• La cruz y la espada
No se engañen, ni se dejen engañar. No digan lo que muchos dijeron en muchas otras épocas de que “eso aquí no puede pasar”, porque no sólo sí puede pasar, sino que ya está claro que va a pasar y a no tardar mucho, pues el lobo asoma cada día más la patita por debajo de la puerta y la piel de cordero le resbala y se le empiezan a ver las orejas. Repetimos, no se engañen, ni se dejen engañar. A los tiempos de confusión, como los de ahora, siempre les siguen los recios, los de anarquía y los de persecución; esto último contra los de siempre, es decir, contra los creyentes, los honrados, decentes y trabajadores, contra las gentes de orden y respeto.

Sólo hace falta echar un vistazo, un simple vistazo pero con criterio, claro, a lo que pasa en el mundo y más aún en España, para darse cuenta de que lo que decimos es verdad. Los enemigos de Dios, de la Iglesia y de España, están crecidos, no tienen freno y, no sólo no hay quien les presente batalla, sino que prácticamente todos se pliegan a ellos y se les unen. Cunde y se extiende con una velocidad como nunca, la más terrible apostasía, inmoralidad, indecencia, ignorancia, estupidez, barbarie y cobardía. Lo que siempre fue considerado anormal, no sólo desde el punto de vista religioso, sino desde el natural, se acepta como normal e incluso se impone como legal. Por el contrario, la normalidad es vilipendiada, desautorizada, anulada y perseguida. Reina la confusión, pero cada vez menos, porque se van reduciendo al mínimo a aquellos que aún guardan la lucidez y los principios y valores inmutables, de forma que dicha confusión va dando paso a una nueva era de certezas bien que de lo malo, no de lo bueno.

  • La cruz y la espada
Lo peor de todo, es que en esta ocasión que nos ha tocado vivir, el enemigo está dentro, el peor de todos, el que estando entre nosotros no es de los nuestros, el traidor. Las manzanas sanas están siendo envenenadas sutil, pero firmemente, por las malas. El cesto cada vez huele más a podrido. Cada vez son menos los sanos y más los contagiados; y muchos que no lo están ya comienzan a dar síntomas de resignarse a enfermar, pues sostenerse sano es cada día más difícil o… heroico.

La lucha secular del Mal contra el Bien está dando una de sus más importantes y decisivas batallas. El Mal se ha fortalecido no sólo por su ya más que amplísima experiencia, de la que ha aprendido cual alumno aventajado, sino más aún por la traición propia, la dejadez, la pasividad, la tolerancia mal entendida, el relativismo y la indiferencia; por eso creer que “no puede pasar aquí”, que “no nos puede pasar a nosotros”, que son “cosas de la historia antigua”, que “ahora todo es distinto” es de suicidas e insensatos.

En esta ocasión nos queremos referir a dos de las más eficaces armas que el enemigo utiliza con profusión: la incapacidad de trasmitir la fe y la incapacidad para neutralizar a los traidores.

  • La cruz y la espada
Es un gravísimo escándalo y problema, una forma eficacísima de colaborar con el enemigo, esa incapacidad, práctica renuncia, de los padres a trasmitir la fe a sus hijos y nietos. La fe se cimenta en casa, en la familia, de ahí que el enemigo, más que consciente de ello, ha puesto y va a seguir poniendo especial empeño en destruir por todos los medios y de cualquier forma dicha sagrada y esencial institución. Por eso mismo, hoy más que nunca es imprescindible trasmitir la fe en la familia; pocos son los centros educativos que lo hacen y menos aún los que lo van a hacer, ni siquiera muchos de los autodenominados católicos. Por eso, hay que volver urgentemente a lo original, a la trasmisión de la fe en la familia; lo que en ella se siembra bien, siempre dará sus frutos. Claro que para ello hacen falta dos cosas: que los padres posean y fortifiquen hasta lo indecible la propia fe, y que se armen de valor sublime para no cejar en el empeño por trasmitírsela a sus hijos y nietos.

El otro gran enemigo es el que, como hemos apuntado, aún estando dentro, no son de los nuestros. Son inmensa mayoría — hay también buenas y numerosas excepciones, pero sólo hacen confirmar la regla dicha– los clérigos y religiosos que andan desvariados y, aún más, mal encaminados, sin que ya a estas alturas se les pueda conceder el beneficio de la duda y tampoco el de su reconversión. Por eso, el daño que hacen es inmenso. Porque ostentan la autoridad religiosa. Porque son los pastores. Porque al no pastorear bien, dispersan a las ovejas, es decir, las atontan, confunden y conducen al despeñadero. Por eso, hay que mirar con lupa a nuestros pastores para no seguir a los que en lo más mínimo no siguen a Jesucristo, que ya dijo que ÉL, y sólo Él, era el camino.

  • La cruz y la espada
Una de las cosas que más daño hacen tales lobos con piel de cordero es anestesiar con un buenismo estúpido y falaz a sus ovejas, impidiéndoles con ello toda capacidad de reacción. Aún más: no les advierten de que la persecución, la hora de dar testimonio heroico, hasta la propia vida, está a las puertas. No preparan a los fieles para lo que se avecina. Los dejan, por ello, indefensos. Les acostumbran a tragar, a mostrarse pasivos e indiferentes, que es el paso previo para poder despeñarlos.

Por todo ello, dos son los empeños que debemos poner hasta la extenuación los que no nos hemos contagiado, los que aún estamos despiertos, los que no estamos ciegos, los que sabemos cuál es el camino: trasmitir la fe y alertar a los demás.

Lo que vemos es sólo el principio, lo peor está aún por llegar, la batalla apenas ha dado sus primeros pasos. Es nuestra responsabilidad, nuestra obligación, y también nuestro derecho, trasmitir la fe y no dejar de gritar a todos que despierten, que se fortalezcan, que se apresten al combate, y que, si hay que caer, que sea con las botas puestas, que entonces, y sólo entonces, Dios Nuestro Señor nos lo recompensará.

Para ello: fe, oración, penitencia, ánimo, valor, audacia; que ganarse el Cielo comienza a estar barato.

La Redacción