El rezo del Ángelus y la fe de Don Blas de Lezo.

El rezo del Ángelus y la fe de Don Blas de Lezo: “El espectáculo de las tropas españolas recogidas en oración…” (J. Mª Manrique)

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EL ANGELUS

«Oración en honor del misterio de la Encarnación»

Se reza las 6 a. m, 12 m y 6 p. m.

(10 años de Indulgencias por cada vez que se rece e Indulgencia Plenaria al mes)

(Tres avemarías, tres antífonas, tres glorias, un versículo y una súplica/oración final)

V. El Ángel del Señor anunció a María.
R. Y concibió por obra del Espíritu Santo.   Ave María, llena eres de gracia, El Señor es contigo, bendita tu eres entre todas las mujeres…Santa María… Gloria al Padre…  V. He aquí la esclava del Señor.
R.
Hágase en mí según tu palabra.
Ave María, llena eres de gracia, El Señor es contigo, bendita tu eres entre todas las mujeres…Santa María…   Gloria al Padre…  V. El Verbo se hizo carne.
R.
Y vivió entre nosotros.
Ave María, llena eres de gracia, El Señor es contigo, bendita tu eres entre todas las mujeres…Santa María…

Gloria al Padre…  

V. Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.
R.
Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.  Amén.

Oración:
Infunde, Señor, tu gracia en nuestras almas, para que, cuantos hemos conocido, por el anuncio del Ángel, la Encarnación de tu Hijo y Señor nuestro Jesucristo, podamos llegar, por su Pasión y su Cruz,  a la gloria de la Resurrección. Por Jesucristo, nuestro Señor. R. Amén.

ÁNGELUS DOMINI

V. Ángelus Dómini nuntiávit Maríae.
R. Et concépit de Spíritu Sancto.
Ave María.

V. Ecce ancílla Dómini.
R. Fiat mihi secúndum verbum tuum.
Ave María.

V. Et Verbum caro factum est.
R. Et habitávit in nobis.
Ave María.

V. Ora pro nobis, sancta Dei Génitrix.
R. Ut digni efficiámur promissiónibus Christi.

Orémus:
Grátiam tuam, quaésumus, Dómine, méntibus nostris infúnde: ut qui, Ángelo nuntiánte, Christi Fílii tui Incarnatiónem cognóvimus, per Passiónem ejus et Crucem ad resurrectiónis glóriam perducámur. Per eúmdem Christum Dóminum nostrum.
R. Amen.

 

El Ángelus sufrió un lento proceso evolutivo hasta alcanzar su forma definitiva tal como lo rezamos hoy.

Este proceso abarca tres siglos: el siglo XIII, en el que comienza el Ángelus vespertino y poco después el matutino; el XV, en el que comienza el Francia el Ángelus del mediodía; y el XVI, en el que la fórmula de los tres Ángelus reunidos llega a ser universal y estable.

El primer documento conocido en el que encontramos el Ángelus en su forma actual, con indulgencia concedida por el Papa Paulo III, en un catecismo impreso en Venecia en 1560.

Poco después, en 1571. San Pío V inserta el Ángelus en un Oficio Parvo de la Virgen aprobado por él.

El triunfo definitivo y universal del Ángelus se logró cuando Benedicto XIII, el 14 de septiembre de 1724, con el breve Iniunctae nobis, concedía cien días de indulgencia por cada vez que se rezara y una plenaria al mes al que lo rezase diariamente de rodillas por la mañana, a mediodía y por la tarde al toque de las campanas.

Benedicto XIV estableció el 20 de abril de 1742 que durante el tiempo pascual se sustituyese el Ángelus por la antífona: Regina caeli.

Finalmente, Pío VII en 1815, añadió al Ángelus tres “glorias al Padre…” en acción de gracias por los dones copiosamente otorgados por la Santísima Trinidad a la Virgen, particularmente por su gloriosa Asunción a los cielos.

El toque característico del Ángelus consiste en el tañido de tres campanadas antes de cada Avemaría, seguidas, finalmente de nueve campanadas algo más rápidas que las tres rítmicas anteriores.

REGINA COELI

Durante el tiempo pascual, en lugar del Ángelus, se dice el Regina coeli:

  1. Reina del cielo, alégrate.
    R. Aleluya.
  2. Porque el Señor, a quien mereciste llevar.
    R. Aleluya.
  3. Ha resucitado, como lo había dicho.
    R. Aleluya.
  4. Ruega al Señor por nosotros.
    R. Aleluya.
  5. Goza y alégrate, Virgen María. Aleluya.
    R. Porque verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

Oremos:
Oh Dios, que por la resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, has llenado el mundo de alegría, concédenos, por intercesión de su Madre, la Virgen María, llegar a alcanzar los gozos eternos. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

A Sabbato Sancto in meridie usque ad meridiem sabbati post Pentecosten inclusive dicitur:

  1. Regína coeli, laetáre.
    R. Allelúja.
  2. Quia quem meruísti portáre.
    R. Allelúja.
  3. Resurréxit, sicut dixit.
    R. Allelúja.
  4. Ora pro nobis Deum.
    R. Allelúja.
  5. Gaude et laetáre, Virgo María. Allelúja.
    R. Quia surréxit Dóminus vere. Allelúja.

