• La cruz y la espada

Toda Constitución debe siempre dejar muy claro los conceptos de nación y patria, sin los cuales dicha constitución no sólo no existiría, sino que en vez de sentar bases sentaría arenas movedizas que, tarde o temprano, provocarían convulsiones; y dependiendo de la idiosincrasia de la nación de que se trate incluso graves desastres y perjuicios.

Sobre los conceptos de nación y patria puede que tengan algo que decir los juristas, nada los políticos, y todo la Historia.

En la Constitución de 1978 hay un artículo fundamental, el 2º, que reza así: “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas.”; y es fundamental no sólo por lo que en él se trata, sino porque el propio artículo así lo declara precisamente cuando dice “La Constitución se fundamenta…”.

Hoy nadie se engaña de que nuestra actual Constitución fue redactada en general, pero especialmente en este tan esencial artículo, no sólo con una más que calculada ambigüedad, sino aún peor, mezclando indiscriminadamente en un potpurrí manifiestamente confuso conceptos tan vitales –sobre todo con nuestros antecedentes históricos lejanos y cercanos–, como son “indisolubilidad”, “indivisible”, “patria”, “autonomía”, “nacionalidades” y “regiones”; y además lo hace en abierta y perniciosa contradicción.

Se habla de “nacionalidades”, pero curiosamente no figura el término “nación”; se dice que España es “patria común”, pero no puede ser “patria” si antes no se deja claro que es “nación”. Aquí no hay ni debió haber lugar para tanta estulticia. Jurídica, histórica y políticamente es claro y admitido en el mundo entero que para ser “patria”, en nuestro caso particular de los españoles, antes y primero tiene que ser “nación”… española. Es una pena comprobar cómo de todas las habidas en España, la Constitución de 1978 es la única que no sólo no recogió hecho tan evidente como el anterior –echen un vistazo a las otras–, es decir, que España es una nación y por ello la patria, sino que con su enrevesado batiburrillo de conceptos lo dinamitó. Así, todas nuestras constituciones, menos ésta, tuvieron muy claro lo que es “la nación”, “la patria” y el “Estado” y, desde luego, aún con sus defectos, a ninguna se le ocurrió introducir término tan vago y peligroso como el de “nacionalidades”, vocablo más jurídico que político, que significa, en síntesis, la condición de pertenecer a una nación; se posee una nacionalidad porque se pertenece a una nación, se es nacional sólo de una nación.

Lo que no se puede bajo ningún concepto de ningún tipo es reconocer “nacionalidades” dentro de una nación; máxime cuando a ésta se la ha definido antes como “patria común” y, más aún, indivisible e indisoluble. Como por mucho que algunos ignorantes mal intencionados no puede haber, se quiera como se quiera, una “nación de naciones”, ni un “país de países”, ni un “pueblo de pueblos”. De aquí el problema de los separatismos catalán, vascongado y en breve gallego, valenciano, balear y posiblemente otros; de aquí no sólo la mala, sino la torticera redacción de nuestra actual carta magna, incluso en contra de la tradición de todas las anteriores.

La “Nación” es la sociedad civil de más alto rango de todas las posibles. A una “nación” corresponde una “patria”; pero no al revés. El término “nacionalidad” o “nacionalidades”, según se emplea en nuestra actual Constitución, es eminentemente revolucionario, habiendo surgido con las revoluciones del siglo XVIII, la americana y francesa más en concreto, extendiéndose después cual virus infeccioso durante el XIX, principalmente en Europa, por Mancini y Napoleón III a caballo de los procesos revolucionarios de formación de Italia, Alemania y las independencias hispanoamericanas, cuando proclamaron el que denominaron “principio de las nacionalidades”, tan etéreo e indescifrable; recogido en España por Pí y Margall con su obra “Las nacionalidades”, que no por incomprensible dejó de tener sus consecuencias.

La conclusión de tal ola de novedades revolucionarias fue que se comenzó a considerar que toda “nacionalidad” –aún sin definir ni especificar dicho término, lo que nunca ni hicieron ni se ha hecho en el sentido que ellos lo han utilizado y se utiliza– tenía derecho a convertirse, a instituirse, en “Estado”; conclusión errónea desde su base, sofisma donde los haya, que rápidamente, cual toro por los cuernos, hicieron suyos los incipientes separatismo regionales en España yendo aún más lejos para justificarse inventándose que los “reinos” creados a raíz de nuestra Reconquista eran realmente naciones –reinos nunca existentes antes de que España perdiera su unidad nacional por la invasión mahometana–, lo cual es una absoluta falacia histórica, jurídica, política, étnica, económica, social y lingüística.

