La caída de Cristina Cifuentes ha despertado una polvareda sólo comparable a la de una estampida de ñus; y no sólo ahora que ha caído, sino desde hace ya demasiados días. Cifuentes, la estrella del PP, se ha estrellado; ese PP que va a acabar como aquella funesta UCD, de lo cual, por cierto, nos alegraremos infinito pues no otra cosa se merece. La caída de Cifuentes, lo decimos sin rubor, nos alegra inmensamente porque del elenco de profesionales de la política que sufrimos desde hace décadas, este personaje nos ha parecido siempre uno de los más siniestros por demagógica, rastrera, advenediza, egoísta, amoral y falta absoluta de escrúpulos de ninguna clase por pequeños que fueran; en definitiva un ser humano inhumano.

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  • La cruz y la espada
Pero dado con lo anterior nuestro adiós, a ser posible para siempre aunque mucho nos tememos que no, a tan patética, nociva y toxica individua, conviene no perder de vista lo principal del caso, que no es, créannos, ni su caída, ni las malas formas de la misma, ni lo del máster, sino la circunstancias que más allá de lo dicho han rodeado todo este asunto.

Y es que el caso Cifuentes demuestra hasta qué punto de podredumbre, miseria, bajeza, villanía, brutalidad y todo lo aún peor que quieran añadir ha llegado “la política” en la España de la “democracia y la libertad”. Aunque a veces sinceramente creemos que no se puede caer más bajo, sabemos que aún sí, y el tiempo lo demostrará.

El hecho de que alguien tuviera guardado desde hace años un video destructivo contra Cifuentes y de que aquella falta fuera tapada en su momento, llegándose a borrar las pruebas del mismo por orden superior –eso sí, menos un video–, incluido el correspondiente informe policial –la corrupción no sólo está arriba, sino en toda la estructura administrativa hasta su más bajo escalón–, pone en evidencia que en España “en política” todo vale, y más aún conseguir, poseer y atesorar pruebas de lo que sea para chantajear al otro.

Sólo así, con la existencia de lo dicho, se pueden explicar muchas de las carreras y decisiones de nuestros dirigentes, es decir, por el chantaje a que se les somete no sólo por sus enemigos, sino más aún por los “amigos”. ¿Cuántos videos u otra clase de pruebas de porquería infecta se guardan en cajas fuertes a la espera del momento oportuno? ¿Cuántos de nuestros flamantes dirigentes llegan al cargo pasado antes por el cuarto oscuro a retratarse para la posteridad? ¿A cuántos antes de una votación, de un discurso o de una negociación les han enseñado sus vergüenzas en un televisor? ¿Cómo va a prosperar, ser soberana, independiente, libre y digna una nación en la que todos sus dirigentes guardan de los demás pruebas incriminatorias o simplemente destructivas?  ¿Cómo si todos ellos son vulgares gansters, meros navajeros, repugnantes inmorales?

De nuevo se repite, para nuestro mal, lo peor de nuestra historia. Una vez más se demuestra que la “democracia” liberal en España no funciona porque son los propios “demócratas” los que se encargan de ello con sus actitudes de todo pelaje. Hemos retrocedido al funesto siglo XIX que quisiéramos borrar de nuestra historia, y a nadie debería extrañar que acabáramos cualquier día como aquél, o sea, con el epílogo terrible de la contienda 1936-39.

El problema español general, incluso el separatista, es que no sólo no ponemos límites, sino que una y otra vez cuando llegamos al fondo del pozo en vez de intentar salir de él, nos ponemos a escarbar y nos rebozarnos en el lodo. Esa maldita frase repetida una y mil veces desde el 21 de Noviembre de 1975 hasta la actualidad de que “en democracia se puede reclamar todo, sin violencia”, es la causa de nuestros males. La creencia en que “en democracia todo vale, sin violencia” y de que por violencia se entiende sólo la física extrema, es lo que nos lleva, una y mil veces, tantas como se repite tal estupidez, a la perdición y… claro, a la violencia física y extrema. La interminable sucesión de pronunciamientos militares que registra España durante el siglo XIX, las guerras civiles del mismo y los golpes del primer tercio del siglo XX, son la prueba del algodón de que “los políticos” españoles de cualquier tendencia “democrática”, también los de hoy, sólo valen para excitar el enfrentamiento entre españoles, corrompernos con su mal ejemplo y destruirnos.

Por último, nos da la impresión de que una vez más, para nuestra desgracia, una regeneración desde dentro es imposible, por lo que de nuevo no queda más que recurrir al “cirujano” para que cure la gangrena que amenaza ya nuestros órganos vitales amenazando nuestra inminente muerte como nación; claro que al “cirujano” sólo le vale, sólo le queda, sólo le sirve y sólo sabe amputar.

La Redacción