Orémus:
Deus, qui per resurrectiónem Fílii tui Dómini nostri Jesu Christi mundum laetificáre dignátus es: praesta quaésumus ut per ejus Genitrícem Vírginem Maríam perpétuae capiámus gáudia vitae. Per eúmdem Christum Dóminum nostrum.
R. Amen.

LA FE DE DON BLAS DE LEZO

El sitio o batalla de Cartagena de Indias, del 13 de marzo al 20 de mayo de 1741, fue el episodio decisivo que marcó el desenlace de la Guerra del Asiento (1739–1748), uno de los conflictos armados entre España y Gran Bretaña ocurridos durante el siglo XVII. Fue uno de los mayores desastres navales de la historia inglesa, y una de las mayores victorias navales españolas, comparable a Lepanto y la Invencible Inglesa.

“… comenzó la lucha final por la defensa de la ciudad, cuando la victoria parecía imposible, el ingenio de don Blas, su sentido de la estrategia y su inquebrantable fe en Dios, trajeron la victoria. En cada jornada de lucha, los españoles, a mediodía hacían toque de oración, suspendiendo el fuego, procediendo al rezo del Ángelus…Los ingleses, en la distancia, contemplaban perplejos a los españoles, sin llegar a comprender del todo la escena. Tras el Ángelus, Don Blas rezó el salmo 69 ante toda la tropa arrodillada:
      “Ven, Señor, en mi ayuda; apresúrate, Señor, a socorrerme. Queden corridos y afrentados los que atentan contra mi vida. Tornen atrás y queden afrentados, los que desean mi desgracia. Haz que se salven tus siervos que en ti esperan, Dios mío. Sé para nosotros, Señor, Torre inexpugnable. En cuanto a mí, pobre soy y necesitado; ayúdame, Dios mío. Tú eres mi ayuda y mi libertador; no te demores, Señor. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo…como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén”
Todo pareció, entonces, aliarse para la victoria española…. 

Blas de Lezo contempla su victoria sobre los ingleses.

EL HÉROE DEL CARIBE. La última batalla de Blas de Lezo, de J. Pérez-Foncea

“… Las horas pasaban muy lentamente bajo el ardiente sol. El astro rey parecía deseoso de castigar la maldad de los hombres que, una vez más, peleaban a muerte, los unos contra los otros.

Gracias a Dios —acertó a discurrir Fernando mientras mojaba la lengua en el agua caliente de una de las cantimploras, ya casi vacía—, a pesar de los refuerzos recibidos, los ingleses continúan estancados.

Entonces, inesperadamente, sobre el constante estruendo producido por los disparos se oyó alzarse con claridad un preciso y bien definido toque de corneta. Desde las murallas del castillo, por orden de don Blas de Lezo, se daba el toque de oración.

Era exactamente mediodía.

Como consecuencia, en el campo español las tropas detuvieron su fuego.

La caballerosidad de los mandos ingleses hizo que también éstos secundaran la iniciativa, ordenando a sus hombres el cese del fuego.”

Capítulo IV.-

“El espectáculo de las tropas españolas recogidas en oración al toque del ángelus resultaba verdaderamente sobrecogedor. Lo hubiera sido para cualquier espectador ajeno que se hubiera encontrado presente, y no lo fue menos para las propias tropas inglesas.

Hombres de aspecto tosco, sudorosos, fatigados y sedientos, dirigían una sentida plegaria a su protectora, la Virgen Inmaculada, a la que invocaban pidiendo amparo para sí mismos y para todos los suyos: esposas, hijos, padres, madres… para todos aquellos seres queridos que, ya fuese en la cercana Cartagena, o ya fuese en la lejana Península Ibérica, padecían angustiados por su incierto destino.

La quietud era tan profunda que hizo que los soldados británicos no solo respetaran el alto el fuego, sino también el imponente silencio.

Seguramente también ellos, los más, dirigirían su particular plegaria hacia el Cielo.

Pero el deseable alivio que el intervalo de paz suponía, no podía prolongarse demasiado tiempo. La guerra, una guerra que venía desarrollándose en medio de las condiciones más penosas y adversas, debía continuar. Desgraciadamente para todos, el toque de oración hubo de tocar muy pronto a su fin.

Cuando, al cabo de pocos minutos, se dio la señal de reanudar las hostilidades, los mandos ingleses ordenaron el ataque a bayoneta calada.”

 


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