Así, vemos como por desgracia el artículo 2º de nuestra Constitución es, tanto en redacción como en contenido, contradictorio, mezcla de conceptos distintos y dispares, que enfrenta hasta hacerlos chocar, y abre las puertas a que los de siempre, como hemos visto, se apoyen en él para destruir, curiosamente, esa indisolubilidad e indivisibilidad que dicho mismo artículo dice asegurar.

Peor aún cuando tal texto manifiesta categóricamente que la propia carta magna reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades…”, apelando después a una virtual, más que relativa y voluntarista “solidaridad”, con la cual los redactores quisieron descargar algo su mala conciencia porque sabían perfectamente el mal que iban a causar. Si este artículo quedara como está, no cabe duda de que España está irremisiblemente condenada, repetimos, condenada, no sólo a su disolución como nación, como patria y como Estado, por ese orden, sino a convertirse en una amalgama informe de nacionalidades-naciones-estados-autonomías incomprensibles idénticas a los reinos de Taifas, tan traídos y llevados, más que reales entre aquellos mismos mahometanos que destruyeron nuestra unidad hispano-romana para imponer y acabar destruyéndose a sí mismos por sus diversas “nacionalidades” y “estados autonómicos”.

  • La cruz y la espada
Otra cosa es el Estado, forma en que una nación se organiza políticamente para gobernar esa sociedad nacional, que sí puede estar formado, en el caso federal y confederal, de Estados, con las condiciones y características que en cada caso sean; pero eso es otra cosa que, además, nada tiene que ver con España, con nuestra historia, con nuestra idiosincrasia, con nuestra forma de ser. Por eso, cuando ahora ciertos dirigentes desempolvan aquella rancia idea decimonónica de convertir a España en un “Estado federal”, ni saben lo que dicen, ni conocen nuestro ser y menos aún nuestra historia; cuando hablan de “confederal”, más de lo mismo, que es peor; en cuanto al “Estado de las autonomías” ya podemos hablar largo y tendido, pues ya vemos a dónde nos ha llevado semejante experimento anti-histórico e irreal, que, por cierto, nadie en el mundo ha tenido la osadía o estupidez de copiar ni por asomo.

España nunca ha sido una “nación de naciones”, nunca un “país de países”, nunca un “pueblo de pueblos”, nunca federal ni confederal, ni podrá ser nada de ello si quiere ser España. España ha sido siempre una sola nación y una única patria; salvo bajo el yugo mahometano cuando quedó sumida y sometida, por lo que en realidad no era España, al desastroso y ajeno por completo a nuestras esencias conglomerado de reyezuelos taifas, siempre enfrentados entre sí, destruyéndose entre sí, hasta que por fin se les pudo echar de nuestra suelo, de nuestra nación, de nuestra patria y, con ello, volver a ser España.

Incluso aquellas naciones que por tradición –Estados Unidos– o por necesidad –Alemania– adoptaron la forma de federales, lo hicieron no sólo asegurando su unidad e indisolubilidad, sino aún más, haciendo prevaler esa unidad y esa indisolubilidad por encima de cualquiera de sus partes que las componen, porque no cabe en cabeza normal la desunión que es sinónimo de destrucción, y sí la unión, que es la fuerza; y si no que se lo digan a los Estados Confederaros del Sur de los actuales EEUU, que cuando con todas las razones constitucionales a su favor quisieron romper dicha unión, fueron obligados por la fuerza de las armas a permanecer en la Unión.

El artículo 2º de nuestra Constitución de 1978, recordemos que en contra de cualquiera de las otras constituciones anteriores, por malas que fueran, ha sido el peor. Que España es una nación y una patria no debe ni siquiera figurar en nuestra Constitución, porque eso ni se discute, porque ni se pone en tela de juicio, porque ni se debate, porque no puede una Constitución venir a consagrar a la nación y a la patria, cuando ella sin la nación y sin la patria dejaría de existir automáticamente; la Constitución lo que debe es determinar otras cosas. Si no hubiera España, para qué una constitución española. Y si a alguien no le gusta o no es español o lugares hay en el mundo a dónde puede ir a vivir en paz y armonía en otras naciones, en otras patrias que, mientras que no la discuta seguro que les acogen con amor.

(ver primero); (ver segundo); (ver tercero).

La Redacción