberanía y dignidad, así como la de sus símbolos.
  2. Ser pieza crucial de engrane, piedra angular fundamental, de unidad entre todos los ciudadanos (súbditos), municipios y regiones.
  3. Asumir ciertas responsabilidades de gobierno de forma que sea elemento esencial en la salvaguarda de las libertades, los derechos y la dignidad de los ciudadanos (súbditos), así como de la justicia y el bien común, constituyendo el escudo último, pero real y efectivo, de todo lo anterior, contra potenciales manipulaciones y/o ataques de parte de grupos ideológicos o intereses partidistas.

Si no es así, si como viene ocurriendo en España desde hace cuarenta años, el rey no guarda y defiende activamente la unidad nacional, de la patria, su soberanía y dignidad, así como la de sus símbolos; si no ha conseguido ser pieza esencial de unidad entre todos los ciudadanos (súbditos), municipios y regiones, y si no ha asumido ninguna responsabilidad porque reina, pero no gobierna, estamos ante una monarquía hueca, vacía, ante una “república coronada”; como hemos apuntado ya, en ese caso es mejor una república.

Porque además, al ser una monarquía hereditaria, se puede dar el caso de que el heredero sea cada vez menos válido que su antecesor convirtiéndose en un foco de problemas más que en una solución.

La República surge como alternativa a la monarquía. Su característica principal es que la máxima autoridad no es un rey, sino un ciudadano electo por un periodo de tiempo determinado; ya lo sea por voto directo popular o por el parlamento. La República se llama “presidencialista” cuando el cargo de Presidente de la república, es decir, el de jefe del Estado, lo ostenta la misma persona que ejerce la jefatura del Gobierno, caso de los Estados Unidos y de todos los países hispanoamericanos; y “semipresidencialista” cuando el poder ejecutivo reside en ambos, caso de Francia, bien que a pesar de ello el presidente de la república es quien ostenta mayores competencias, por lo que la república francesa se acerca cada día más a la presidencialista norteamericana.

En nuestro caso, a tenor de las experiencias republicanas habidas, y dado que, como se ha dicho, para tener una monarquía vacía, hueca, es mejor una república, creemos que la única forma de república que cabe es la presidencialista –la semipresidencialista, es decir, la que podríamos decir “bicéfala” no creemos que vaya con nuestro carácter–, porque si no fuera así se daría la paradoja de que tendríamos una república tan hueca, tan vacía, como la monarquía a la que sustituyera.

Para qué tener un presidente de la república, por muy electo que fuera, si iba a dedicarse, él y su familia, a lo mismo que el rey; para qué costear una “casa” del presidente, por muy republicano y electo que fuera, igual a la real. La II República –la primera vivió y murió en el mismo caos que la engendró– fue absurda, pues derrocado y expulsado el rey y toda su corte, fue sustituido por el presidente de la República y la suya; aquél tenía su casa civil y militar, éste igual, etc., etc.

Repúblicas parlamentarias son Italia y Alemania, poseyendo presidente y primer ministro perfectamente diferenciados, pero preguntamos: ¿conoce alguno de ustedes el nombre del presidente de la república alemana o el de la italiana? No, verdad. Pues bien, porque sus funciones son como las del rey nuestro actual. Por eso, volvemos a incidir en que ante una monarquía vacía, como la que consagra nuestra Conctitución más nos vale una república siempre y cuando sea presidencialista, ni semipresidencialista ni parlamentaria. En cuanto a la forma de elección de tal presidente al asumir también las funciones de presidente del Gobierno se tratará en la próxima entrega.

Otra cosa de gran importancia, así como de valor y gran calado, es el de los símbolos de esa República. Fue también un error, por no decir una estupidez, de aquella II República cambiar la bandera y el himno nacioanles. No había ni hay ni necesidad ni por qué.

Tanto bandera como el himno nacional representan a la nación, a la patria, no a la monarquía ni a la república. España, nuestra nación, nuestra patria, está por encima de su forma de Estado y de gobierno, como lo está por encima de su Constitución; la que sea. Que la bandera roja y gualda haya nacido con la monarquía y existido con ella, entre otras cosas porque ha sido la monarquía la tradicional forma de Estado de España, nada tiene que ver para que se la cambie si se instaura una república; se impuso la tricolor como una forma más de declarar la revolución que se escondía e iba a instaurarse bajo la pantalla de la II República.

Nuestro himno nacional es la “marcha de granaderos”, que es lo que fue en origen –sólo después se vino a llamar “marcha real”–, por lo que no hay motivo para cambiarlo; mucho menos para volver a traer el llamado “de Riego” porque no sólo no tuvo nunca ni tiene arraigo, sino que sus connotaciones traen a nuestra memoria experiencias republicanas, sí, pero revolucionarias y, por ello más que fracasadas.

En cuanto al escudo, que no se olvide que es añadido a la bandera en todos los casos, y se legisla separadamente, mejor suprimirlo y evitar disputas absurdas.

(ver primero); (ver segundo); (ver tercero);  (ver cuarto);  (ver quinto).

 


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