Suárez y la “santa Transición”.

La muerte de Adolfo Suárez relegó al universo de los “santos laicos” al famoso líder de Cebreros. Durante mucho tiempo, los medios de comunicación nos han recalcado hasta la saciedad la trascendental tarea de Suárez durante la “Transición”.

Ni un atisbo de crítica. Su muerte le ha relegado al universo de los santos laicos. Nadie habla de los problemas que se gestaron durante su gobierno y que a día de hoy todavía permanecen.

La muerte de Adolfo Suárez relegó al universo de los “santos laicos” al famoso líder de Cebreros. Durante mucho tiempo, los medios de comunicación nos han recalcado hasta la saciedad la trascendental tarea de Suárez durante la “Transición”.

Según todos, de manera más o menos unánime, Suárez inauguró la “concordia” en España. Solo recuerdo haber leído un atisbo de crítica en un artículo de José María Carrascal que, aunque veía algunas cosas negativas, se las disculpaba en nombre de no se qué argumentos. Según la leyenda oficial, Suárez fue objeto de “traidores” que dinamitaron su tarea desde dentro.

Nadie criticó que Suárez sentara las bases de la descomposición nacional, abogando por una constitución en la que se introducía el equívoco y disolvente concepto de las “naciones” de una nación, o que propiciara de manera absolutamente insensata –en nombre del “consenso”– la incorporación al sistema de partidos cuya esencia misma era y es la destrucción de la nación española.

Tampoco nadie ha querido señalar que la España en la que Suárez dimite es una España aquejada de profundas convulsiones sociales, laborales y políticas, con el principal partido del país en plena implosión, y castigado cada semana por la sangrienta lacra del terrorismo.

Desde entonces, los problemas gestados durante los años de gobierno de Suárez no solo no han desaparecido –con la excepción del terrorismo, hoy día normalizado ya en lo político e institucional- sino que se han acentuado hasta límites que entonces nadie podría imaginar. La consecuencia es que esa España en “concordia”, heredera de la “Transición”, de la que tanto se blasona en los media, no es hoy si no un país profundamente dividido, en trance de descomposición a manos de una anti-élite política, salpicado a lo largo de toda su geografía y en sus mismísimas instituciones por una corrupción sin precedentes, y cuya clase dirigente goza de los niveles más bajos de popularidad conocidos.

suarez carrillom taranconNo queremos decir que la España de hoy, de la que hay poco que salvar, sea responsabilidad exclusiva de Adolfo Suárez, pero sí que ni en el comienzo fue todo como lo cuentan ni tampoco todo ha evolucionado hasta ese paraíso que nos describen los ridículos editoriales de El País, El Mundo y demás.

Los análisis de la figura de Adolfo Suárez, gestados en el seno de una unanimidad sospechosa, responden más bien a la necesidad de un mito fundacional: la arcadia de la “Transición” bajo el gobierno de un mito político, casi equivalente al “Mayflower” con sus “pilgrim fathers”.

Sacudiéndose el más leve atisbo de crítica, es como la clase política quiere entroncar con un pasado lleno de idealismo y valores nobles. Falsificando el presente con loas constantes a un mundo en “concordia” y repleto de “libertades”, aunque “no exento de problemas”, se obvia el progresivo deterioro de los derechos y libertades concretas: la destrucción de la clase media y la proletarización de los trabajadores, el despotismo del capital y el materialismo rampante, las convulsiones sociales, el invierno demográfico, el asalto a nuestras fronteras y la descomposición nacional, por señalar solo algunas de las amenazas en ciernes, constituyen asuntos de los que se habla solo en el contexto de un mundo que parece ser para todos el mejor de los posibles, al estilo del viejo y querido profesor Pangloss.

No es de extrañar que la homilía, en su día, del Cardenal Rouco en el funeral de Estado por Suárez –alusiva al paralelismo entre las actuales convulsiones y las que jalonaron la pre-guerra civil- haya roto ese unánime silencio cómplice con el que la clase política quiere buscar la legitimidad, y por ello se haya desencadenado así mismo una tormenta de exabruptos. Tampoco es de extrañar los intentos de retirar del mercado el libro de Pilar Urbano sobre el 23-F, que también atenta contra algunos de los mitos santificados en la “Transición”, aunque por otro lado tampoco aporta nada esencialmente nuevo (lo verdaderamente nuevo es quién lo dice) ni llega hasta el final de las consecuencias.

En la España de hoy estamos asistiendo al blindaje progresivo de una clase política y de unas ideas. En el primer caso, los casos de corrupción, aunque se multiplican en su extensión e intensión, no implican cambios estructurales de relevancia, pese a que alcanzan a altas instancias del sistema, desde la Corona a los sindicatos y partidos políticos mayoritarios.

suaez aguilaEn lo ideológico, una interpretación monolítica de la historia contemporánea y del presente sirve de fundamento a las posibles alternativas “homologadas”– una mezcla de ultraliberalismo y de progresismo social de la izquierda. Poco a poco, el armazón que sostiene el actual estado de cosas se va conformando, depurándose, al tiempo que se blinda de cualquier ataque exterior. Sin contraopinantes, la subversión puede avanzar a su paso hasta que todo cuanto conocemos se torne irreconocible. Desde “Amaiur” hasta los ultraliberales, unos y otros participan en mayor o menor medida del estándar de lo políticamente admisible, se den cuenta o no.

Y, mientras, el complejo mediático-político sigue a lo suyo. Con sus discusiones y sus diatribas, ellos van dejando claro de qué y de qué no se puede hablar. Por eso era necesario mitificar el origen del presente régimen, a la “Transición” y a sus hombres: para que todo continuara en el actual estado de cosas.

 


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