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Aborto: contra natural.

Caeríamos en un vitalismo biologicista; en un inmanentismo horizontalista, en una distracción y un empobrecimiento atroz de lo que en verdad está en juego. Terminaríamos defendiendo los fetos como una suerte de Greenpeace católico: ellos ballenas; nosotros nonatos.

CUANDO LA FE ES MUY CORTA

La Iglesia hace muy bien, en su lucha contra el aborto, en esgrimir eminentemente argumentos de orden natural. En el areópago del mundo es crucial librar esta batalla desde la sola razón natural, orden desde el cual sobran argumentos sólidos y rotundos para demostrar que se trata de un aberrante asesinato.

Y así lo hacemos los católicos, en los diversos ámbitos en que toca hacerlo.

Sin embargo, no sería correcto decir que este tema nos incube SÓLO en el orden natural. O como a veces se expresa: que este tema ES del orden natural y que por tanto es allí donde ha de ser tratado y sólo allí.

Pues no.

Que hunda sus raíces, que fragüe sus cimientos en el orden natural no significa que se limite a él. Todo lo contrario. El tema del aborto es un tema profundamente religioso, sobrenatural, “de Fe”.

No sólo es de razón; sino también es de Fe. (Qué bien le sientan al catolicismo los sed etiam).

Que para la palestra donde batallar el tema con el mundo haya que descender dos mil metros, no significa que después no volvamos a subir a los diez mil de navegación, cuando se trata de instruir a nuestras filas internas, cuando se trata de formar un cristiano.

Decirle a los formandos en catequesis de confirmación, o en los grupos de formación en general, que está mal el aborto porque hay que estar a favor de la “vida”, así sin más, es un achicamiento monstruoso de lo que en verdad nos ha de importar.

Los griegos distinguen bios de zoon. Nosotros tratamos de marcar esa distinción en el mejor de los casos aportando una ve corta mayúscula, pero corta al fin.

Al menos cinco asuntos sería importante transmitirle al cristiano medio respecto al aborto.

Veamos:

  1. El acento del daño no habría de ponerse en el niño-por-nacer. De hecho, en un matrimonio normal, abierto a la vida, ocurren cientos de abortos naturales, la mayor cantidad de las veces sin que sus padres se enteren siquiera. El “drama” mayor no es que estos niños no nazcan; el drama es que sean asesinados por sus padres.
  2. Sí cabe decir (sin muchas certezas teológicas, pues es un gran misterio) que no deja de ser penoso que estas personas no reciban el bautismo. Y que no puedan, naciendo y crecienco, alcanzar una estatura plena en Cristo. Tal vez (sólo Dios lo sabe) no carezcan de la visión eterna, no obstante, “es de Fe” saber, en  buena teología, que la bienaventuranza eterna no es por sí o por no, sino que admite grados. Y que estar impedidos de merecer en el Destierro les limita en la divinización, en el grado de bienaventuranza.
  3. El punto central, sin dudas: el pecado del agente. Ante todo sus propios padres, pero en grado muy semejante, todos los cómplices, por acción u omisión, cometen un asesinato tan atroz, incurriendo en un pecado tan grave y mortal, que: a) si no mediara una confesión bien hecha, es casi imposible imaginar su salvación eterna. b) dándose la confesión, en la cuidadosa distinción que la teología católica hace entre culpa y pena, de no mediar una vida penitente muy intensa y extensa, es muy difícil no imaginar un arduo purgatorio para la persona. c) Y en el mejor de los casos, la disminución en bienaventuranza es un daño irreversible.

También hay que instruir acerca de la excomunión, con que la Iglesia pena tan grave pecado justamente en razón de estos tres peligros.

Uno es libre de pensar en los caminos extraordinarios de la Misericordia divina, pero sería brutalmente irresponsable no avisar claramente al que se forma en la Fe que, desde el humilde umbral en que nos atañe otear el Juicio, esto es lo que nos cabe presumir.

  1. Y también es “de Fe” saber que cada uno de estos actos aberrantes y abominables ofenden a Dios. No es el lugar aquí para explicarlo mejor, pero el concepto de un Dios ofendibleestá por demás erosionado en la teología moderna. Recuperar este Misterio del dolor divino es crucial para poner en foco y centro la verdad más honda y vertiginosa de lo que acontece con cada aborto.
  2. Y en fin, nuestra Fe nos enseña (y no la razón) otro asunto no menor: cómo en esta Guerra invisible entre Potestades y Principados, entre el Reino de Cristo y el de Satán, un acto de caridad hace crecer el Reino divino entero, como por el contrario, un solo pecado implica la pleamar y la avanzada de demonios sobre el mundo. Y en este doble movimiento no pesa toda falta igual. De lo que cabe inferir que el asesinato de indefensos niños por manos de sus propios padres significa, uno por uno, acto por acto, el avance de huestes enemigas sobre el terreno en pugna. No es de razón sino de Fe esta escalofriante verdad, que coloca al aborto entre los actos (y ritos) satánicos más monstruosos y aberrantes con que el Diablo libra esta batalla final, previa a la Parusía.

Y retorno al inicio: no sólo es lícito sino conveniente y necesario que en la lucha contra el aborto, en la contienda con el Mundo, el cristiano debata desde la razón y el orden natural. Pero sería una barbaridad que, muros adentro, a la propia tropa, a los católicos en formación, no se los educara desde los argumentos y motivos de orden sobrenatural.

Caeríamos en un vitalismo biologicista; en un inmanentismo horizontalista, en una distracción y un empobrecimiento atroz de lo que en verdad está en juego. Terminaríamos defendiendo los fetos como una suerte de Greenpeace católico: ellos ballenas; nosotros nonatos.

Si la mitad de una verdad es una mentira, pues aquí hay mucho más que una mitad en juego…

La ve corta de vida es muy corta. Infinitamente corta. Y aunque se vista de mayúscula, corta queda.

No estamos (solamente) a favor de la vida. Estamos combatiendo por un Reino que avanza y retrocede como las mareas; estamos en lucha tenaz por una Eternidad –ese vertiginoso para siempre, siempre, siempre¬ – que puede ser de Cielo o de Infierno.

Estamos, eminentemente, para defender al Dios inerme en Cristo Jesús, que entre escupitajos, burlas, trompadas, espinas y flagelos prolonga su Pasión hasta el fin del mundo.

Ahorrarle un solo golpe justificaría mi vida entera. Y la vida de cualquier cristiano de buena ley. Por eso luchamos contra el aborto. Por eso.

Por P. Diego de Jesús  para The Wanderer

 


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